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Venerable: la brújula, el hogar y el cristal

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Recorriendo el camino hacia la beatificación de Enrique Shaw, nos aproximamos al quinto aniversario de aquel 24 de abril de 2021, fecha en la que el Papa Francisco autorizó la promulgación del decreto de la Congregación para las Causas de los Santos que reconoce sus virtudes heroicas. En ese día se lo declaró Venerable, coincidiendo dicho año con el centenario de su nacimiento.

Al trazar una línea cronológica con el artículo anterior, “El nacimiento como epifanía del plan de Dios, e hilvanar los relatos de su hija Sara sobre la infancia de Enrique, aparecen en escena los veranos en la Estancia Luis Chico, al cuidado de su tía, allí donde la pampa argentina se funde con la inmensidad del Río de la Plata.

Cuenta Sara que, debido a la proximidad con la Base Aeronaval de Punta Indio, Enrique observaba fascinado los hidroaviones que sobrevolaban ese recorte de cielo y agua. Aquella visión despertó su interés por ingresar, a los catorce años, en la Escuela Naval. Esas aeronaves no solo representaban técnica o milicia; simbolizaban una dirección y un propósito superior. Bajo el sol estival, Enrique aceptó que su vida no le pertenecía a él, sino a un plan elevado.

Desde su adolescencia en la Armada Argentina —donde se convirtió en el oficial graduado más joven de la historia—, demostró una disciplina férrea, un profundo sentido del deber y un testimonio de fe inquebrantable. El tejido de sus virtudes heroicas se inicia en esta etapa de personalización, mediante la construcción de una identidad propia, consciente y única. Este período de formación podría titularse como la Brújula.

Para continuar con la crónica de su vida, debemos situarnos en la realidad de un compromiso aún mayor. Si la Brújula nació en la contemplación de la infancia, el Hogar se fundó en el discernimiento de un joven que comprendió que su verdadera misión no estaba en el mar. Conectó su proyecto de amor con Cecilia Bunge y renunció valientemente a la carrera militar para redirigir su rumbo hacia el asfalto de la industria del vidrio.

Enrique y Cecilia concibieron la familia como la “primera empresa de Dios” y fueron padres de nueve hijos. El entramado de virtudes se siguió forjando en la fidelidad a sus afectos, en la oración diaria del Santo Rosario y en los momentos de juego compartidos en el suelo hogareño. Su modelo familiar se sintetiza en una expresión destacada: “seremos un puente de amor”.

Paralelamente, bajo el paradigma de un dinamismo trinitario, Enrique se enfocó en su preparación y posterior desempeño en el mundo corporativo, etapa que denominaremos el Cristal. Este material simboliza la pureza, la transparencia y la capacidad de ver la “imagen de Dios” en cada colaborador.

Antes de asumir como director delegado en Cristalerías Rigolleau, trabajó como obrero en los talleres para conocer la planta desde adentro. Esta experiencia le permitió configurar un liderazgo que buscaba la eficiencia, desarrollando y humanizando, al mismo tiempo, el ámbito laboral. Sus virtudes se tradujeron en hechos concretos: promoción de empleados, salarios dignos y el impulso de la Ley de Asignaciones Familiares.

Lo significativo de este proceso de canonización es que, al reconocer sus virtudes heroicas, la Iglesia nos dice que su obrar trinitario —íntegro, amoroso y servicial— es un camino de perfección espiritual. En resumen, Enrique es el ejemplo de un hombre que transitó su paso terrenal sin perder el norte de la Brújula, la ternura del Hogar ni la nitidez del Cristal. Su vida es el testimonio de que la santidad cotidiana reside en reconocer a Dios en el centro de cada decisión.

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