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Amores, odios y dudas

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Adorni, la inflación y la recesión por un lado. El superávit fiscal, el dólar bajo y la compra de reservas por el otro. En las últimas semanas, dos narrativas en pugna hacen pensar que el Gobierno fracasó o que, muy al contrario, llegó para cambiar la historia.

 

No es una novedad. El país está dividido en tres: cucas, gorilas y dispersos. Y este último grupo, un poco menos numeroso que los dos primeros, es el que en general define las elecciones: en una primera vuelta, apoyan al candidato que más les gusta, y en el ballotage —con menos entusiasmo— votan por un gorila o por un cuca, según sea el tipo de incomodidad que en ese momento los aqueje. Así llegó al poder Javier Milei, y antes Alberto Fernández, y antes la mayoría de sus predecesores desde la reforma constitucional de 1994.

Un gobierno está de luna de miel cuando logra apoyos no solo entre sus feligreses, sino también entre buena parte de los dispersos: Alberto entre abril y mayo de 2020 o Milei durante casi todo su primer año. Pero lo normal es otra cosa: que los fieles apoyen, que los contrarios se opongan y que los dispersos estén divididos y escépticos. Es lo que muestran las encuestas ahora: Milei conserva su casi 40% de núcleo duro y el otro 60% se lo reparten críticos acérrimos y dispersos más o menos desencantados. Nada nuevo bajo el sol.

El debate en cafés, medios y redes refleja ese paisaje —no hay que sorprenderse—, aunque no siempre se tienen presentes las razones de estas divisiones:

Ni estamos en una crisis terminal ni vivimos en Disney. Sucede que en la conversación pública compiten la narrativa de la oposición y la del Gobierno, y hay días en los que prevalece la idea de que Milei es un fracaso, y hay días en los que parece que el León está haciendo historia. Y apoyamos o nos oponemos según seamos cucas, gorilas o dispersos (y según nos esté yendo en la vida).

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