El futbol tiene una dimensión simbólica muy potente, además de su realidad concreta. Es decir, además de ser un deporte, un negocio, un entretenimiento tiene una enorme potencia de significados.
Consulté hace un tiempo (*) dos Diccionarios de Símbolos (Ronnberg, 2010 y Chevallier et al., 1996) que clasifican representaciones culturales de distintos momentos históricos y diferentes geografías. Sus autores observan que en todas las culturas el juego es una gran analogía de la guerra. De la disputa del juego emerge un universo simbólico completo en los que se libra una lucha entre los poderes de la vida y de la muerte, una lucha contra los poderes hostiles y la fuerza de la supervivencia. También, siempre según estos diccionarios de símbolos, el juego es una actividad humana que promueve la fuerza, la resistencia, la adaptación y los vínculos sociales mientras, a la vez, evoca opuestos: la separación y la unión, la exclusión y la inclusión. Además, dicen, los juegos siempre siguen reglas, tienen un marco formal o definido en los que queda espacio para la libertad o la estrategia individual y grupal. En el juego, cada individuo se ve inmerso en una batalla contra los propios miedos y las propias debilidades. El juego, es una dinámica, en la que muchas veces nos vemos inmersos y a cada uno le toca -quiera o no quiera- adoptar un rol, adaptarse, aprender y enfrentar lo inesperado. Así como nuestros ancestros experimentaban que eran juguetes de los dioses, dicen los autores, en los juegos de hoy sigue habiendo componentes míticos o arcaicos.
Reinterpretando algo de lo vivido en el reciente Mundial de Futbol a la luz de esta simbología, sin duda casi nada humano le ha sido ajeno. En el Mundial han estado presentes los poderes hostiles de los dioses, las conspiraciones, los héroes míticos, los errores trágicos, la muerte cercana y el volver a vivir, la unión y la agresión, la identidad y la diferencia, las reglas y la libertad individual. Casi nada existencial, ético o político le ha sido ajeno. De todos modos, vale volver a pensar en esa dimensión simbólica o analógica. El Mundial representa algo de la condición humana, algo ético, algo político, algo nacional, algo global. Algo, pero no todo. Somos y no somos la selección nacional. Somos y no somos la hinchada. Somos y no somos la camiseta. Somos y no somos Messi. Jugamos y no jugamos. Nos odian y no nos odian. Nos aman y no nos aman. Estamos unidos y no lo estamos.
Es la tenue realidad simbólica, es en parte igual y en parte diferente. Y arrastra multitudes.

