A veces me gusta imaginar qué pensaría Enrique Shaw si caminara hoy por los pasillos de nuestras empresas. Si tuviera que adivinar su reacción ante los desafíos del siglo XXI, estoy seguro de que no nos pediría discursos solemnes ni donaciones para tranquilizar la conciencia. Nos pediría eficiencia, audacia y, sobre todo, resultados que dignifiquen al hombre y cuiden su entorno.
El triple impacto suele malinterpretarse como una corriente moderna de romanticismo empresarial. Nada más alejado de la realidad. La verdadera sustentabilidad no es filantropía; es la evolución natural del negocio hacia un modelo más competitivo.
Con esa premisa en mente, hace poco más de un mes, desde la Comisión de Sustentabilidad de ACDE organizamos junto a la Comisión de Emprendedores el primer encuentro del año con una pregunta que, en apariencia, tiene respuesta fácil pero que en la práctica muchas veces se convierte en un obstáculo: ¿cómo se financia un emprendimiento con impacto?
Una hora de conversación en formato streaming y tres invitados que vinieron a demostrar que la respuesta existe, tiene números concretos y está mucho más cerca de lo que imaginamos.
El campo como laboratorio
Fernando García Llorente llegó al campo familiar en 2016 desde un lugar poco habitual: venía de la consultoría en empresas de triple impacto. No era agrónomo ni tenía décadas de tradición ganadera, pero traía una pregunta que lo cambió todo: ¿cómo convertimos una empresa agropecuaria tradicional en una de triple impacto?
La respuesta la encontró en la ganadería regenerativa. En la Cuenca del Salado, donde más del 50% de la superficie son pastizales naturales muchas veces degradados, Fernando y su equipo descubrieron que, con manejo, solo con manejo, sin grandes inversiones, podían revertir esa degradación. Los pastizales recuperados secuestran más carbono, tienen mejor índice de salud ecosistémica y, lo más sorprendente, son más productivos.
Hoy Santa María del Recuerdo gerencia unas 3500 hectáreas en campos alquilados. El modelo es simple y poderoso: alquilan campos degradados a valores de mercado bajos, los regeneran con manejo y aumentan la productividad. Ganan por arriba, con un costo de abajo.
Pero lo que Fernando contó y que más resonó en la sala fue algo diferente. No fue el dato de las toneladas de carbono ni el índice ecosistémico. Fue esto: en los años malos, no están golpeados. Mientras sus vecinos sufrían la sequía, Santa María mantenía rendimientos. Esa resiliencia, que para un productor es un alivio, para un banco es oro.
La sustentabilidad como negocio
Matías Pisani, del área de Finanzas Sostenibles de Banco Galicia, lo dijo con una claridad que vale la pena reproducir: “La sustentabilidad no es hacer beneficencia, es generar valor en el corto y mediano plazo”.
Es una frase que parece obvia pero que todavía hoy necesita ser dicha en voz alta en muchas organizaciones. Durante años, la agenda de sustentabilidad vivió en el costado de las empresas, como algo nice to have, como un capítulo del informe anual que leían pocos. Hoy, al menos en los bancos que están pensando en serio, esa agenda entró al corazón del negocio por dos caminos que, en el caso de Fernando, se cruzan de manera perfecta.
El primero es el riesgo crediticio. Un productor que trabaja a favor de la naturaleza es un mejor pagador. No porque sea más virtuoso, sino porque es más resiliente. La variabilidad climática impacta menos en quien tiene suelos vivos y agua bien filtrada. Eso reduce el riesgo del banco, lo que permite ofrecer algo concreto a cambio: una tasa diferencial.
El segundo camino es la arquitectura financiera. Galicia no llegó al proyecto de Fernando simplemente como banco prestamista. La estructura fue más sofisticada: Fernando accedió a financiamiento a través de Sumatoria (un fondo de impacto) y Galicia participó en la colocación de las obligaciones negociables de Sumatoria. En un contexto de tasas de mercado altísimas, acceder a un crédito preferencial fue el primer resultado económico concreto que el productor pudo mostrarle a su directorio.
Cuando las papas queman, lo que sostiene la historia es el número. No alcanza con la convicción, aunque la convicción sea el motor inicial.
El desafío de las PyMEs y la estrategia “infiltrada”
Laura Segura, desde el programa Ruta Verde de la UIA, aportó la perspectiva que muchos de los que estábamos conectados necesitábamos escuchar: la de la PyME industrial que quiere dar el paso, pero no sabe por dónde empezar. Laura visita empresas constantemente y tiene un diagnóstico claro sobre lo que más cuesta:
- Falta de integración: Se piensa la sustentabilidad como un gasto separado y no como parte de la estrategia de rentabilidad.
- Deuda de datos: Sin medición, el impacto no existe. Y sin datos, no hay historia consistente para tentar al sector financiero.
Para saldar esto, Ruta Verde ofrece herramientas gratuitas (financiadas por la OIT y la UE): guías para medir la huella de carbono, plantillas de gestión y acceso a plataformas digitales de medición.
Frente a la resistencia cultural de algunas organizaciones para adoptar estos procesos, Laura compartió una gran metáfora pedagógica. Contó que a su hija de dos años no le gustan las verduras, pero le encanta la salsa; la solución fue simple: procesar los vegetales e introducirlos de forma invisible en la salsa que tanto disfruta.
En el mundo corporativo pasa lo mismo: a veces la sustentabilidad tiene que entrar “infiltrada” en un proyecto de digitalización, de eficiencia energética o de reducción de costos operativos. Cuando la empresa ve el ahorro y el beneficio en su balance, el cambio cultural ya se produjo. Eso no es trampa; es pura pedagogía empresarial.
El contexto regulatorio que lo cambia todo
Hay un dato macroeconómico que merece un párrafo aparte: las exigencias globales, particularmente los estándares de la Unión Europea y los potenciales acuerdos comerciales.
Argentina tiene una oportunidad estructural única. Nuestro balance de carbono en ganadería, especialmente la regenerativa, tiene el potencial de ser positivo. Sin embargo, los mercados internacionales ya no solo buscan calidad o precio; exigen trazabilidad. Quieren saber exactamente de dónde viene el producto y cómo se produjo.
Lo que Fernando lleva construyendo seis años, datos, métricas de impacto y rigor, es exactamente lo que los compradores globales van a pedir mañana. El sistema financiero que logre ponerle precio a esa resiliencia será el gran catalizador para que más PyMEs y productores locales alcancen ese estándar competitivo.
Lo que me llevo
Enrique Shaw, fundador de ACDE, escribía en 1959 que “la empresa, consciente o inconscientemente, es un molde, bueno o malo, para los hombres que en ella trabajan”. Sesenta y cinco años después, los casos de este encuentro demuestran que ese molde también debe ser bueno para el suelo, para la comunidad y para el balance financiero. Shaw hablaba de tres deberes del dirigente: servicio, progreso y promoción humana. El triple impacto no es una moda nueva; es una deuda vieja que empieza a saldarse con datos duros.
Moderé esta charla con la convicción de que el tema era importante; me fui con la certeza de que es urgente. La sustentabilidad dejó de ser un sello reputacional para convertirse en el modelo de negocio más competitivo del mercado actual. Fernando lo probó en la Cuenca del Salado, Galicia lo convirtió en instrumento financiero y la UIA lo está democratizando para las PyMEs industriales de todo el país.
Solos no podemos. Pero juntos, con datos, financiamiento estratégico y la convicción de que el impacto y la rentabilidad se potencian mutuamente, la historia del nuevo empresariado se empieza a escribir sola.
