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Enrique Shaw: sucesos del mes de mayo

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El pasado 25 de mayo no fue un feriado más. Con el espíritu de la fecha a flor de piel, decidimos caminar con mi familia por el corazón fundacional de nuestra patria. Recorrer la Plaza de Mayo en un nuevo aniversario tiene una mística especial: el Cabildo de Buenos Aires plantado como testigo de nuestros primeros pasos de libertad, rodeado por esos edificios que custodian el centro de nuestra historia cívica. Transitar por allí con los tuyos es, en cierta forma, reconectarse con las raíces y los valores que nos definen como argentinos.

Buscando prolongar esa caminata, nos extendimos hacia el río y llegamos hasta el emblemático Buque Museo Fragata ARA “Presidente Sarmiento”. Lo que comenzó como un paseo de feriado se transformó, de golpe, en un puente perfecto hacia la esencia de lo que comunicamos día a día en el Portal Empresa.

Mientras recorríamos las cubiertas inferiores, entre camarotes y salas del navío, mi mirada se detuvo frente a una vitrina. Allí, resguardado como un tesoro, descansaba un libro con un epígrafe emocionante:

“Enrique Ernesto Shaw: marino laico argentino, padre de familia y un empresario, camino a convertirse en santo”.

La portada del libro muestra a Enrique en su juventud, vistiendo impecable su uniforme: “De Cadete Naval a aspirante a Santo”. Contemplar esa imagen en el vientre de la fragata me hizo pensar en aquella etapa, la cual describiera conceptualmente como La Brújula, en el artículo anterior.

Ingresar a los 14 años a la Escuela Naval forjó en él un liderazgo táctico e inquebrantable, orientado al servicio de la Defensa Nacional. Respecto a esta rigurosa formación, su hija Sara evoca un testimonio epistolar conmovedor que ilustra a la perfección la espiritualidad de su padre. Ella relata que, así como en la Armada todo está meticulosamente planificado mientras se navega, Enrique aplicaba esa misma estructura y determinación a su vida interior. En las cartas que le enviaba desde alta mar a quien en ese entonces era su novia, Cecilia Bunge, le escribía con una convicción asombrosa: “En mis propósitos para este año tengo en mente uno con mucha fuerza: es necesario hacerse santo, empezar ya”. Sus palabras no eran un anhelo abstracto para el futuro, sino la fijación de una coordenada clara y urgente, marcando desde el inicio el rumbo espiritual que compartirían en su vida juntos.

Sin embargo, una brújula no sólo es útil para mantener el rumbo planificado, también es un instrumento para recalibrarlo cuando el destino llama a un propósito mayor. Y fue precisamente en mayo, pero de 1945, cuando se produjo su verdadero cambio de rumbo. En ese mes patrio, tras regresar de una misión en los Estados Unidos, Enrique pidió la baja de la Armada porque su vocación se expandía: entendió que debía servir a la Argentina desde un nuevo frente, promoviendo la dignidad humana en el corazón de las empresas.

Ver ese libro en la Fragata Sarmiento fue un recordatorio elocuente de su testimonio. Enrique nos enseña que el auténtico patriotismo se construye en la defensa de la soberanía, en el calor del hogar y en la entrega cotidiana por los nuestros. Como reflexión e invitación final, un paseo histórico es una oportunidad para sembrar en las familias aquellos principios legados que fecundan, engrandecen y reavivan la identidad nacional.

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