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Alternativa creacionista

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Condiciones que permiten a la vida humana una existencia plena.

 

Yuval Noah Harari, inicia su libro Nexus (2024), poniendo en duda el nombre homo sapiens de nuestra especie, en virtud de que desde su origen ha acumulado un poder enorme, y su sabiduría no está a la altura de su poder.

Es la misma razón que llevó a Romano Guardini, a escribir El poder. Un intento de orientación (1951), donde analiza cómo el ser humano moderno absolutizó el poder técnico, separándolo de los contextos éticos y de la sabiduría religiosa, y acercándose a un poder, curvado sobre el poder, cada vez más anónimo y sin responsabilidad.

En la misma línea se pronuncia la Gaudium et spes (1965) respecto a una humanidad admirada de su propio poder, que acrecienta extraordinariamente, pero no siempre consigue someter a su servicio.

Redescubre así Harari, que el poder no es sabiduría y, después de cien mil años de descubrimientos, inventos y conquistas, la humanidad se ha visto abocada una crisis existencial autoinflingida. Nos hallamos al borde de un colapso causado por el mal uso de nuestro propio poder.

Diferentes autores cristianos enmarcaron esta crisis de los fines del poder, en una crisis más amplia, del inicio de un período nuevo de la historia, caracterizado por cambios profundos y acelerados, una verdadera metamorfosis social y cultural que creyeron, abarcaba a todo el mundo, que era único, como si fuera una única civilización, aunque en la realidad profunda, la civilización euroamericana estuviera reprimiendo múltiples identidades y volcanes subyacentes a la capa -primero imperial y luego ideológica- con las que la civilización Euroamericana las cubría.

 

Pensando y actuando en el Interregno

La historia se caracteriza por periodos de yuxtaposiciones, en el transcurso del cambio. Así se puede identificar en la segunda mitad del siglo XIX, la era del epílogo, en que la teología, en base a que pocos son los elegidos del puritanismo atlántico, la identificación unívoca de la espiritualidad con la racionalidad, la transposición de la escatología al progreso lineal, la autopercepción como La civilización en un mundo de barbarie, generaron un mundo brillante y para pocos, como los salones de baile victorianos.

Un pequeño grupo de intelectuales y políticos europeos creían que el cambio era urgente, que de no producirse por la vía democrática se desatarían las fuerzas en evolución y que la “Gran Guerra” no sería, como se creía entonces “la última guerra” sino el preludio de algo mucho peor.

Así algunos de ellos conectaron a Churchill, a través de Pío XII, en la organización del atetado del bunker[1] y fueron asesinados, y otros -ya antes de concluida esa nueva “Gran guerra”-, desde la clandestinidad, más que el exilio, comienzan a desarrollar los cursos de formación de una dirigencia que comprenda la necesidad de generar una alternativa europea a la presencia norteamericana y la amenaza soviética. Este grupo pasará a la historia como los Padres de Europa–[2].

 

La barca en el interregno

En 1958 la Iglesia tiene un nuevo pastor, Juan XXIII, quien convoca a un Concilio, que evidenciará que la Iglesia católica no es un museo de arqueología. Es la antigua fuente de pueblo que ofrece el agua a las generaciones actuales lo mismo que a las pasadas.

El Concilio Ecuménico Vaticano II, declara que, la civilización se encontrará ausente de finalidad y autoridad, produciéndose la transposición de la primera a lo individual y la sacralización de la suma de individualidades para suplantar a la segunda; en definitiva, se le hará tener razón a Hobbes, convirtiendo al hombre en lobo para el hombre alentando aún más los odios de los hombres y estados entre sí … pero no está en el odio la solución de los problemas, ni en el triunfo de las ideologías anticristianas el secreto de la renovación del mundo..

Desde 1963 la tarea será continuada por Pablo VI, proclamando: A todos hemos querido recordar la amplitud del drama y la urgencia que hay de resolverlo. La hora de la acción ha sonado ya. “Todos” los hombres y “todos” los pueblos deben asumir sus responsabilidades.

A partir de allí, los años serán tan conflictivos como decisivos para la Iglesia, el nuevo Papa comprende que el ocaso de la edad Moderna[3], es ya un Interregno, el desafío de un nuevo tiempo que amanece, y requiere un inmenso esfuerzo de actividad creadora, para construir a todos los niveles lo que ve como la civilización del mañana.

Mirando en perspectiva la situación de las Iglesia locales y la obra de los papas, desde León XIII en adelante, parece que el cochero tuviera como misión ir corriendo delante de los caballos y tirando de ellos. Así, los papas desde Pablo VI a León XIV, llaman insistentemente a proclamar la presencia y la misión de Cristo en nuestros días.

 

¿De qué hablamos?

