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El ascenso de Hitler al poder

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La República de Weimar, el período de la historia de Alemania entre el fin de la Primera Guerra Mundial y el ascenso de Adolf Hitler como canciller (primer ministro) del país, ha sido fuente de estudios y trabajos que no se agotan. No cesa la obsesión por desentrañar las razones por las cuales un proyecto de un orden republicano liberal se desmorona y da paso a uno de los regímenes más bestiales del siglo XX.

Curiosamente, los trabajos de calidad siguen asomando sobre el tema. Este es el caso del libro de Timothy W. Ryback “El ascenso de Hitler al poder. 1932-1933”. Una obra muy detallista sobre el proceso de descomposición de un sistema político en el cual pocos alemanes conservaban algún tipo de respeto. Ryback, historiador estadounidense, director del Instituto de Justicia Histórica y Reconciliación de La Haya, ex director del Salzburg Global Seminar y columnista en The New Yorker, The Atlantic y The New York Times, aporta el balance delicado entre la precisión histórica y la redacción periodística.

Está muy bien descripto el ambiente de intrigas palaciegas, desconfianza, odio visceral y desprecio que existían entre conservadores, nacionalistas y nacionalsocialistas. Ante la posibilidad de un gobierno entre conservadores y nacionalsocialistas en enero de 1933 quizás la frase más representativa sea la que un político nacional-popular (conservador), Reinhold Quaatz, le dijo al líder de su partido, el magnate del cine y la prensa Alfred Hugenberg: “Qui vivra, verra” (“Quien viva, verá”). Pocas frases tan gráficas de la Götterdämmerung wagneriana, de “El ocaso de los dioses” que se perfilaba sobre el horizonte.

El derrumbe político de Adolf Hitler y el colapso financiero del partido nacionalsocialista estaban a la vuelta de la esquina. En el segundo semestre del año 1932 parecía que la estrella de Hitler se apagaba. El canciller Kurt von Schleicher, quizás el mejor ejemplo del político intrigante del momento en Alemania, jugaba con cooptar a Gregor Strasser, el operador nacionalsocialista que mostraba una cara “moderada” y por ello le disputaba el liderazgo a Hitler. Eso hubiese resultado en la división de las huestes nazis y quizás el fin del movimiento. Ambos, Schleicher y Strasser, serían asesinados por las SS en “La Noche de los Cuchillos Largos” a mediados de 1934.

La subestimación del anciano y mariscal de campo Paul von Hindenburg hacia el cabo austríaco (peor, creía que era bohemio, esto es, checo) se vislumbra en su diálogo con Franz von Papen, político conservador quien se creía más listo de lo que era: “¿Me está usted diciendo que tengo la desagradable tarea de nombrar a este Hitler – diesen Hitler – como nuevo canciller?” Sólo faltaba la mueca en los labios y el gesto de desdén de su mano ya temblorosa. El futuro fue así: “este Hitler” sería el ogro que se comería a todos los comensales que le sirvieron la mesa.

El domingo 29 de enero de 1933 los tres líderes nacionalsocialistas entraron en pánico. Adolf Hitler, Hermann Goering y Joseph Goebbels se refugiaron en el departamento del último a la espera de un golpe militar encabezado por el jefe del Estado Mayor, el mariscal Kurt von Hammerstein-Equord. Tal movida nunca sucedió. Schleicher no se animó a pegar el golpe sobre el tambor y aceptar la sugerencia de Hammerstein de sacar las tropas a la calle y cortar así con la espada el nudo gordiano de las intrigas. Al día siguiente, el 30 de enero de 1933, Schleicher perdía su puesto de canciller y su enemigo Hitler era nombrado en su cargo secundado por Papen y con Goering como miembro del gabinete.

La moneda en el aire marcó el futuro de Europa y la muerte de millones de personas. En las situaciones límite quien entra o sale, quien se enferma subrepticiamente o deja pasar el momento puede impactar sobre millones de personas.

SÍ. Es por ello que se siguen escribiendo estos libros deslumbrantes como el de Ryback.

 

 

 

 

 

 

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