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La mente del político

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“Maquiavelo ha muerto”, sentenció Milei hace pocas semanas. Nadie podrá negar su habilidad para lograr buenos títulos, aunque también hay que decir que a veces se pasa dos pueblos con las figuras retóricas. Lo que representa el gran florentino, difícilmente muera: todas las sociedades necesitan que algunos de sus miembros abandonen la comodidad y el anonimato de los ciudadanos comunes, se aboquen a hacerse con el poder y, una vez conseguido, vivan una vida estresante, tomando decisiones difíciles, bajo el escrutinio de la prensa y el resto de sus congéneres. Algunos, movidos por el altruismo. Otros, pensando más bien en su propio beneficio. Pero eso es otro tema.

Ya está dicho. Las pulsiones que mueven al político son simples: la ambición por conquistar y acrecentar el poder, y el miedo a perderlo. Quien entiende esto, descifrará la clave para tratarlos. Cualquier propuesta, proyecto, pedido o reclamo tiene posibilidades de capturar la atención de un político si es percibido como una oportunidad de aumentar su poder o si, al contrario, es visto como una amenaza de perderlo. En otras palabras, sólo tiene sentido proponer a un político iniciativas que respondan de manera satisfactoria a la pregunta: “¿qué hay para mí en términos de rédito político?” Si la propuesta pasa esa prueba, va bien encaminada. Si no, lo más probable es que haya caído en tierra estéril.

Bajo ese prisma, acá algunas sugerencias sobre cómo enfocar el relacionamiento con quienes ejercen el noble arte de mandar:

Los políticos —aun con su mala fama— son necesarios para organizar nuestras sociedades. Lo mismo que los lobistas, que hacen posible que el derecho a peticionar a la autoridad se convierta en una realidad efectiva. Sin unos y otros, volveríamos a la selva, a la estepa, al desierto. Estamos mejor acá.

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