El papa que concluyó el Concilio, proclama un extendido y fecundo Año Santo, al final del cual recupera que la búsqueda y elección de fórmulas sencillas y sintéticas, es propio del talante de nuestro tiempo. Una fórmula ha sido ya lanzada por nosotros, de pasada, cuando nos propusimos buscar en la “civilización del amor” el fruto religioso, moral y civil del Año Santo. Si gusta, esa fórmula puede quedar; la creemos válida para sinceros progresos, tanto individuales, cuanto, sobre todo sociales, en recuerdo vivo y operante del año de gracia que ha poco ha concluido, y por lo demás no trasnochado y vano para la historia espiritual de nuestro tiempo.

Si queremos promover la civilización del amor, ¿Cuál será el primero, el principal objetivo de nuestro programa renovado y renovador? quisiéramos abrir caminos de mejor bienestar y civilización, animada por el amor, entendiendo por civilización aquel conjunto de condiciones morales, civiles, económicas, que permitan a la vida humana una posibilidad mejor de existencia, una racional plenitud, un feliz destino eterno.

Sin duda, el amor precepto y testamento de Cristo Jesús, es la carencia de nuestro tiempo. De aquí nace nuestra “Weltanschaung”, nuestra visión del mundo, nuestra sociología, nuestra “civilización del amor[4]. Lanza entonces su desafío: no hay que tener miedo de volver a comenzar desde el principio la complicada y extenuante misión de la evangelización.

 

Dos tareas

En un mundo único y en nuestra civilización Euroamericana Actual, cuyo principio superior cosmovisional (Weltanschaung) es la técnica -elevada al grado de valor/ídolo dominante-, la fe en el Dios personal, creador de todos los hombres, cada uno con sus diferencias, que se identifica con el Amor, puede darle novedad a su alma. Dado que no existe ninguna razón para que, bajo las formas nuevas que deberán expresarla, esta fe no realiza en el mundo de mañana, un papel análogo al que realizó en otros tiempos de civilización. Porque, en definitiva, nada hay en la revelación, contrario a la empresa por la cual el hombre pone progresivamente el mundo a su servicio.

Dentro de las identidades creacionistas, que alguna vez fueron una única civilización, el católico debe amar profundamente al hombre y al mundo del tiempo, para poder así comprenderlo y hacerse comprender, mostrando que el mismo hombre es mucho más rico en el reconocimiento de su plenitud abierta hacia el otro hombre, y hacia Dios, que en su supuesta actitud “emancipadora” y transhumana, que termina encadenándolo a sus instrumentos.

Desde hace medio siglo, en un mundo que tiene más necesidad de trascendencia que de petróleo, los papas proponen tomar posición espiritualmente para promover “una nueva, más coherente y más activa vida cristiana, la cual debería reflejarse, hasta públicamente, en una forma mejor de concebir y de llevar a término nuestra existencia colectiva, esa forma que ha tomado el título atrevido de “Civilización del Amor”.

 

¿Y ahora qué?

Europa y América eran antes de la guerra una civilización mundial, la descolonización fue acompañada por la construcción de bloques ideológicos y la disolución del bloque soviético significó la reanudación de la historia. Una vez concluida la guerra fría –y con el fin de los enfrentamientos locales financiados por ella–, que tenía a muchas civilizaciones como objetos, reprimidas bajo verdaderas “lápidas” de cemento[5], de segundas realidades ideológicas, volvieron las viejas banderas, y tras ellas los viejos tapices, y los más antiguos hilados.

De modo que paralelo a la globalización, que acrecentó un mundo único, se ha generado un proceso de re descubrimiento y de re conocimiento de cada civilización en la textura de su habitar, como civilización, sin importar donde se encuentre esa textura en la Aldea Global.

En este proceso le preguntaron a George Steiner: “¿Nosotros, que vivimos en la «era del Epílogo», sobre las ruinas de Auschwitz y del Goulag, debemos reaprender a ser humanos? ¿Hay que inventar un nuevo humanismo?” A lo que respondió: “El siglo que acaba de terminar ha mostrado que el modelo clásico de un humanismo capaz de resistir a la barbarie, a lo inhumano, gracias a una cierta cultura, una cierta educación, a una cierta retórica, era ilusorio… He llegado a la intuición de que un humanismo sin fundamento teológico es demasiado frágil para satisfacer las necesidades humanas, para satisfacer a la razón misma…”[6]

Para el Papa León, la magnífica humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos. Cada generación recibe como herencia la tarea de dar forma a su propio tiempo: hacer madurar la historia como un lugar donde se proteja la dignidad de cada persona, se promueva la justicia y se haga posible la fraternidad[7]. Pero en cada época se cierne el riesgo de construir un mundo inhumano y más injusto. Continúa así, lo que Pablo VI, y su sucesor Juan Pablo II, podían ver como un proyecto único (la Civilización del Amor).

