La fe cristiana propone habitar sin simplificaciones
la ambivalencia entre la grandeza y el límite de lo humano
Magnifica humanitas, 118
Cuando alguien me pregunta de qué doy clases y digo que de ética empresarial las reacciones suelen ser variadas. La mayoría, obviamente, reacciona con indiferencia o con un británico Interesting! Sin embargo, entre los que dicen algo siempre hay perlitas como: “Ah! usted quiere que todos en la empresa sean buenitos” o también “me parece que enseñar ética es hipócrita” o, las que casi nunca fallan: “¿existe la ética empresarial?” y “ah! tenés mucho trabajo entonces!”. Como la mayoría no son comentarios que inviten a profundizar la conversación me suelo quedar con la inquietud sobre qué imaginará cada uno de ellos.
Mas allá de si parece que me dedico a un oxímoron (un círculo cuadrado), a una pretensión diletante y extremadamente subjetiva o a una vocación ciclópea ara mejorar el mundo, lo que más me importa es lo que piensan los que pasan por el aula (en general, alumnos que trabajan en empresas, hacen un MBA –Master in Business Administration- y tienen un promedio de 30 años)
A lo largo de mi experiencia, he ido probando y adaptando distintos modos de vencer la natural resistencia que provoca ver en un casillero del cronograma de clases de un MBA uno que dice “ética”, sin importar si la universidad es confesional o pública. Muchas veces hemos comentado entre colegas cómo ese hándicap inicial desfavorable, suele contribuir de modo positivo en las encuestas finales -pero este no es el eje de este texto. Solo lo comento para subrayar cierta unanimidad de la experiencia: hay una resistencia previa, muy anterior a la que puede provocar cualquiera de nosotros al abrir la boca en clase.
Con los años, un poco intuitivamente, un poco avalada por investigaciones académicas, fui cambiando la fundamentación “puramente ética de la ética” por la ética comportamental (behavioral ethics) y la filosofía del management. Es decir, dos enfoques que han crecido en las dos últimas décadas en la academia angloparlante y que han acompañado y confirmado mis experiencias de aula. Long story short? Pasé de tratar de justificar “por qué esto es bueno o mejor”, es decir, de argumentar según principios, valores y fundamentos a inducir la reflexión acerca del porqué (o mejor dicho los porqués) nos cuesta hacer aquello que ya sabemos que es lo bueno o lo mejor. La ética empresarial no es rocket science, sino que su dificultad está en llevarla a la práctica: ya sea por las costumbres instaladas, ya sea porque están en juego los propios intereses, ya sea porque es lo que “piden” los incentivos organizacionales, ya sea porque queremos decidir rápido y no buscar más alternativas, etc. Etc. Etc.
Entonces, en clase, parto de la confianza en que ese alumno adulto joven ya ha experimentado -al menos como espectador- lo injusto, lo inequitativo, lo fraudulento, la ventaja, la manipulación y todavía no se convertido en un cínico sin remedio. Pero no solo eso, también, confío en que en su experiencia laboral ya ha podido constatar las enormes posibilidades de una empresa de impactar positivamente en la sociedad ya sea con empleos, con productos y servicios, con desarrollo local y en que desea ser un buen líder de empresa. Es decir, mi objetivo es conectar tanto con su deseo de bien como con su dificultad.
Y es que algo en lo que pienso siempre es en aquello de San Pablo en Romanos 7,15: No entiendo mis propios actos: no hago lo que quiero y hago las cosas que detesto. 19: De hecho, no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero. Pablo admite su vulnerabilidad, su fragilidad y eso permite que la gracia haga su obra.
Dentro de la variedad de la viña, me ha quedado claro que no todos conectan con este aspecto. Yo misma, incluso, tampoco en otras épocas de mi vida. Por la confianza en el hacer, avanzar y producir, a veces, evitamos conectar con la frustración o la imposibilidad (como la espina de San Pablo). También, a veces, se prefiere ser parte de un discurso que contiene certezas por doquier, que se enfoca en aquello donde todo sale bien, que no sobreabunda en resistencias y dificultades. Quizás porque nos parece que, si hablamos de los obstáculos, las diferentes y variadas alternativas y las contradicciones nos ponemos a nosotros mismos en la pendiente resbaladiza de la duda y la falta de esperanza. Quizás porque nos parece que si no nos recordamos entre nosotros aquello a lo que aspiramos no nos sentimos lo suficientemente buenos. Y la pregunta, inevitable creo yo, que surge ahí es ¿en qué o en quién tengo depositada mi confianza?
Conversando sobre esto con mi amiga Claudia Podetti que estudia a Simone Weil, me decía que esta filósofa francesa dice algo así como que hasta que uno no está totalmente embarrado en el intento de hacer algo, no lo está buscando verdaderamente. La cita textual del libro “La gravedad y la gracia” (1947) que me pasó por WhatsApp al otro día de nuestra conversación es esta:
Un criterio de la realidad es que es dura y áspera.
Encontramos en ella alegrías, no agrado.
Lo que es agradable es ensueño.
No he leído a esta autora, pero me parece muy sugerente esa distinción entre alegría y agrado. Me hace pensar (o recordar) que los cristianos estamos llamados a la alegría a pesar de los desagrados. Pienso en que esta alegría no es sinónimo de quedarse en el ensueño agradable que produce el hablar sobre los valores compartidos y el “tenemos que” o el deber ser. Porque nuestra confianza no está depositada en un conjunto de valores o de ideas, sino en la persona de un Dios que se encarnó y venció toda muerte y fracaso en la resurrección.
Y conecto todo esto con el énfasis que hace León XIV sobre la vulnerabilidad en la encíclica Magnifica humanitas. El Papa León XIV plantea que la edificación del bien se hace aceptando la propia finitud, los límites y la fragilidad sin considerarlos un error que haya que corregir. La vulnerabilidad (el dolor, el fracaso), dice, es el espacio en el que maduramos y nos abrimos a la relación con Dios y con el otro. Como dice el epígrafe del comienzo de este texto, nos invita a no simplificar la ambivalencia entre el límite y la grandeza de lo humano. Quizás, hablar con agrado de los valores en los que nos sentimos buenos sea una forma de simplificar.

