León XIV en la Argentina: quizás la verdadera grandeza de esta visita no esté solamente en cómo recibimos al Papa, sino en lo que decidamos construir juntos cuando él se haya marchado.
La anunciada visita del papa León XIV a la Argentina me condujo, casi inevitablemente, a recordar aquella histórica presencia de Juan Pablo II en 1987. Han transcurrido casi cuarenta años y no recuerdo con precisión sus discursos, pero sí el espíritu que despertó su presencia. Aquel Totus Tuus de su pontificado resonaba por todas partes y parecía expresar una emoción colectiva que trascendía las celebraciones religiosas, atravesando la vida cotidiana de nuestra sociedad.
Aquel espíritu y entusiasmo seguramente volverán a manifestarse con la llegada de León XIV. Sin embargo, casi cuatro décadas después, las expectativas adquieren otra dimensión. Más allá de la alegría que suscita su presencia, la visita constituye una oportunidad para reflexionar sobre los desafíos que su mensaje pueda plantearnos como sociedad y encontrar en sus palabras una convocatoria al compromiso y a la acción conjunta.
En este sentido, me considero un “converso”. No porque haya cambiado de religión, modificado mis convicciones o renunciado a mi identidad como religioso, sino porque he descubierto que la fe puede adquirir una dimensión más profunda cuando nos encontramos con quienes creen de manera diferente. Soy, en definitiva, un “converso al diálogo y la libertad religiosa”.
Esta experiencia, cultivada en el Consejo Argentino para la Libertad Religiosa (CALIR), donde confluyen miembros de diversas tradiciones religiosas, me enseñó que dialogar no significa relativizar las propias creencias ni buscar una improbable uniformidad doctrinal. Significa reconocer en el otro una dignidad que precede a nuestras diferencias y descubrir que, aun sin compartir el mismo credo, podemos asumir responsabilidades y desarrollar proyectos comunes.
El cardenal George Jacob Koovakad, prefecto del Dicasterio para el Diálogo Interreligioso, durante su visita a la Argentina en septiembre de este año, invitó a transformar el encuentro entre las religiones en proyectos de colaboración. Sus reflexiones me remiten a lo experimentado personalmente: el diálogo exige una honda conversión, abandonar la pretensión de que solamente tenemos algo que enseñar y admitir que también tenemos mucho que aprender.
Paradójicamente, cuanto más me he acercado a otras tradiciones religiosas, más se ha consolidado mi propia identidad. Mi fe no perdió profundidad; ganó horizonte. Comprendí que las convicciones firmes y los brazos abiertos no son incompatibles, y que la fraternidad no exige renunciar a la verdad que cada uno profesa, sino convivir respetuosamente con quienes la comprenden de otro modo.
A tal efecto, existe una condición indispensable para ese encuentro: la libertad religiosa. Como presidente del CALIR, considero necesario señalar que no constituye un privilegio de las religiones, sino un derecho humano inherente a toda persona, crea, no crea, cambie de religión o decida no profesar ninguna. El diálogo presupone interlocutores libres, capaces de expresar sus convicciones sin coacción ni temor. Sin libertad de conciencia no existe diálogo genuino; apenas una convivencia condicionada por la tolerancia del más poderoso.
Existen antecedentes que justifican mis expectativas sobre León XIV. En octubre de 2025, el pontífice reunió en el Vaticano a representantes de distintas religiones para conmemorar los sesenta años de Nostra aetate, la histórica declaración del Concilio Vaticano II que transformó las relaciones de la Iglesia católica con las religiones no cristianas. Aquel instrumento significó reconocer que el encuentro puede sustituir al prejuicio y que siglos de distanciamiento no tienen por qué determinar el futuro.
En esa celebración, León XIV recordó que el diálogo no exige renunciar a las propias convicciones, sino afirmarse en ellas para acercarse al prójimo con amor. Identidad religiosa y apertura al otro no son realidades antagónicas, sino dimensiones que pueden enriquecerse mutuamente.
El 9 de enero de 2026, ante el Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, León XIV denunció las crecientes violaciones a la libertad religiosa y afirmó: «Al solicitar que se respeten plenamente la libertad religiosa y el culto de los cristianos, la Santa Sede pide lo mismo para todas las demás comunidades religiosas».
Como miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, encuentro en esas palabras una resonancia particular. El profeta que guio el establecimiento de nuestra comunidad religiosa, en tiempos de una desgarradora persecución, sostuvo que, defendería la libertad religiosa de todas las confesiones, incluso de aquellas cuyas creencias no compartía. La libertad religiosa pierde su fundamento moral cuando solamente la reclamamos para nosotros mismos.
A este horizonte se suma la preocupación de León XIV por la dignidad humana frente a la inteligencia artificial y el desarrollo tecnológico. Su reflexión plantea una pregunta que trasciende las fronteras confesionales: ¿qué clase de humanidad estamos construyendo? Ningún progreso merece ese nombre si termina relegando a la persona que debería servir.
Estos mensajes convergen en una responsabilidad compartida. La paz, la libertad religiosa, la dignidad humana y la fraternidad no pertenecen exclusivamente a una tradición espiritual. Convocan también a quienes no profesan religión alguna, y exigen traducirse en decisiones y acciones concretas.
Por eso, el verdadero éxito de la visita de León XIV no debería medirse solamente por las multitudes que congregue, los discursos que pronuncie o las imágenes que permanezcan en nuestra memoria. Su legado más valioso será aquello que estemos dispuestos a hacer después: transformar la escucha en cooperación, el respeto en convivencia, la empatía en servicio y las coincidencias en acciones concretas.
Las visitas concluyen, las multitudes regresan a sus hogares y las emociones se aquietan. Pero cuando un encuentro transforma nuestras responsabilidades hacia los demás, su influencia permanece.
Quizás la verdadera grandeza de esta visita no esté solamente en cómo recibimos al Papa, sino en lo que decidamos construir juntos cuando él se haya marchado.

