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El voto del ciudadano estadounidense Robert Francis Prevost

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El papa León XIV “ha enviado por correo su propia papeleta electoral a Chicago” para las elecciones de medio término en Estados Unidos, celebradas el pasado martes 3 de noviembre.

Así lo anunció la Sala de Prensa de la Santa Sede el 31 de octubre, subrayando que el Pontífice “ha ejercido su derecho al voto como ciudadano de los Estados Unidos siempre que ha tenido la posibilidad de hacerlo, en línea con esta consolidada práctica de participación cívica”.

El hecho de que León XIV haya votado en las últimas elecciones estadounidenses merece una reflexión que va mucho más allá de la simple curiosidad periodística.

Se trata de comprender su significado institucional, eclesial y simbólico, ante un hecho sin precedentes conocidos.

La declaración vaticana es particularmente interesante: el Santo Padre expresa su convicción acerca del derecho y el deber de los ciudadanos de participar en los procesos democráticos. La Santa Sede precisó que el Pontífice también había ejercido su derecho al voto durante los años de su permanencia en Perú. Se trata, por lo tanto, de una decisión presentada por el Vaticano como expresión de una práctica habitual de participación cívica.

La novedad es que, por primera vez en la historia conocida, un Pontífice ha participado en una elección general de su país de origen mientras ejercía el ministerio de Pedro.

 

El Papa también es un ciudadano

Aquí surge la primera cuestión. La elección al solio pontificio no cancela automáticamente la historia personal, la nacionalidad ni los derechos civiles de la persona elegida.

Robert Francis Prevost nació en Chicago, es ciudadano estadounidense y también adquirió la ciudadanía peruana. Pero, con su elección como Papa, su identidad adquiere una nueva dimensión: ya no es solamente un ciudadano estadounidense. Es el obispo de Roma y el sucesor de Pedro, con una responsabilidad que trasciende las fronteras nacionales.

De aquí nace una distinción fundamental: Robert Francis Prevost conserva su historia, su ciudadanía y sus derechos. El papa León XIV ejerce un ministerio universal, que no puede identificarse con los intereses de un Estado o de una determinada corriente política. Ambas dimensiones pueden convivir.

 

La autonomía de la Iglesia frente al poder político

El Concilio Vaticano II, en la constitución Gaudium et spes, en el número 76, afirma un principio fundamental: la comunidad política y la Iglesia son independientes y autónomas entre sí en sus respectivos ámbitos. Esto no significa que la Iglesia deba desentenderse de la política.

Significa, más bien, que la Iglesia no debe convertirse en un instrumento del poder político y que el Estado no debe utilizar la religión para legitimar sus propias decisiones. La Iglesia tiene el derecho y el deber de intervenir en las cuestiones morales y sociales cuando están en juego la dignidad humana, la justicia y el bien común.

Es una distinción que León XIV también retomó en su encíclica Magnifica humanitas, del 15 de mayo de 2026, particularmente en los párrafos 21-25, insistiendo en la autonomía de las realidades terrenas y en la distinción entre las competencias eclesiásticas y las políticas. La Iglesia debe poder hablarle a la política sin convertirse en política. Este principio es esencial para preservar su libertad profética.

 

Identidad nacional y misión universal

León XIV es el primer papa estadounidense. Esta circunstancia representa una novedad histórica también en la percepción del papado.

Por primera vez, el Pontífice proviene de la principal potencia política, económica y militar del mundo contemporáneo. Cuando habla de guerra, inmigración, política internacional, derechos humanos o relaciones entre las naciones, sus palabras pueden ser interpretadas también a la luz de su origen estadounidense.

El riesgo es que el Papa sea percibido como un interlocutor interno de la política de Estados Unidos, en lugar de ser considerado una voz autónoma frente a todos los gobiernos. Pero el Papa estadounidense no es el Papa de los estadounidenses. Es el Papa de todos. Precisamente, la circunstancia de estas elecciones demuestra que la pertenencia nacional no determina el horizonte de la misión eclesial.

 

La cuestión que León XIV plantea a la Iglesia

La Iglesia no pide a sus fieles que renuncien a su ciudadanía, a la participación democrática ni a sus responsabilidades civiles. Por el contrario, reconoce el valor de la participación en la vida pública.

Con su gesto, el Pontífice invita a la responsabilidad no solamente a los ciudadanos de su propio país, sino también a los católicos de todo el mundo y, más ampliamente, a toda la familia humana.

Por este motivo, su comportamiento adquiere un valor que trasciende la dimensión personal. La verdadera novedad reside en la dimensión pública y simbólica de este gesto.

La Iglesia ha atravesado siglos de relaciones complejas con emperadores, monarquías, Estados nacionales y democracias. Su autonomía ha sido puesta a prueba en numerosas ocasiones, precisamente cuando el poder político ha intentado utilizar su autoridad moral.

Hoy, este desafío vuelve a presentarse bajo una forma inédita con León XIV. Es el ciudadano estadounidense cuando vota; es el Papa estadounidense cuando ejerce su ministerio universal.

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