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Una breve reflexión acerca de la democracia

Conflicts at work. Team with feeling. Managing Conflict in Meetings. tension and conflict. Business people standing and emotional.

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En una obra escrita hace más de cuarenta años, su autor se preguntaba: ¿por qué durante 2.200 años –desde la desintegración de la democracia ateniense (338 AC) y hasta el siglo pasado- a nadie se le había ocurrido acudir a la democracia como forma de gobierno, y menos como estilo de vida? ¿Por qué, esta brusca y misteriosa eclosión de la adoración de las masas y la divinización de la irracionalidad, cuando se tiene como modelo a Atenas, que había sufrido la dramática degradación y la trágica desintegración de sus valores espirituales, justamente a causa de la implantación de la democracia? (1)

En la antigua Grecia heroica –decía este autor- el hombre ateniense buscaba su perfeccionamiento espiritual como fin en sí mismo a través de la paideia, es decir, a través de la educación y la cultura. Un hombre para el cual el mundo era entendido en un orden (kosmos) en el que regía la ley (themis) proveniente de Zeus (principio divino). La sociedad ateniense de aquel entonces estaba formada por el rey, los nobles y el pueblo, el rey (juez supremo) tenía sus consejeros más cercanos que eran los ancianos de la nobleza y convocaba al pueblo para escuchar su opinión cuando se trataba de decisiones importantes. Pero a partir del siglo VI a.C. aparece la democracia enalteciendo la muchedumbre y los anónimos (masa), de la mano de una aristocracia desenfrenada por el excesivo bienestar material que empieza a formar parte del partido demócrata. Con Pericles (siglo V a.C.), concluye el autor mencionado, Atenas entra en un cono de sombra. (2)

La referencia a esta obra y a la reflexión del autor, nos motiva a preguntar por qué esa democracia, responsable de la decadencia de Atenas, que volvió a instalarse después de 2.200 años y que es hoy una forma de gobierno generalizada y paradigma del mundo globalizado, no ha tenido los resultados políticos, económicos y sociales esperados, porqué el desencanto y la desconfianza de muchos que no ven satisfechas sus demandas y necesidades.

En nuestro caso, hubo un presidente que en su discurso de asunción afirmó que con la democracia no sólo se vota, sino que también se come, se educa y se cura (3), sin embargo, después de más de cuarenta años (desde 1983), Argentina registra los peores dígitos en términos de salud, de educación, de empleo y de pobreza, en tanto la desconfianza a las instituciones y la grieta social se han transformado en un paisaje natural.

El informe de IDEA Internacional indica que el 54% de los países retrocedieron en al menos un indicador clave de desempeño democrático en 2024, incluyendo elecciones creíbles, libertad de prensa y derechos fundamentales. La democracia –dice el Informe- enfrenta amenazas como el resurgimiento autocrático, la polarización política, la desinformación y la desigualdad económica, que erosionan la confianza ciudadana. La libertad de prensa sufrió su mayor caída en 50 años y la credibilidad electoral alcanzó su nivel más bajo en tres décadas.4 Hay también otra amenaza menos visible, pero igual de corrosiva: el desencanto. Según Latinobarómetro, en América Latina el apoyo a la democracia cayó del 63 % en 2010 al 48 % en 2023, y el porcentaje de quienes no tienen preferencia por ningún régimen aumentó del 16 % al 28 %. En Argentina, un estudio de Poliarquía reveló que el 72 % de la población se muestra insatisfecha con la democracia y que el 50 % estaría dispuesto a aceptar un gobierno no democrático si este resolviera los problemas más urgentes. (5)

¿Por qué este desencanto y esta desconfianza hacia esta forma de gobierno, no sólo aquí en Argentina sino también en América Latina, tal como lo demuestran los informes y las encuestas mencionadas? He aquí algunas respuestas posibles:

1-La democracia actual pregona un falso concepto de igualdad que no reconoce la desigual naturaleza individual de los hombres, que supone diferentes capacidades y talentos personales que originan, a la vez, desigualdades sociales y económicas. Por eso el desencanto y la frustración democrática, como lo expresaba un autor: “Solo hay paz duradera entre los desiguales, pues la pretensión de igualdad acarrea perennes forcejeos bélicos. De aquí que la democracia suscite conflictos interminables en política, en economía y en el espíritu todo y que la zozobra y la tensión se reflejen en todas las caras y amarguen todos los hogares. Cuando la sociedad reconozca la desigualdad natural de los hombres en inteligencia y en voluntad y elimine la mentira de las instituciones igualitarias, podrán los hombres conocer de nuevo la paz” (6)

2-La democracia actual se ha desvirtuado ocasionando populismos demagógicos, de derecha y de izquierda, que movilizan muchedumbres a través de una retórica simplista (soluciones mágicas) y del manejo emocional de las masas (sentimientos de indignación, de esperanza, de unidad), facilitando ello el abuso del poder por parte del partido gobernante (partidocracia) y socavando así la propia finalidad que legitima toda autoridad política, esto es, el Bien Común nacional. Como afirma Aristóteles: “En la democracia las revoluciones nacen principalmente del carácter turbulento de las demagogias” (7)

