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Lo que nos une: fe, propósito y encuentro en Roma

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Hace unos días tuve la enorme alegría de participar en Roma de una semana de formación representando a ACDE junto a miembros de UNIAPAC (Unión Internacional Cristiana de Dirigentes de Empresa) provenientes de distintos lugares del mundo.

Éramos personas de 14 nacionalidades, con idiomas, culturas, historias y realidades muy diferentes, pero reunidas alrededor de una misma convicción: que nuestra fe no está separada de nuestra responsabilidad como dirigentes de empresa y que estamos llamados a poner a la persona, su dignidad y el bien común en el centro de nuestras decisiones.

Fueron días intensos de formación, encuentro, oración y reflexión.

Volvimos sobre los principios de la Doctrina Social de la Iglesia, profundizando en la dignidad humana, el bien común, la solidaridad y la subsidiariedad, pero buscando especialmente comprender cómo llevarlos a la práctica en un mundo del trabajo atravesado por profundas transformaciones sociales y tecnológicas.

¿Cómo vivimos estos principios en nuestras empresas? ¿Cómo se traducen en nuestras decisiones? ¿Qué nos pide hoy nuestra vocación de dirigentes cristianos?

Preguntas que no siempre tienen respuestas sencillas, pero que vale la pena hacernos.

Uno de los momentos más emocionantes de la semana fue participar de la Audiencia General en el Vaticano y ver de cerca al Santo Padre, el Papa León XIV.

Es difícil poner en palabras lo que significa estar allí, compartir la oración con miles de personas y experimentar la universalidad de la Iglesia de una manera tan concreta.

Tuvimos la alegría junto a Silvia Bulla, presidente de Uniapac LATAM, de entregarle en mano el cuadro de Enrique Shaw.

Enrique Shaw nos acompañó en conversaciones y espacios de formación. Para quienes formamos parte de ACDE, sabemos que Enrique representa de una manera muy concreta algo sobre lo que reflexionamos durante toda la semana: la posibilidad de vivir la fe en el mundo de la empresa.

No como dos dimensiones separadas de nuestra vida, sino como una misma vocación.

Pensaba cuánto puede seguir diciéndonos hoy su testimonio. Un empresario, esposo, padre, dirigente y hombre de profunda fe que buscó poner la dignidad de las personas en el centro de su manera de conducir.

Su ejemplo nos recuerda que los principios de la Doctrina Social de la Iglesia no son solamente conceptos para estudiar. Están llamados a hacerse vida en nuestras decisiones cotidianas.

Las jornadas académicas en Roma fueron muy ricas tanto en el aula como fuera de ella. Me atrevo a decir que algunos de los aprendizajes que más me marcaron sucedieron fuera del aula.

Uno de esos momentos fue nuestra visita a Castel Gandolfo y, especialmente, al Borgo Laudato si’.

Recorrer sus jardines, contemplar la Creación y conocer un proyecto que busca llevar a la práctica el espíritu de Laudato Si’, integrando el cuidado de nuestra casa común, la formación, el trabajo y la dignidad de las personas, fue profundamente inspirador.

Pero hubo algo más.

Caminamos juntos. Conversamos. Cocinamos pasta y tiramisú. Nos reímos. Compartimos tiempo sin tanta estructura y nos conocimos más allá de nuestros cargos, organizaciones y países.

La experiencia me recordó algo que considero especialmente importante para quienes tenemos responsabilidades de liderazgo: no todo aprendizaje sucede cuando incorporamos conocimiento. También aprendemos haciendo, contemplando, escuchando, compartiendo y encontrándonos verdaderamente con otros, personalmente creo que en esas situaciones aprendemos aun más.

En momentos en los que la inteligencia artificial ocupa una parte creciente de nuestras conversaciones sobre el futuro del trabajo, quizás debamos preguntarnos también qué espacios estamos creando para cultivar aquello que nos hace profundamente humanos.

Hubo una experiencia particularmente profunda durante las celebraciones de la Eucaristía que compartimos.

