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Estrés y creatividad: cómo transformar la presión en acción

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Una invitación a repensar el estrés habitual como un punto de inflexión, capaz de orientar la creatividad, la acción y el liderazgo con propósito.

 

El estrés: una palabra que enciende alarmas, entidad silenciosa que parece estar esperando a la vuelta de la esquina, aguardando el momento para enfermarnos o, cuanto menos, hacernos claudicar en los esfuerzos que día a día tejemos para acercarnos a nuestras metas que hacen de nuestra vida algo más humano. ¡Y con cuánta frecuencia lo experimentamos!

Si nos caracterizamos por ser los únicos seres capaces de dirigir nuestra voluntad hacia la concreción de fines, también parecemos ser sólo nosotros quienes se estresan por motivos que poco tienen que ver con nuestro instinto de supervivencia.

Escasas son las situaciones que nos enfrentan a la necesidad de huir, evitar o luchar contra algo que pone en peligro nuestra vida. Pero, sin embargo, son muchas las micro y macro decisiones, propias del trabajo y la vida familiar, que provocan aquel nudo en la panza o sobre activación corporal que enciende el estado de vigilia que tanto conocemos.

¿Acaso nuestra capacidad cognitiva se ha vuelto en nuestra contra? ¿Acaso no sabemos diferenciar entre un león dispuesto a convertirnos en su presa y el potencial cliente que evaluará nuestra propuesta de negocio? ¿Entre un ladrón peligroso y un hijo que solo parece estar interesado en desobedecernos?

En este artículo me he propuesto abandonar la batalla del hombre contra el hombre: nuestra capacidad de razonar es siempre nuestra aliada. Podemos fácilmente reconocer la diferencia, pero el estrés que se presenta en las conversaciones difíciles con nuestro socio, en las horas previas a la presentación del proyecto en el que tanto hemos trabajado o en la logística familiar tiene algo para revelarnos tan importante para nuestra humanidad como lo que pone a prueba nuestros instintos más básicos.

Para descubrirlo, empezaremos reconciliándonos con la posibilidad de estar estresados, de sentirnos multitasking, haciendo una jugada maestra contra los vientos del estrés que parecen posicionarse en nuestra contra.

¿En qué podemos apoyarnos para convertir en aliado a este archienemigo que tantas veces consideramos incontrolable?

Pues bien. En primer lugar, hemos de adoptar una postura un poco menos tremendista y más amigable con este agente que tanto pretende mortificarnos. Y, en efecto, tenemos una base real desde la cual partir.

Actualmente, en psicología —como muestran los desarrollos contemporáneos sobre estrés y afrontamiento[i]— se han abandonado las posturas que le daban excesivo protagonismo al agente estresor para dar paso a aquellas que entienden el estrés como una respuesta adaptativa. Y, como tal, se presenta con una frecuencia totalmente esperable: prácticamente de forma cotidiana.

Nuestro día a día es dinámico, constantemente estamos frente a nuevas oportunidades y ante caminos que se abren. El estrés se enciende porque ciertos estímulos no nos son irrelevantes. Por ende, hay acontecimientos que resuenan y provocan “algo” en nosotros, que es captado por nuestra afectividad. Esto deja al descubierto un mensaje: lo que percibimos como estresante nos moviliza, plantea una pregunta, una posibilidad o un desafío.

Se ha estudiado que la primera activación orgánica que se genera ante estos estímulos es neuronal: el eje se enciende de forma cuasi inmediata. Sólo requiere segundos. Es el Sistema Nervioso Autónomo que, mediante el sistema simpático, se pone a nuestra disposición.

Con la ayuda de nuestra plasticidad neuronal y la multitud de conexiones que se activan, nuestro cuerpo entabla un diálogo especial: se pone en marcha, se prepara. Como el motor de un auto cuando se enciende, listo para el aprendizaje y la acción. En ese instante, breve pero decisivo, no somos meros receptores de lo que nos ocurre: somos también quienes podemos orientar la respuesta. ¿Qué hacemos con esta situación que requiere de nuestra adaptación?

Pero que esta activación no nos asuste: en sí misma, y en niveles habituales, difícilmente resulte dañina a nivel físico y psicológico. A lo sumo, nos sumará alguna que otra contractura. Y, por el contrario, mucho tiene para ofrecer.

Es en este punto donde ella se vuelve significativa. Dios, que nos creó tan maravillosamente, nos ofrece la oportunidad de activar nuestra creatividad. Es una invitación a pensar qué significa esta situación para mí, con qué recursos cuento y hacia dónde puede llevarme. Se abre el mundo de la posibilidad, del ideal, de la acción, pues no estamos pensados para la pasividad. Es la fuerza que nos lleva a la generación de ideas, a la producción de nuestro ingenio y, en definitiva, a la participación en la obra creadora de Dios y al encuentro con el hermano.

No hemos de saltearnos este paso, ya que allí se encuentra la clave.

En lo cotidiano —en ese instante previo a responder, decidir o actuar— si no valoramos positivamente nuestros recursos y apoyos, si no damos paso a la oportunidad, si no ponemos en juego nuestras capacidades, quedamos expuestos a la trampa cognitiva: sobrevalorar la supuesta “amenaza”, temer a la normal activación corporal que ello provoca y subdimensionar nuestra capacidad de acción.

Si no hacemos uso de las estrategias de afrontamiento, que arrojan luz sobre lo que sentimos y experimentamos, podemos creer que caemos. Y es allí donde notamos cierta “pérdida de control”, donde las oportunidades se nublan para convertirse en avalanchas de cosas que abruman, agotan y “ahogan”, pretendiendo robarnos el protagonismo de nuestra vida. ¿Quién no ha experimentado el famoso burnout, donde sólo quedan ganas de “apagar el sistema”?

La excesiva exposición al agente estresor, ya no visto como posibilitador, y la activación del eje neuroendocrino y endocrino (que requiere más tiempo de estimulación para reaccionar) sí puede afectar nuestra salud.

Aun así, detectar este límite puede abrirnos la puerta a que seamos capaces de “frenar la pelota”, volver a mirarnos y encontrar, aún entonces, ayuda, reconciliándonos con nuestro tiempo, nuestro espacio y nuestros desafíos.

El estrés, entendido desde esta nueva óptica, también puede ser puerta para la creatividad en contextos exigentes, para tomar decisiones con propósito y liderar con realismo. Quizás no se trate de eliminar la presión, sino de reconocer en ella ese punto de inflexión donde se juega nuestra libertad: entre reaccionar desde la amenaza o responder desde la posibilidad.

[i] Lectura recomendada para profundizar: Bulacio, J. M. (2018), Ansiedad, Estrés y Práctica Clínica, Librería Akadia Editorial.

 

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