3-Otras de las causas del desencanto y de esa frustración es, sin duda, la generalización de la ignorancia y la divinización de la irracionalidad. Decía el autor antes mencionado, hace más de ochenta años: “La última causa que ha contribuido al fracaso de nuestra democracia es la generalización de la ignorancia. La imbecilidad de los hombres –dice Emerson- siempre está invitando al poder a desbordarse (…) Creemos que hay poderío en el número y nos encontramos que sólo hay mediocridad, pues cuanto mayor sea el número de votantes más ordinarios deber ser los hombres o las cualidades que se pongan a votación (…) Voltaire prefería la monarquía a la democracia, por creer que así sólo era necesario educar a un hombre, mientras que en la democracia hay que educar a varios millones (…) La mediocridad ha vencido. La inteligencia ha huido en todas partes de las tribunas de la democracia, como de remolinos peligrosísimos. Los ignorantes han ensillado a la humanidad y cabalgan sobre ella” (8)

Como enseñan los clásicos, sólo hay tres formas de gobierno: la de uno (monarquía), la de pocos (aristocracia) y la de muchos (democracia), cada una de ellas con riesgos de degenerar en tiranía, oligarquía o demagogia respectivamente, pero cada una de ellas también con sus bondades, en efecto, la monarquía favorece la unidad de mando, la aristocracia el ejercicio del poder por los más virtuosos y capaces, y en la democracia prevalecen el bienestar general y la participación ciudadana.

Volvemos al autor mencionado: “(…) sólo la aristocracia puede evitar la oligarquía de los nuevos ricos que someterían la vida cultural y moral de una nación a los ideales y criterios de la bolsa financiera, del comercio y de la industria (…) Y aunque las aristocracias limiten la libertad política, ¿quién diría que eso es peor que la asfixia con que las democracias ahogan la individualidad y el pensamiento mediante la presión fanática que ejercen las obtusas mayorías? (…) Aristocracia significa gobierno de los mejores, y en ello no tiene por qué influir el nacimiento. Necesitamos aristocracia, pues nos estamos emponzoñando y corrompiendo por falta de ella; pero esto no quiere decir que estemos ansiosos de que nos rijan condes, vizcondes y duques, sino que deseamos ser gobernados por los más capaces de nuestros hombres”. (9)

Algunos autores, siguiendo a Santo Tomás de Aquino, prefieren optar por un sistema mixto de gobierno en el cual confluyan las bondades de cada una de las formas posibles: “Tal sería un Estado en el que se estableciese una buena combinación de monarquía, en cuanto que uno preside; de aristocracia, en cuanto que a muchos se los constituye magistrados por su virtud; y de democracia o poder popular, en cuanto que los magistrados pueden ser elegidos de entre el pueblo y los elige el pueblo” (10). Estos tres elementos: poder personal, grupo dirigente y participación popular, son indispensables para la existencia del poder político, aunque en la práctica ninguna de estas formas se ha dado en estado puro, según las circunstancias de lugar y tiempo ha prevalecido alguna, o algunas de ellas, sobre las otras.

Vale destacar que, conforme lo dicho y repasando la historia, durante el segundo gobierno de Juan Manuel de Rosas (Gobernador de Buenos Aires, 1835-1852), con la suma del poder político y como régimen de emergencia por las circunstancias excepcionales por la que atravesaba el país, se instauró una fórmula de ejercicio del poder nunca tan bien lograda como entonces: jefe, minoría ilustrada, masa. Así lo expresa Julio Irazusta: “Por lo que la más trascendental enseñanza de la experiencia rosista es que no se puede ni pensar una empresa semejante a la suya, sin buscar la solidaridad nacional, la armonía entre el jefe, la élite y las masas” (11). Sin duda, una fórmula de poder político que intentaba rescatar las bondades de las tres formas posibles de gobierno.

Y concluye este historiador y ensayista argentino: “los regímenes que postulan como ley la voluntad del príncipe son menos arbitrarios que aquellos gobiernos constitucionales en que la voluntad del príncipe se sustituye a la ley, violando los postulados esenciales de una ordenación regular” (12).

Para pensar y reflexionar. Haciendo un paralelismo con aquella Atenas decadente, quizás podamos entender de mejor forma las causas de la desintegración moral y espiritual, el quiebre social y el consecuente desencanto que trajeron como resultado, aquí en Argentina, los gobiernos democráticos desde 1983 a la fecha.

 

1 Stan M. Popescu: Autopsia de la democracia, Editorial Euthymia, Buenos Aires 1994, pág.9

2 Stan M. Popescu: obra citada, págs.15-17, 40-42

3 Raúl Alfonsín: 10-XII-1983

4 International IDEA, www.idea.int

5 Infobae: 14-VIII-2025

6 Will Durant: Filosofía, cultura y vida, Editorial Sudamericana, Buenos Aires 1945, pág.525

7 Aristóteles: Política, Libro V – Capítulo IV

8 Will Durant: obra citada, págs.. 493-494 y 502

9 Will Durant: obra citada, págs.. 513-517, 529-530

10 Santo Tomás: Suma Teológica I-II, q.105, art.1

11 Julio Irazusta: Ensayos históricos, Editorial La voz del Plata, Buenos Aires 1952, pág. 27

12 Julio Irazusta: obra citada, pág.74

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