El progreso es un deber específico del quehacer empresario y, de modo particular, del empresario cristiano. Enrique, en el marco de un recorrido extenso sobre el concepto, lo resume diciendo: “en cuanto al progreso -científico, técnico, organizativo-, mientras no sea a expensas de la dignidad de los trabajadores, es también un deber, y nuestros obispos nos exhortan a ello”. La cita corresponde a una charla dictada por Enrique en las “Jornadas de Estudio sobre problemas humanos de la Empresa”, organizada por la Asociación de Profesionales de la Acción Católica en 1958 en Mendoza.
La palabra y el concepto de “progreso” y “progresismo” tienen demasiadas connotaciones en la vida política, social e incluso en la teología. La cita de Enrique y el presente análisis no la usan ni en ese sentido ni con esas implicancias. Se trata sólo de una referencia específica al crecimiento y el desarrollo de las potencialidades. Y en el ámbito de la empresa no se limita a la simple acumulación de bienes o a la conquista tecnológica desenfrenada.
Aristóteles entendía por “naturaleza” no sólo la esencia de algo sino la suma de potencialidades de algo hacia su fin. Lo natural es lo que tiende a desarrollarse según su propia vocación. Lo que Dios pensó para cada uno y cada cosa al crearlo. Así como una semilla “pide” ser árbol, también cada persona está llamada a desarrollar todas sus capacidades: intelectuales, operativas, afectivas, espirituales.
En clave cristiana, esta misma idea toma una forma más plena: la santidad es la realización completa de lo que uno está llamado a ser. En este sentido, la empresa -en cuanto espacio social y comunitario- tiene la responsabilidad de ser tierra fértil para el desarrollo de sus miembros. La empresa debe ser espacio u oportunidad de santidad para todos los que en ella trabajan.
Desde esta visión, una empresa que no progresa se contrae; y una empresa que no hace crecer a su gente, se vacía. El crecimiento económico de una organización no es un fin egoísta, sino una condición para que esa empresa pueda cumplir con su función específica dentro del Bien Común de una sociedad. Si no hay progreso económico, no hay inversión, ni empleo sostenido, ni innovación. Pero si ese progreso se alcanza sacrificando la dignidad de las personas, deja de tener sentido y, por tanto, deja de ser justo.
El progreso técnico, científico y organizacional que menciona Enrique no debe ignorar el crecimiento humano. Porque el verdadero capital de una empresa son sus personas. Y el rol del empresario es generar condiciones para que cada uno de los miembros del equipo pueda desplegar sus capacidades, encontrar sentido en su trabajo y desarrollarse integralmente.
Esta idea resuena con fuerza en el Evangelio, en la parábola de los talentos. Allí, el Señor elogia no al que conserva lo recibido, sino al que lo hace crecer. El que no arriesga, el que no pone en juego sus dones, termina perdiéndolo todo. El mensaje es claro: los dones se nos dan para ser multiplicados, no enterrados. Esto se aplica no sólo a los líderes empresarios respecto de sus proyectos sino también como norma específica de liderazgo: se debe buscar el crecimiento constante de nuestros colaboradores.
La Doctrina Social de la Iglesia sostiene también esta visión. En Caritas in Veritate, Benedicto XVI escribe: “el desarrollo no consiste sólo en el crecimiento económico. Para ser auténtico, debe ser integral, es decir, promover a todos los hombres y a todo el hombre”.
Desde esta mirada el empresario es más que un simple generador de riqueza, sino más bien un agente del desarrollo humano integral. Su deber no es sólo aumentar los ingresos sino multiplicar los frutos de bien que su empresa puede generar en las vidas de quienes la integran y en la sociedad toda.
El progreso, entonces, no es una opción ni una ventaja competitiva: es un deber ético del empresario.

