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Amores, odios y dudas

Escrito por Juan Luis Iramain
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Adorni, la inflación y la recesión por un lado. El superávit fiscal, el dólar bajo y la compra de reservas por el otro. En las últimas semanas, dos narrativas en pugna hacen pensar que el Gobierno fracasó o que, muy al contrario, llegó para cambiar la historia.

 

No es una novedad. El país está dividido en tres: cucas, gorilas y dispersos. Y este último grupo, un poco menos numeroso que los dos primeros, es el que en general define las elecciones: en una primera vuelta, apoyan al candidato que más les gusta, y en el ballotage —con menos entusiasmo— votan por un gorila o por un cuca, según sea el tipo de incomodidad que en ese momento los aqueje. Así llegó al poder Javier Milei, y antes Alberto Fernández, y antes la mayoría de sus predecesores desde la reforma constitucional de 1994.

Un gobierno está de luna de miel cuando logra apoyos no solo entre sus feligreses, sino también entre buena parte de los dispersos: Alberto entre abril y mayo de 2020 o Milei durante casi todo su primer año. Pero lo normal es otra cosa: que los fieles apoyen, que los contrarios se opongan y que los dispersos estén divididos y escépticos. Es lo que muestran las encuestas ahora: Milei conserva su casi 40% de núcleo duro y el otro 60% se lo reparten críticos acérrimos y dispersos más o menos desencantados. Nada nuevo bajo el sol.

El debate en cafés, medios y redes refleja ese paisaje —no hay que sorprenderse—, aunque no siempre se tienen presentes las razones de estas divisiones:

  • Preferencia ideológica. Jonathan Haidt identificó la clave hace tiempo: según el entorno en el que nacemos, las influencias que recibimos y las características de personalidad con las que venimos al mundo, los seres humanos tenemos diversos grados de adhesión a ciertos valores innatos. Nuestras preferencias progresistas o conservadoras provienen de ahí, y solo bajo condiciones muy especiales podemos cambiarlas. Somos cucas, gorilas o dispersos casi como una fatalidad.
  • Coherencia cognitiva. El cerebro humano está hecho para sobrevivir. Y sobrevivimos mejor cuando tenemos el estrés bajo control. Y nada reduce tanto el estrés como creer que tenemos razón. Cuando un dato contradice nuestros prejuicios, nos inquietamos porque nos obliga a revisarlos, y eso nos da inseguridad. Por eso preferimos los datos que confirman nuestras creencias, y no nos pasamos de bando tan fácilmente: gorilas, cucas y dispersos morimos con las botas puestas. Muchas veces equivocados, pero casi siempre firmes.
  • La vuelta a lo básico. Otra vez la supervivencia: no importan tanto las generalidades, sino el metro cuadrado. Muchos cucas y gorilas morirán con las botas puestas, sin concederle nada al adversario, aunque la evidencia sea abrumadora. El disperso —el que te hace ganar o perder una elección—, en cambio, vota de una manera si tiene trabajo, le alcanza el sueldo y siente que puede salir a la calle sin que lo asalten, y de otra si no puede hacer nada de eso. Y, casi siempre sin entusiasmo, termina apoyando al cuca o al gorila que mejor le vende un futuro alentador.

Ni estamos en una crisis terminal ni vivimos en Disney. Sucede que en la conversación pública compiten la narrativa de la oposición y la del Gobierno, y hay días en los que prevalece la idea de que Milei es un fracaso, y hay días en los que parece que el León está haciendo historia. Y apoyamos o nos oponemos según seamos cucas, gorilas o dispersos (y según nos esté yendo en la vida).

Sobre el autor

Juan Luis Iramain

Doctor en Comunicación (U.Austral). Socio Director de INFOMEDIA.

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