Sin embargo, el mismo es ahora -como ya lo era el La Ciudad de Dios– un proyecto dual, por una parte como lo planteo insistentemente Benedicto XVI, el acompañamiento a la Civilización Euroamericana en la búsqueda de sus raíces[8], por otra parte, como lo plantearon los padres conciliares, y luego de ellos los papas hasta Francisco y León XIV, se trata de contribuir con determinación a todas aquellas iniciativas que construyen un mundo más justo, y podemos invitar a otros a colaborar con nosotros en la promoción del desarrollo integral de cada ser humano. Deseamos entrar en diálogo con todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo, con quienes participamos juntos en los acontecimientos, las preguntas y las aspiraciones de la humanidad[9]. El acercamiento a otras Civilizaciones (los agrupamientos culturales más amplios) que nunca dejaron de existir y trabajan en este siglo por reencontrar y reinventar su identidad. Así, el proyecto de la civilización del amor asume aquí la tarea decisiva de transformar esta interdependencia padecida en una solidaridad deseada y elegida.

El actual pontífice nos recuerda que este mundo no es -en primer término- mejor o peor que otros mundos, sino distinto; y que sus desafíos hacen de él otra oportunidad para nuevas síntesis civilizatorias creacionistas, a la cual las tres grandes tradiciones creacionistas siguen en condiciones de aportar. Entre ellas, la Iglesia recuerda, con voz humilde pero firme, que la verdadera realización no nace de la eliminación de las fragilidades, sino de un crecimiento armonioso: allí donde la libertad y la responsabilidad se entrelazan con el cuidado recíproco y la verdadera solidaridad, y donde el progreso se mide por la dignidad de cada uno y por el bien de los pueblos.

No temamos ensuciarnos las manos en la obra de nuestro tiempo.

La perspectiva del Reino de Dios, lejos de alienarnos de la vida, nos hace más sensibles a las grandezas y miserias humanas, en las que el Reino de Dios mantiene su vitalidad en todo tiempo, desde siempre y para siempre.

NOTA: En el artículo completo – … – el autor desarrolla las ideas, incorporando en las partes pertinentes del texto, las palabras de los autores, y de los Papas, que usa como fuente, con sus referencias.

[1] Mark Riebling, Iglesia de espías, 2016.

[2] Jean Monnet, Konrad Adenauer, Robert Schuman, Alcide De Gasperi, Giorgio La Pira y Paul-Henri Spaak sobrevivientes, después del fracaso del atentado del bunker, y las persecuciones en el resto de Europa Occidental, impulsarán el proyecto más “absurdo” del siglo XX: terminar con las guerras en Europa occidental, poniendo en marcha la economía social de mercado, que consiguió su desproletarización y su unificación. Es tan clara la filiación espiritual de estos hombres, que la mitad de ellos: Robert Schuman, Alcide De Gasperi y Giorgio La Pira, se encuentran en distintas etapas de canonización por la Iglesia Católica. Por otra parte, toda la izquierda europea, cualquiera sea su filiación marxista ortodoxa, o socialdemócrata, salvo una pequeña fracción del partido socialista belga, votaron contra los primeros acuerdos con los que comenzó la unificación europea.

[3] El ocaso de la Edad Moderna (Das Ende der Neuzeit) fue escrito por Romano Guardini (a quien desde 1939 el régimen nazi le prohibiera enseñar, y luego se refugiara en Mooshausen, Suabia), fue publicado originalmente en 1950, y tuvo una gran influencia en todos los papas de post guerra, incluso Jorge Bergoglio (luego papa Francisco) intentó durante la década de 1980, escribir su tesis doctoral sobre el pensamiento de Guardini. Aunque no llegó a completarla, en el documento programático de su pontificado, la exhortación Evangelii Gaudium, aparece la idea de la tensión entre polares que no deben destruirse ni disolverse en una síntesis, sino mantenerse vivos en un diálogo fecundo, resuelto en un plano superior: la realidad es superior a la idea, el todo es superior a la parte, la unidad es superior al conflicto, y el tiempo es superior al espacio.

[4] Pablo VI, 15 de marzo de 1976, Ens. al Pueblo de Dios, 1976, T. VIII, Città del Vaticano, p. 216. El recurso a la “Weltanschaung”, la visión del mundo, tiene que ver con la conexión que el papa mantenía con Giorgio La Pira, constituyente de la República de Italia, impulsor de los pactos que hicieron la unidad europea, quien desde 1959 que hizo su primer visita al Kremlin trabajo por la distensión europea, hasta el punto que en 1978, su libro El sendero de Isaías, fue prologado por Mijaíl Gorbachov, quien como secretario general del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética desde 1985 hasta 1991 y presidente de la Unión Soviética de 1988 a 1991, desarticulara el Pacto de Varsovia y la URSS.

[5] Ralf Dahrendorf, Reflexiones sobre la revolución en Europa. Carta pensada para un caballero de Varsovia (1991), que evoca el título del libro del tradicionalista Edmund Burke Reflexiones sobre la revolución en Francia. Carta enviada a un caballero de París, publicado en 1790.

[6] George Steiner, La barbarie douce, en Question n° 123: Education et sagesse, Albin Michel, 2001, 323-324

[7] León XIV, Magnifica humanitas, n° 1, 12, 16 y 187.

[8] Joseph Ratzinger, Sin raíces. Europa, relativismo, cristianismo, Islam, 2004.

[9] Const. past. Gaudium et spes, 11: AAS 58 (1966), 1033-1034.

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