En una de ellas llegó el momento del Padre Nuestro y cada uno comenzó a rezarlo en su lengua materna.

Distintas palabras, sonidos y acentos llenaron el lugar. No comprendía lo que decían muchas de las personas que estaban a mi lado. Sin embargo, sabía exactamente qué estaban diciendo. Fue muy emocionante.

Estábamos rezando la misma oración, cada uno desde su lengua, su cultura, sus raíces y su historia. Y todos unidos por una misma fe.

Otro momento que me conmovió especialmente fue escuchar un canto a la Virgen María en árabe. No entendía sus palabras. Pero sí entendía la devoción.

Fue uno de esos momentos en los que uno experimenta que nuestra Iglesia es verdaderamente universal.

En un mundo en el que tantas veces ponemos el foco en aquello que nos separa, vivir una experiencia así nos recuerda la enorme fuerza de aquello que nos une.

Me traje también una pregunta que considero especialmente relevante para nuestra comunidad de ACDE: ¿Damos espacio en nuestros lugares de trabajo para compartir la fe?  No se trata de imponer nuestras creencias ni de asumir que todos creen lo mismo. Se trata de reconocer que, para muchas personas, la dimensión espiritual es una parte esencial de quienes son.

La fe puede ser fuente de propósito, esperanza, discernimiento y sentido. También puede ayudarnos a mirar nuestro trabajo desde otro lugar y a preguntarnos para qué hacemos lo que hacemos, a quiénes impactan nuestras decisiones y cuál es nuestra responsabilidad hacia los demás.

Dar espacio a la fe, respetando profundamente las creencias y convicciones de cada persona, puede ser también una manera de reconocer a la persona en su integralidad.

Para quienes somos dirigentes cristianos, existe además una invitación más profunda.

Nuestra fe no termina cuando comienza nuestra jornada laboral.

Se expresa en cómo tratamos a las personas. En cómo tomamos decisiones difíciles. En cómo ejercemos el poder. En cómo acompañamos a quien atraviesa un momento complejo. En qué entendemos por éxito. En cómo conciliamos resultados, dignidad humana y bien común.

En definitiva, se expresa en nuestra manera de liderar.

Regresé de Roma con muchas ideas y aprendizajes, pero especialmente con un profundo agradecimiento.

Por la oportunidad de representar a ACDE Argentina. Por el encuentro con dirigentes cristianos de tantos lugares del mundo. Por las conversaciones dentro y fuera del aula. Por haber rezado juntos. Por la emoción de estar cerca del Santo Padre. Por la presencia inspiradora de Enrique Shaw. Por caminar y contemplar la Creación. Por experimentar una Iglesia diversa y profundamente unida.

Pero una experiencia de formación como esta cobra verdadera sentido cuando aquello que recibimos se transforma en acción.

Ese es quizás el desafío que me traje.

Volver a nuestros lugares de trabajo y preguntarnos, una y otra vez:

¿Cómo hacemos vida aquello en lo que creemos?

¿Cómo ponemos la dignidad humana en el centro cuando las decisiones son difíciles?

¿Cómo contribuimos al bien común desde nuestras empresas?

¿Cómo construimos organizaciones en las que las personas puedan desarrollarse integralmente?

¿Cómo ejercemos nuestro liderazgo como una verdadera vocación de servicio?

Roma fue una oportunidad para aprender, encontrarnos, rezar y renovar nuestro propósito.

Ahora comienza la parte más importante: llevarlo a la vida cotidiana.

Porque quizás allí, en cada decisión y en cada persona con la que trabajamos, es donde nuestra fe encuentra una de sus expresiones más concretas.

Aprovecho y te invito a contactar al grupo de Cristo en la empresa si aun en tu trabajo, empresa (pequeña, mediana, grande), startup, aun no hay grupo de cristianos. Hoy desde ACDE acompañamos a quienes quieran dar esos pasos y vivir la Fe en el trabajo.

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