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Confiar en el proceso: el verdadero valor del Programa Consejeros

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Cuando en abril de 2026 comenzó una nueva edición del Programa Consejeros de ACDE –que se ofrece hace más de 25 años de manera ininterrumpida–, decenas de duplas se pusieron en marcha con un mismo propósito.  El de enriquecer el desarrollo profesional y personal de jóvenes ejecutivos, emprendedores y empresarios desde una perspectiva cristiana. Ocho meses de camino compartido, un encuentro mensual, un vínculo que no se improvisa. Sin embargo, a esta altura del recorrido, vale la pena detenerse en algo que suele pasar inadvertido y es la enorme dedicación que hay detrás de cada dupla consejero – aconsejado, y la confianza que ese trabajo merece.

 

Una curaduría que no es azar

Ninguna asignación en el Programa Consejeros es al voleo. Cada Aconsejado mantiene una entrevista con un miembro de la comisión, donde se relevan sus inquietudes, sus objetivos, lo que espera llevarse del proceso. Recién después de ese trabajo, la comisión coordinadora busca —entre socios de reconocida experiencia, conducta y calidad humana— el perfil de consejero que mejor pueda acompañar ese camino particular.

Es un ejercicio de discernimiento, no de emparejar currículums. Se trata de imaginar qué conversación puede transformar a alguien que da sus primeros pasos en su carrera. Esa tarea silenciosa merece nuestra confianza, incluso cuando el resultado no coincide con lo que uno tenía en mente.

 

Cuando lo inesperado incomoda

Es humano llegar con expectativas propias. Pero llama la atención que, en algunos casos, ciertos aconsejados midan a su consejero con una vara que no deja lugar a lo distinto. Si el perfil no calza con lo imaginado, la respuesta es cerrarse en lugar de abrirse.

Ahí el Programa revela su verdadero desafío, que no es logístico, sino espiritual; y radica en aprender a recibir. La trayectoria de un consejero —sus aciertos, sus años de gestión, de liderazgo, de vida— no siempre viene en el envoltorio que uno anticipa. Y, sin embargo, en lo que no estaba en el radar, suele estar lo más valioso. Cerrarse a esa posibilidad es privarse de la sorpresa de cada encuentro genuino, y de reconocer una presencia mayor obrando en esos diálogos. El Espíritu Santo se hace presente en el momento justo.

 

Un llamado a la apertura, con la meta ya a la vista

Con el Programa avanzando hacia su cierre en noviembre, este es el momento justo para hacer una pausa y tomar perspectiva. Quedan encuentros por delante, y cada uno es una oportunidad que no vuelve. La invitación —para consejeros y aconsejados por igual— es simple pero exigente. Soltar el control sobre cómo “debería” ser la conversación, y dejar que sea lo que tiene que ser.

Eso no significa resignarse a una mala sintonía, para lo cual el Programa prevé mecanismos claros de cambio de consejero. Significa dar el beneficio de la duda antes de cerrar una puerta; sostener la escucha activa aun cuando el tema no sea el elegido; entender que el aprendizaje intergeneracional rara vez llega en el formato esperado.

A esa apertura hay que sumarle otra condición, no menos exigente que es hacerse el espacio. Todos manejamos agendas intensas, atravesadas por lo urgente y lo imprevisto, y es fácil que un encuentro mensual termine postergado frente a lo que parece más apremiante. Pero sostener la frecuencia no es un formalismo administrativo sino lo que permite que el vínculo madure y que la confianza tenga tiempo de construirse. Solo la convicción genuina del valor del Programa —y no la fuerza de voluntad momentánea— sostiene ese compromiso mes a mes. Es esa constancia, más que cualquier encuentro aislado, la que finalmente habilita el verdadero valor transformacional del proceso.

 

Lo que queda por construir

Faltan pocos meses para el último encuentro en el cual se realiza el balance donde ambas partes agradecen el tiempo compartido y se ponen en valor los aprendizajes adquiridos. Que ese cierre encuentre a cada dupla habiendo aprovechado lo recorrido depende, en gran parte, de una decisión que se toma en cada reunión. Abrirse o cerrarse a lo que el otro trae es una elección de cada uno.

El Programa Consejeros de ACDE es una propuesta única de formación basada en valores. Confiar en la curaduría de la comisión, en el consejero asignado, y en que cada conversación —tenga o no la forma que imaginábamos— es una semilla. Esa es la actitud que hace que estos ocho meses den fruto. La vida, y quien la sostiene, suele sorprendernos justo cuando dejamos de exigirle que se parezca a nuestros planes.

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