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Un año después del habemus papam

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El pontificado de Robert Francis Prevost se está imponiendo en el mundo como un liderazgo moral que habla en voz baja.

Era el 8 de mayo de 2025. El primer estadounidense en el Trono de Pedro –  y primer agustino en la historia bimilenaria de la Iglesia – apareció en la logia central de la basílica de San Pedro. Al escucharlo, se entendió que el nuevo Papa no iba a levantar la voz. Hoy, a un año de distancia, el Papa León XIV se confirma con un lenguaje distinto para afirmar ideas y conceptos también queridos por Papa Francisco.

 

La calma viene de lejos

Lo que más distingue a su pontificado es una actitud que aparece antes de cada gesto público: una serenidad profunda, discreta, fruto de años de formación interior. Sus raíces en los suburbios de Chicago ayudan a entenderlo. Creció en una familia católica sencilla, en un hogar sin lujos, donde la vida cotidiana transcurría entre el estudio, la fe y los juegos de barrio.

Primero se graduó en Matemática; más tarde estudió Teología en la Catholic Theological Union y completó luego un doctorado en Derecho Canónico en la Pontificia Università “San Tommaso d’Aquino”, en Roma. Su tesis doctoral estaba centrada en la figura del prior y en una idea muy precisa de autoridad: conducir no desde el poder, sino desde el servicio y la fraternidad; gobernar sabiendo hacerse pequeño.

Entre 2001 y 2013, como superior general de los Agustinos, conoció realidades muy distintas y desarrolló una gran capacidad de escucha. Más adelante, ya como obispo de Chiclayo, en Peru, se lo vio caminar entre las inundaciones con botas de goma y, poco después, celebrar misa con la misma naturalidad y dedicación. Quienes trabajaban con él lo recuerdan como un hombre paciente, atento, abierto al diálogo con cualquiera y poco inclinado a las palabras grandilocuentes. Sereno, austero y decidido cuando la situación lo requería. Un Papa que prefiere pasar el micrófono, compartir la palabra y evitar gobernar en soledad. El rechazo al líder solitario.

 

La respuesta que reconfiguró un año

Los últimos meses cambiaron el clima. Desde enero de 2026 —el discurso al cuerpo diplomático, la convocatoria del nuncio al Pentágono, la carta de los tres cardenales estadounidenses sobre las políticas migratorias y luego las decisiones políticas de la administración Trump— el Papa León, inclinado a mantenerse fuera de la pelea, reaccionó de una manera que el historiador de las religiones Massimo Faggioli resumió así: la historia empujó al papa León a no ignorar el desafío.

El abril pasado, en la víspera del viaje africano de León XIV, el presidente estadounidense lo atacó públicamente en su red social, acusándolo de ser “débil frente al crimen” y de estar “al servicio de la izquierda radical”. La respuesta llegó en el avión rumbo a Argel, frente a los periodistas, en pocas líneas: «No le tengo miedo ni a la administración Trump ni a hablar abiertamente del mensaje del Evangelio. Y eso es lo que creo que estoy llamado a hacer acá». Y agregó: «No veo mi rol como el de un político. Mi mensaje es el Evangelio».

 

“Quien me critique, que lo haga con la verdad”

Una sola línea, un único adjetivo irónico dedicado al nombre de la plataforma Truth, y la conversación quedó cerrada. Silencio en los días siguientes: ya estaba todo dicho. En ese puñado de palabras está el corazón del pontificado. El Papa León eligió no enfrentarse a Trump como adversario político; su postura es otra: la de una autoridad que habla en nombre del Evangelio.

El 23 de abril de 2026, el The Washington Post describió a un Papa “transformado”: León “había encontrado su rugido”. Sin embargo, ese rugido no adopta la forma de la agresividad. Su método quedó resumido en una frase: «Desarmar las palabras es el primer paso para desarmar la Tierra».

Una paz que desarma el lenguaje antes de desarmar las manos. Una mansedumbre que no equivale a debilidad, pero que en los hechos se convierte en una fuerza moral. Mansedumbre, cortesía, gentileza, sobriedad: palabras antiguas que, en el ruido digital de nuestro tiempo, suenan contracorriente. El Papa León rechazó explícitamente la comunicación fuerte y muscular. Prefiere una gramática capaz, como dijo a los periodistas, de “reparar las redes” en lugar de romperlas. Tiene la paciencia de los misioneros que aprendieron a caminar por los valles peruanos para llegar a comunidades aisladas.

En una época dominada por la política del grito y de la descalificación, la mansedumbre puede convertirse en una forma de fortaleza. Y entonces surge la pregunta: ¿es posible una sociedad serena bajo un poder violento? ¿O una sociedad atravesada por la violencia sostenida por un gobierno equilibrado?

Toda forma de gobierno refleja, en el fondo, la calidad humana y moral de la sociedad que la sostiene. Por eso, si aspiramos a una política democrática, necesitamos también una cultura democrática. Y si queremos una política más mansa, menos agresiva y más humana, también debemos construir una sociedad capaz de practicar esa mansedumbre.

 

Mansedumbre

Es la más impolítica de las virtudes, o, mejor dicho, la otra cara de la política. El hombre manso es portador de una virtud “débil”, pero activa y social: “el hombre que el otro necesita para vencer el mal dentro de sí mismo”.

Son las reflexiones que Norberto Bobbio expresó hace unos treinta años en un famoso ensayo: “Elogio della mitezza”.

Antídoto contra la prepotencia, la soberbia y la arrogancia entendida como una consideración exagerada de los propios méritos. Para Bobbio, el hombre manso está lejos de ser sumiso: es no violento, pero no ingenuo ni modesto; la mansedumbre supone compasión y, por eso mismo, es la “anticipación de un mundo mejor”, porque es el tipo humano que vuelve más habitable este “jardín” que es el mundo. Bobbio, a quien le habían pedido elegir una virtud adecuada para su tiempo, adoptó la mansedumbre como reacción frente a la sociedad violenta de aquellos años y como rechazo a ejercer violencia contra cualquier persona.

En definitiva, no sorprende que La fuerza de la mansedumbre sea el título de un documental de la Conferencia Episcopal Italiana sobre el primer año del pontificado de León XIV.

 

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