Icono del sitio ACDE Portal Empresa

León y los libros

Listen to this article

Francisco fue un gran lector. No quisiera caer en una de esas falsas dicotomías que presentan al pontífice nacido en Buenos Aires como el amoroso e iletrado pastor y a Benedicto XVI como el frio intelectual en una torre de marfil. El papa nacido en Alemania también se preocupó, como quien lo sucedieron en la cátedra de san Pedro, por enseñar que la Iglesia no es solo una institución sino una forma de vida terrenal y espiritual. Y, aunque es cierto que el papado de Francisco no se concentró tanto en dejar una huella intelectual y teológica, sino pastoral, eso no quita que tuviera un gusto muy profundo por la literatura.

León XIV, a quién aún estamos conociendo, también nos ha revelado su sensibilidad por la literatura, en un sentido más cercano al del pontífice nacido en Argentina.

Sin indagar demasiado, podemos encontrar entre sus lecturas, obviamente, los textos de san Agustín de Hipona. Prevost, que ha declarado en más de una ocasión, con orgullo, ser “hijo de san Agustín”, ha referenciado las célebres Confesiones (398) y Ciudad de Dios (426). Las obras del teólogo y Doctor de la Iglesia son de las favoritas dentro y fuera del ámbito eclesiástico. Sobre todo, las Confesiones, en las que nos adentramos en un relato apasionante y descarnado sobre la vida de un hombre y sus luchas internas. En el caso de León XIV, su formación como agustino, hacen evidente la predilección.

En la conferencia de prensa que dio en el vuelo de regreso de su viaje apostólico a Turquía y Líbano (2 de diciembre de 2025), ante la pregunta de un periodista alemán, contó que para comprender quien era Robert Prevost, además de leer a san Agustín, podía leerse La práctica de la presencia de Dios (1692) del carmelita Lorenzo de la Resurrección.

En esta curiosidad por conocerlo, no faltaron entrevistas a miembros de su familia. Su hermano John Prevost, en agosto de 2025, contó a NBC que el nuevo Papa disfrutaba los thrillers legales del mundialmente famoso John Grisham, autor de bestsellers internacionales como La firma (1991) o El informe pelícano (1992). Solo por mencionar un ejemplo, san Juan XXIII también fue un ávido lector y son famosas las anécdotas que mencionan que viajaba con varias cajas de libros en las que nunca faltaban las novelas de Agatha Christie, la Reina del Misterio.

Entre lo mundano y lo espiritual, se mueven las lecturas del actual Sumo Pontífice. Como entre esas dos realidades navega la barca de Pedro. Y también la vida cotidiana de miles de millones de mujeres y hombres alrededor del globo.

Saliendo de sus lecturas personales, León XIV no ha tenido miedo, al igual que Francisco, en abrevar en los textos de la literatura universal para encontrar inspiración pastoral. En su primera encíclica, Magnifica humanitas (2026), encontramos, por ejemplo, una cita directa de una de las mayores obras de la literatura fantástica: El señor de los anillos, de J. R. R. Tolkien. Más concretamente un pasaje del capítulo IX, del libro V, de la tercera parte de la saga, El retorno del rey (1955). La cita corresponde a un momento particularmente significativo en el que, en boca de Gandalf, se habla sobre qué hacer ante un mal que parece desmesurablemente más poderoso que el de los protagonistas que enfrentan a Mordor. La frase, memorable, vale la transcripción: “No nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir, extirpando el mal en los campos que conocemos, y dejando a los que vendrán después una tierra limpia para la labranza”.

Se nota en las alocuciones y encuentros del Obispo de Roma, que no lo mueven vanas pretensiones de ser un erudito. Más bien parece alguien preocupado en cómo acercarse al otro, respetar su visión y lo bueno que tiene para ofrecer, sin comprometer lo esencial de lo propio. Más concreto, como conciliar y defender la Verdad católica sin apartarse del mundo. En ese sentido, también podemos enmarcar su visión sobre la importancia de la literatura.

En junio de este año, al conmemorar el centenario de la Librería Editora Vaticana (la editorial oficial de la Santa Sede), pronunció un discurso ante un grupo de escritores de diversos países. En la alocución hace menciones a autores que no pertenecen al mundo teológico ni católico: el pagano Terencio, nacido en el Imperio Romano, y el anglicano C. S. Lewis, autor de la famosa saga Las crónicas de Narnia (1950-1956) y Cartas del diablo a su sobrino (1942).

En su discurso el papa hizo algunas reflexiones muy interesantes sobre la importancia de los libros y de la escritura. “Escribir —tal como ustedes lo hacen— es un acto de verdad, de revelación. Escribir nos dice quiénes somos, en qué creemos y en qué esperamos, hacia qué mundo nos dirigimos, qué futuro soñamos. En esta búsqueda de la verdad, sentimos cómo la verdad es discreta, cómo se nos ofrece en el diálogo interior con Dios y en el diálogo abierto y respetuoso con el prójimo.

León hizo propia una frase de san Pablo VI, la cual citó en su discurso, cuanto este Pontífice dijo en una misa con artistas (1964) “Tenemos necesidad de ustedes”. Y ahondó en su reconocimiento a los escritores al decir que había necesidad “De su imaginación, de su fantasía narrativa, de su vivacidad de pensamiento. Los necesitamos para crear espacios de libertad y autenticidad, en los que la gracia divina pueda hacer resonar una promesa de consuelo y paz. Les agradezco cada vez que han sembrado semillas de reconciliación, de encuentro y de amistad”.

En el mismo discurso, León recordó la recomendación sobre el valor formativo de la literatura que había hecho Francisco en su Carta sobre el papel de la literatura en la formación (2024).

León XIV parece entender, como su antecesor en la cátedra de san Pedro y como san Francisco de Asís, santo y poeta, que la literatura es también un don querido por Dios. Y en ella encuentra algo, más allá de las historias que cuenta, que es consecuente con la pastoral que ejerce y que predica para la Iglesia: la de salir al encuentro del otro y valorar aquello de bueno que tiene para ofrecer.  Sobre todo, en la eficacia de la literatura para ponernos en las realidades humanas de otros. Lev Tolstoi, Stefan Zweig o Virginia Woolf, por nombrar algunos, son autores que sin una finalidad pedagógica y sin patetismos nos hablan de las penas más esenciales, de injusticias que nos rodean en las sociedades humanas y, también, de momentos de esperanza. Lo universal de los clásicos, hay que recordarlo, está dado por lo universal de las experiencias humanas concretas, cotidianas y situadas que recrean en sus historias.

Para León XIV la literatura no puede ser un ejercicio privativo de ciertas clases ni un motivo de cerrazones mentales. La entiende como un derecho de los pueblos en su totalidad, como lo son también el amor o la belleza. Es, verdaderamente, algo querido por Dios, nos dice el Papa, y aquello que Dios quiere nunca puede ser para perjuicio de la humanidad.

Salir de la versión móvil