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La mística del cuidado: el decálogo del liderazgo empresarial del Cardenal Ángel Rossi

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A través de un inspirador mensaje en el 29° Encuentro Anual de ACDE, el Cardenal Ángel Rossi trazó las pautas espirituales y prácticas para guiar equipos en tiempos de cambio. Un decálogo imprescindible que propone un modelo de conducción basado en la coherencia, la edificación mutua y la custodia de la unidad como el bien más precioso.

En una época caracterizada por la velocidad de las transformaciones tecnológicas y la urgencia de los resultados financieros, el liderazgo corre el riesgo de deshumanizarse. Bajo una concepción meramente tecnocrática, las organizaciones pueden convertirse en fríos engranajes de productividad donde las personas pasan a ser simples recursos transaccionales.

Frente a este peligro, la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa (ACDE) invitó a reflexionar sobre las bases esenciales del rol del directivo. Durante el bloque de apertura de la segunda jornada del 29° Encuentro Anual, bajo el lema “Lo esencial ahora”, el Cardenal Ángel Rossi compartió un valioso mensaje.

Desde Córdoba, el arzobispo y jesuita estructuró una profunda guía espiritual y práctica, sintetizada en un decálogo del liderazgo para los tomadores de decisiones de hoy.

¿Qué roles espirituales debe encarnar un líder con visión de futuro?

Antes de profundizar en su decálogo práctico, el Cardenal Rossi recurrió a una analogía para describir el perfil del verdadero conductor. Señaló que, para guiar de manera exitosa cualquier obra, misión o empresa colectiva, el líder debe asumir e integrar cuatro dimensiones fundamentales en su carácter.

Esta autoridad auténtica, indispensable en el ámbito de los negocios, nace de la credibilidad y se consolida únicamente a través del testimonio diario de la coherencia.

¿En qué consiste la mística del cuidado en las organizaciones?

La relación privilegiada que nos constituye como seres humanos y nos diferencia de las máquinas es la capacidad de responder y velar de forma activa unos por otros. Rossi propone incorporar en el centro de la estrategia corporativa lo que denomina la “mística del cuidado” hacia cada uno de los colaboradores.

Un buen conductor es aquel que sabe ser sumamente eficiente y resolutivo en su tarea, pero que, por sobre todo, sabe cómo cuidar a su gente. Cuidar implica descubrir el talento singular de cada persona, alentarla a compartirlo, corregirla con ternura y encauzarla con firmeza ante las desviaciones.

Si un miembro del equipo cae por dificultades personales u operativas, la caída debe ser asumida por todo el conjunto, levantándose juntos con renovada confianza.

¿Cómo equilibrar firmeza y ternura frente a los problemas reales?

Al adentrarse en su decálogo del liderazgo, el jesuita destaca la necesidad de buscar un difícil equilibrio entre la ternura y la firmeza diaria. La ternura bien entendida en el ámbito de la conducción no representa debilidad ni sentimentalismo blando; la firmeza jamás debe confundirse con la dureza de trato.

El segundo postulado del Cardenal nos invita a abrazar con decisión los problemas reales de aquellos colaboradores que dependen de nuestra dirección. Para Rossi, los problemas organizacionales no existen de manera abstracta o despersonalizada; siempre vienen “enrostrados”, encarnados en una persona concreta.

El líder con impacto humano debe tener el valor de abrazar no solo las dificultades operativas, sino también a los propios compañeros problemáticos del equipo.

¿De qué manera la confianza permite edificar al equipo?

El tercer principio del decálogo se asienta sobre el valor de la confianza recíproca como base ineludible para el crecimiento del talento. El directivo jamás debe avergonzarse de las personas que integran su estructura de trabajo ni dudar de las potencialidades latentes que poseen.

En cuarto lugar, se ubica la tarea de edificar, que San Ignacio de Loyola definía a través de tres acciones de conducción muy precisas. La edificación exige animar activamente a los tímidos, urgir con prudencia a los indecisos y saber frenar a tiempo a los obstinados de la organización.

Mediante este delicado balance, el líder ayuda a que cada colaborador encuentre su puesto óptimo, logrando que brote lo mejor de su personalidad.

¿Por qué debemos conducir procesos respetando los límites?

El quinto concepto clave del decálogo nos recuerda una gran verdad existencial: en las empresas no administramos vidas, sino que conducimos procesos dinámicos. Dado que estos procesos trascienden nuestra propia individualidad, el directivo no debe exigir de sus colaboradores ni más ni menos de lo estrictamente necesario.

Esta exigencia debe ser planteada únicamente en el momento preciso en que pueda transformarse en un factor de crecimiento positivo para la persona. El líder debe respetar las fuerzas del equipo, evitando maltratar los límites por exceso (sobreexigencia) o por defecto (no demandar el potencial real).

El sexto principio establece que cualquier instancia de corrección u observación técnica debe realizarse siempre bajo un horizonte de cariño y respeto mutuo.

¿Cómo custodiar la unidad frente a la fragilidad de los vínculos?

El séptimo principio del tratado nos urge a actuar de manera activa como lazos de unión, protegiendo la cohesión de la comunidad laboral. La unidad es el activo más valioso de cualquier organización con propósito, pero al mismo tiempo constituye la dimensión más frágil de la convivencia.

Basta un comentario desafortunado, una palabra poco feliz o un gesto displicente para herir la susceptibilidad del otro y lesionar gravemente el vínculo. Desplegar el arte del cuidado mutuo como parte del esfuerzo diario es la única garantía para sostener la armonía en entornos de alta presión.

Para guiar esta tarea, el Cardenal Rossi propone incorporar como octavo pilar la célebre máxima de gobierno de San Juan XXIII. El lema papal aconseja una enorme sabiduría de conducción: verlo todo, disimular mucho y corregir poco en el día a día organizacional.

Frecuentemente, en las empresas se cae en el error inverso de no ver nada, disimular muy poco y pretender corregirlo absolutamente todo.

¿Cuál es el llamado para que una organización sea verdaderamente humana?

El mensaje final del Arzobispo de Córdoba interpela de manera directa la identidad y la coherencia de quienes dirigen organizaciones en la actualidad. La impronta de una gestión humanista y cristiana debe manifestarse de forma palpable en el trato cotidiano, el respeto por la dignidad y el cuidado de la unidad.

La comunión de experiencias compartidas es, en última instancia, lo que permite brindar una ayuda eficaz y sostener a los equipos en momentos de crisis. Aquellos que han superado pruebas complejas en su propia trayectoria son los más aptos para guiar y consolar a quienes hoy transitan por dificultades.

Poner en el centro de la estrategia empresarial a la persona y custodiar con delicadeza a quienes Dios ha puesto a nuestro lado es el camino de la verdadera fecundidad.

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