Hay un hilo que recorre toda la Pascua. No está en el centro. No tiene nombre en los titulares. Pero sin él, el relato no se sostiene.
Es el hilo de las mujeres.
Una unción que nadie entendió
Antes de la cruz, cuando nadie terminaba de entender, María, hermana de Lázaro, unge proféticamente a Jesús.
No tenía más información que los demás. Pero tenía algo que los demás habían dejado de lado: un corazón devoto, atento, disponible.
Mientras otros discutían, la pasión la llevó a actuar. Porque la disponibilidad siempre llega antes que la comprensión.
Una casa con la puerta abierta
Hay un detalle que el relato no nombra pero que algunos han querido ver. El aposento alto donde se prepara la última cena, ese lugar listo, dispuesto, abierto, pudo haber sido la casa de María, la madre de Juan Marcos. Hechos nos la muestra después como una casa de puertas abiertas, punto de encuentro de la comunidad naciente (Hechos 1:13-14; 12:12).
No es un dato confirmado. Pero es una imagen que habla: también allí, en silencio, alguien había decidido tener la casa lista.
Una casa disponible. Sin protagonismo. Sin figurar en el relato. Y, sin embargo, seleccionada desde el principio en el cielo. En ese espacio preparado ocurrió algo que cambiaría la historia.
Las que no se fueron
Cuando la cruz ocurre, el dolor dice lo que siempre dice: “Se terminó. Ya es tarde. No hay nada más que hacer.”
Muchos se van.
Pero ellas no.
Las mujeres permanecen. No porque entendieran más.
Permanecen porque la fidelidad no necesita razones para quedarse.
En la mañana más inesperada de la historia, van antes al sepulcro. No con argumentos. Tampoco con certezas. Con ungüentos en las manos y el dolor todavía fresco.
Y son ellas, las que nunca se fueron, las primeras en verlo. No es un dato menor: son esas mujeres las primeras a quienes Jesús resucitado se aparece.
Lo que la Pascua revela
La Pascua no solo nos revela que Jesús resucitó, sino también los corazones de quienes lo vieron primero.
No los más visibles. No los más influyentes. Los que permanecieron cuando no había razón humana para quedarse.
Una mujer que ungió cuando nadie entendía. Una casa que estuvo lista cuando todo debía prepararse. Mujeres que permanecieron cuando todo parecía terminado.
El mismo patrón. La misma disposición silenciosa.
Porque hay algo que estas mujeres nos recuerdan con una claridad que todavía retumba:
El Señor perdona nuestros pecados… pero nunca olvida una fidelidad.
Que en estas Pascuas Jesús también pueda encontrarnos llevándole nuestras vasijas con corazones fieles y disponibles.
¡Felices Pascuas de Resurrección!

