La responsabilidad no se automatiza. Una organización puede delegar tareas en la inteligencia artificial; sus líderes siguen respondiendo por las consecuencias.
Esta convicción cobra especial relevancia en educación. Detrás de cada proceso hay personas: un estudiante que necesita acompañamiento, una familia que espera una respuesta, un docente que requiere orientación. La inteligencia artificial tiene valor cuando también preservamos el cuidado y la confianza.
Como educadora y fundadora, considero que incorporar inteligencia artificial exige una decisión de conducción: establecer qué puede hacer la herramienta, cuáles son sus límites y quién tiene autoridad para aprobar sus resultados.
Un marco para decidir
El artículo “Designing decision rights for AI”, publicado por el MIT Center for Information Systems Research en junio de 2026, propone distribuir decisiones entre personas e inteligencia artificial según dos dimensiones: la ambigüedad y el riesgo de equivocarse.
Su investigación se desarrolló en empresas. Su lectura me llevó a trasladar este marco al ámbito educativo, donde las consecuencias deben evaluarse más profundamente por su impacto en las personas y sus trayectorias.
Las tareas rutinarias, con criterios claros y consecuencias limitadas, permiten automatizar y monitorear. Los recordatorios de calendario son un ejemplo.
Las tareas exploratorias permiten experimentar: la IA puede ampliar las ideas para un proyecto pedagógico, mientras los docentes evalúan su pertinencia.
Las decisiones de alto impacto requieren controles y gestión de excepciones. Un cálculo de aranceles puede seguir reglas precisas y, aun así, generar perjuicios si contiene errores.
Las decisiones estratégicas necesitan conducción humana. Abrir una sede implica considerar sostenibilidad, proyecto educativo, equipos y comunidad. La herramienta puede aportar escenarios; los responsables deben ponderarlos.
Del resultado a la responsabilidad
Una respuesta a una familia permite comprender esta distinción. La IA puede producir un texto claro y conciliador. Pero si ese texto ofrece una solución, también puede asumir un compromiso institucional. Se pueden delegar las tareas, se deben auditar los resultados.
Antes de enviarlo, alguien debe verificar los hechos, evaluar sus consecuencias y autorizar aquello que la institución está en condiciones de cumplir.
Decir “lo revisará alguien” resulta insuficiente. La responsabilidad necesita un nombre, una competencia y un momento de intervención.
Una mirada desde los valores
Desde una perspectiva católica de la conducción, y parafraseando a Enrique Shaw, la dignidad de la persona y el bien común orientan también nuestras decisiones tecnológicas.
Esto nos invita a preguntarnos qué hacemos con el tiempo que la inteligencia artificial nos permite recuperar. Podemos destinarlo a escuchar mejor, acompañar a nuestros equipos y atender situaciones que requieren presencia y discernimiento.
La eficiencia adquiere sentido cuando mejora nuestra capacidad de cuidar y servir.
Un acuerdo concreto para empezar
Cada organización puede comenzar por un proceso y dejar por escrito qué información puede utilizar la herramienta, qué acciones puede ejecutar, cuándo debe detenerse y quién responde por el resultado.
Estos acuerdos permiten incorporar tecnología con claridad y aprender de su uso.
La inteligencia artificial ampliará nuestras capacidades. El desafío de quienes conducimos será ejercer el criterio necesario para ponerlas al servicio de las personas. Los ejemplos educativos y las reflexiones sobre conducción son una adaptación propia.
Referencias
Sebastian, Ina M.; Weill, Peter; Haskamp, Thomas; y vom Brocke, Jan. “Designing Decision Rights for AI”. MIT CISR Research Briefing, vol. XXVI, nº 6, 18 de junio de 2026.

