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Enrique Shaw y el estudio de la Doctrina Social de la Iglesia

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El venerable Enrique Shaw fue un hombre de vida interior. Algo sabemos de la “calidad” de la misma a través de sus escritos y de los testimonios sobre su vida heroica en el ejercicio de las virtudes. Él sabía, a su vez, que era un colaborador en la historia de la salvación pensada y querida por Dios. Como enseña el apóstol Santiago, la fe sin obras está muerta (cf. Santiago 2, 17). Entre esas obras conectadas con el plan divino se encuentra el estudio.

A primera vista podría parecer exótico hablar del estudio como una acción humana y, todavía más, vinculada al obrar de Dios. Pero ambas cosas son verdaderas. Porque el hombre es un ser inteligente que logra parte de su perfección conociendo la verdad de las cosas y esta frecuencia en el mismo sentido genera hábitos intelectuales. Uno de ellos es la estudiosidad. Santo Tomás de Aquino destina hermosas palabras a la estudiosidad y es tan bien pensado que apunta un vicio por exceso (la curiosidad) pero no por defecto. Evidentemente, como era un amante fiel de la verdad, no podía imaginar que sus prójimos aflojaran en su búsqueda.

Lo cierto y lo importante ahora es que Enrique Shaw, a lo largo de su vida, se convirtió en un ejemplo singular de hombre de estudio. Bastaría repasar cualquiera de las biografías escritas sobre él para comprobarlo.

Todavía más en concreto, debido a su genuina vocación social -atención, no se conformó con ser un “católico del montón”-, se empeñó en el estudio sistemático de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI). En este sentido, son admirables sus Cuadernos -sería un gran aporte publicarlos- como sus conferencias y otros tipos de exposiciones vinculadas con la DSI en particular, debido a su vocación profesional, con la materia empresarial.

Destacar esa vocación por el estudio a la cual supo ser fiel Enrique Shaw es importante por varios motivos. Apuntaré dos sabiendo que puede haber muchos otros. En primer lugar, la estudiosidad como virtud humana es asumible por la vida de fe y de la gracia. Podemos y debemos santificarnos y, así, agradar y darle gloria a Dios. No se trata de ser notables en la historia del pensamiento como Aristóteles o como santo Tomás de Aquino, entre tantos otros que podrían mencionarse. Se trata de amar la verdad apasionadamente con cierta disciplina. No se trata, tampoco, de ser especialistas. Pero sí de formarnos intelectualmente con buenos maestros y libros para orientar a nuestros prójimos por el camino del bien en orden a la vida eterna.

En segundo lugar, a ejemplo de Enrique Shaw, corresponde saber que, para ser apóstoles fieles a Cristo en la vida social, debemos estudiar la DSI. No tenemos margen para excusas. Ellas responden, con frecuencia, a la vagancia cuando no al desinterés. O, también, a nuestra terquedad en no querer corregir nuestros prejuicios inspirados en posturas ideológicas (sabiendo de la simplificación, liberalismo o marxismo/socialismo). Prejuicios que, por último, justifican nuestras acciones desviadas del criterio de la justicia del bien común.

Católicos bien formados en la Doctrina Social de la Iglesia y, por supuesto, coherentes con la Fe y moral católicas, son los que renovarán a nuestra querida Patria en Cristo edificando un orden social según el derecho natural y cristiano para bien de todos los que quieran habitar en este bendito suelo protegido por la Virgen en su advocación de Nuestra Señora de Luján.

Como diría un compositor musical argentino: “¡Estudiantes, estudiantes, a estudiar!”.

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