Hace unos días presenciando sin teclear algunas intervenciones en algún grupo de chat de WhatsApp imaginaba crear una nueva entrada en algún diccionario o, al menos, en Wikipedia para definirlo. Se me ocurrió esta:
“Grupo de chat de WhatsApp” = espacio digital donde sus integrantes le dicen a los otros lo que deben decir (y lo que no) y lo que deben hacer (y qué no).
Si, sí, no todos los chats son iguales. Pero si algunos viniesen con un manual de instrucciones probablemente incluirían algunas advertencias de peligro como estas dos:
¡Danger! Tenga en cuenta que, si usted dice A y B, alguien va a decir que faltó Z y si usted dice Z, alguien de modo condescendiente invalidará su mención diciendo que ya sabíamos que luego de X e Y, viene Z.
¡Danger! Tenga en cuenta que si Ud. intenta arbitrar entre las intervenciones incontinentes de algunos de los integrantes con su propia incontinencia moderativa solo replicará el mecanismo hasta el infinito: no digas, no hagas, no digas, no hagas…
Dogmáticos al chat
Me parece interesante notar que este mecanismo de corrección automática del otro se ha convertido en una nueva especie de mandato o dogmatismo (tendría que encontrar una palabra más precisa que ahora no encuentro). Las actitudes dogmáticas, en general, se han erradicado de los espacios que -en otras épocas- le eran casi naturales. Estos espacios eran aquellos en los que usualmente había algún tipo de asimetría entre sus integrantes (ámbitos educativos, religiosos, laborales, etc.). Sin embargo, hoy están por doquier en estos espacios menores y de naturaleza simétrica o de pares.
Por mi experiencia en redes sociales, hace un tiempo me parecía que este fenómeno correctivo se veía favorecido por el anonimato, pero ya no estoy segura de eso. También es posible observarlo con nombre y apellido.
Libre expresión
Con esta reflexión no pretendo generar un nuevo mandato (espero). Me pregunto por la falta de libertad que implica exigirle al otro que diga lo que yo quiero decir y no dije o no pensaba decir o no sabía que quería decir.
Lo que observo es como si se generara una especie de asimetría entre quien habla primero y el resto. Quien habla en segundo lugar, en lugar de decir lo que quiere decir, le suele señalar al otro lo que le faltó decir o lo que dijo demás. Entonces, pienso, en un cierto sentido es libre expresión y en otro más profundo no lo es.
La odisea de opinar
En relación con el estreno de la última película de Christopher Nolan observaba cómo muchos comentarios se centran en qué le faltó a la película (por ejemplo, personajes femeninos más relevantes o contradicciones más profundas en el personaje de Odiseo, etc.) o en qué le sobra (minutos de película, actores que algunos no les gustan, etc.) Al decir esto, no estoy proponiendo que esta película (o cualquier otro discurso público) no pueda ser comentada o interpretada desde diversos puntos de vista. La libertad es libre, decía mi madre; be my guest, dicen en inglés.
Lo que me asombra es que muchas opiniones están atadas a lo que falta, a lo que me parece que debería estar y no está, a lo no dicho y que -según la propia perspectiva- debería haber sido dicho por el otro y yo no dije. Me resulta curioso que se torne en una exigencia sobre el otro, aunque seguramente yo también lo habré hecho sin plena conciencia.
Y ahí vuelvo al tema de la asimetría. Quizás sea eso. Nolan tuvo sus 300 millones de dólares para hacer su película, dedicó creo que tres años a hacerla, la estrenó y ahí está. No es la primera adaptación de la Odisea ni la última, tomó la oportunidad y dijo lo que quería decir. No todos tenemos el alcance de Nolan, pero algo sucede con el que habla primero, aunque sea en el chat del consorcio: es como si tallara sus palabras en piedra y los demás protesten porque dijo A y B y no dijo C.
¿Será que generé un nuevo mandato con este texto? El mundo digital, las redes sociales y los chats ya hace un tiempo nos han puesto un micrófono y un teclado en las manos de todos: decí lo tuyo, argumentá, agregá, vos podés.

