Siempre recuerdo que iba a Misa los domingos a San Patricio, en Belgrano. En el momento de la Comunión se cantaba una canción que decía: “Es hermoso ver bajar de la montaña los pies del mensajero de la paz”.
Yo imaginaba entonces los pies de Jesús descendiendo del Tabor, con una sonrisa capaz de llenar de paz y esperanza a quienes lo esperaban.
Quizás por eso creo que la visita de un Papa también trae ese aire fresco de alguien que habla de paz cuando la palabra parece haber quedado relegada. En tiempos de confrontación, grietas y peleas, escuchar hablar de encuentro y esperanza puede convertirse en una verdadera noticia.
Francisco fue, sin dudas, el Papa de los gestos. Sus actitudes buscaban hacerse visibles, interpelar, acercar. No parecía interesado en levantar muros doctrinarios sino en convocar, en llamar a todos, sin excluir a nadie. Y, como suele suceder, las palabras de un Papa nunca son completamente cómodas: cuando son auténticas, inquietan.
Francisco nunca pudo regresar a su país natal. Su viaje a la Argentina probablemente habría ocurrido en medio de una sociedad profundamente agrietada y atravesada por divisiones.
Ahora, más de un año después de su muerte, León XIV ha elegido la Argentina como uno de los destinos de su próximo viaje apostólico. Estará en Buenos Aires, Córdoba y Luján.
No parece venir con un mensaje político ni con una agenda partidaria. Sin embargo, su presencia inevitablemente despertará expectativas en una sociedad que necesita recuperar algo que parece haber perdido: la capacidad de escucharse.
La última visita de un Papa a la Argentina fue la de san Juan Pablo II, durante el gobierno de Raúl Alfonsín, en 1987. Su encuentro con los jóvenes y su peregrinación dejaron una huella que todavía permanece.
León XIV llegará también a Luján, a la casa de la Patrona de la Argentina. Allí, Juan Pablo II había encomendado nuestra Nación a María “en momentos especialmente difíciles”.
Hoy el contexto es diferente. Tenemos una democracia consolidada, pero seguimos necesitando paz, encuentro y unión.
León XIV trae además su primera encíclica, Magnifica humanitas, dedicada a la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. En ella recuerda algo que nuestra época parece olvidar: que el valor de una persona no depende de su utilidad, de su éxito ni de lo que pueda producir.
“La dignidad fundamental de cada persona no se adquiere, ni se merece, y ni siquiera necesita ser demostrada”, afirma el Papa.
En una época en la que muchas veces convertimos nuestros deseos en dioses y la frustración parece ser su fruto inevitable, quizá la Argentina necesite volver a escuchar un mensaje sencillo: que todavía podemos mirarnos, reconocernos y caminar juntos.
Tal vez por eso la llegada de León XIV despierte tanta expectativa.
Porque, en medio de tanta tristeza, hablar de esperanza es siempre una buena noticia.
Y quizás entonces volvamos a cantar, con aquella emoción de niños, que es hermoso ver bajar de la montaña los pies del mensajero de la paz.

