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Liderar es servir

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Apuntes de Gestión a partir del pensamiento de Enrique Shaw: la virtud del servicio como camino de liderazgo.

 

En otra de las notas personales de Enrique Shaw, recogidas por su yerno, Adolfo Critto, puede leerse lo siguiente: “Debemos estar realmente en actitud de servicio”. Y en otra, “servir = ponerse a disposición de”.

Estas frases constituyen la médula espinal del rol del dirigente cristiano. Dirigir implica hacerse cargo del destino común, liderar es, ante todo, servir. No en un sentido decorativo o meramente declamativo, sino de una manera funcional, real, exigente. Por eso la virtud del servicio no puede ser considerada una virtud más sino el corazón mismo del liderazgo auténtico.

En toda organización, el fin común es el que otorga sentido y jerarquía a cada esfuerzo. Cuando ese fin es justo, compartido y valioso, convierte a cada integrante del equipo en una suerte de ministro, alguien que vela por su cumplimiento. Alguien que asiste a los otros, que contribuye a que todos puedan hacer su parte. El fin ordena, valoriza y exige. El fin en común hace que todos se vuelvan facilitadores del otro.

Y como en toda comunidad ordenada al fin, hay siempre un primus inter pares: el líder. El primero entre los iguales no es el que manda más fuerte sino el primero que se pone al servicio de los demás para remover los obstáculos que impiden alcanzar el objetivo común. El líder es el que se arremanga primero. El que cuida que todos puedan cumplir con su parte.

La palabra “servicio” tiene raíces antiguas. Proviene de la época romana, cuando el servus era aquel que estaba al cuidado de las tareas de otro. Esta palabra arrastra siglos de connotaciones sociales aunque también porta una sabiduría olvidada. Hay tres notas que definen al servicio y que nos permiten entenderlo como virtud organizacional:

La primera es el cuidado. La palabra “cuidar” es sumamente bella pues deriva del latín cogitare que significa pensar. Cuidar, en su raíz más profunda, significa tener presente en el pensamiento a alguien. Es imposible cuidar lo que no se piensa. Por eso el servicio comienza con una presencia interior del otro y de sus necesidades.

La segunda es la atención. El servicio no es pasivo sino que tiene una dimensión activa, tensa, alerta. Un salmo lo representa con una imagen perfecta: “Como los ojos de los esclavos miran las manos de sus señores, y como los ojos de la esclava están atentos a la mano de su señora así están nuestros ojos fijos en el Señor”. Esa mirada atenta, que capta el más leve gesto, es la actitud del servidor: está disponible, presente, despierto a lo que el otro necesita para cumplir con su objetivo. Enrique en otra nota escribe “estar atento a las necesidades de la gente con la que voy a estar en contacto hoy”.

La tercera es la capacidad de adaptarse. El servicio no consiste en dar lo que yo tengo, sino lo que el otro necesita. Y esto implica modelar, flexibilizar, repensar. No basta con tener buena voluntad, hace falta discernimiento. No se sirve a otro desde uno sino desde el otro. Enrique decía “No basta con las buenas intenciones se debe responder a las necesidades de los demás, ser como los demás necesitan que seamos: amables”.

Estas tres notas del servicio no se refieren a cualquier necesidad. En el marco de una empresa o equipo, el servicio apunta a remover obstáculos que impiden cumplir el fin común. Por eso es una virtud eminentemente práctica, que articula la sensibilidad humana con la claridad del propósito. El fin es la razón y la medida del servicio.

Esta concepción del liderazgo como servicio está lejos de ser una innovación. Su raíz está en el Evangelio. En la última cena Jesús lava los pies a sus discípulos -tarea reservada al menor de los siervos- y, al terminar, explicita el mensaje: “¿Comprenden lo que he hecho por ustedes? Si yo, el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies los unos a los otros”.

El acto de mayor dignidad se convierte así en el gesto más humilde. Y esta humildad es el ejercicio de autoridad más potente. El líder sirve no porque no tenga poder sino porque conoce el fin y sabe que el camino se recorre sirviendo.

En la vida personal, en las organizaciones y en la sociedad entera, la contracción al fin es lo que da orden y sentido. El servicio, así entendido, es la forma más exigente y noble de liderar.

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