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Ante la visita del Papa, comunicar desde lo humano en común

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Viene a nuestro país el Papa León XIV y esto genera, generará, diversas repercusiones a todo nivel. Personalmente, su visita me entusiasma. Y podría decirse que, desde que trascendió el anuncio oficial, predomina un clima de buena aceptación y expectativa favorable.

Sin dejar de considerar lo anterior, quisiera detenerme en un aspecto que ronda mis pensamientos estos días y que es casi una preocupación. Estoy focalizada en quienes están contrariados con esto –más bien, con la Iglesia en sí– y en cómo tenerlos en cuenta. Registro un profundo anhelo de ser testigo y partícipe de un proceso donde las percepciones negativas y desconfianzas se vieran debilitadas, y no fortalecidas. Quizás por mi profesión y vocación en general, pienso ese proceso en clave de lograr una buena comunicación y mejores diálogos.

Decía que la visita me entusiasma. No es el foco ampliar el por qué. Pero me resulta muy complicado avanzar si no comparto antes al menos algo de la vivencia personal. A los 17 años, pedí ser bautizada en la Iglesia católica. La fui queriendo, valorando y descubriendo como un magnífico don. Ese cariño me ayudó a disfrutar profundamente de todo lo genuino y fiel al ser de la Iglesia; a su vez, me preservó de llenarme de enojos ante los defectos menos o más visibles, sin buscar primero un cambio personal y comunitario. Jamás experimenté opresión de mi libertad por ser parte de la Iglesia, o que se tratara de un abrumador conjunto de dogmas que coartaban mi desarrollo personal, empobreciéndome. No podría sentirme parte suya, felizmente, si tal fuera el caso. La Iglesia ha sido una casa para mí y no dudo que es, en esencia, casa de puertas abiertas para todos, donde desarrollar la vocación al amor que se traduce tanto en el trato como en el servicio a los demás. Todo esto no significa ignorar la fragilidad humana que, como en todas partes, se manifiesta; ni restarle peso. Significa que si me quedo en la Iglesia es porque encontré algo valioso. Y desde adentro, la construyo también.

Tras este párrafo, quedará claro por qué expreso en primera persona del plural ciertas formulaciones y preguntas acerca de la Iglesia.

¿Qué piensan de nosotros quienes portan esas percepciones negativas y desconfianzas? O ¿qué registran de la Iglesia?, ¿con qué se quedaron? ¿qué ideas tienen acerca de cómo somos y actuamos?

Hacerse estas preguntas no apunta a preparar una defensa para salir a confrontar argumentos; tampoco a desmerecer los desencantos del otro, sino más bien, a hacerles lugar. En un método de comunicación que aprendí y enseño, esto se llama “entender el marco”. Y ese es, precisamente, su punto de partida. Lo que sigue es intentar detectar lo humano en común que se pudiera encontrar (aun en medio de los más rotundos desacuerdos) y desde ahí comunicar, sostener un intercambio, elaborar mensajes, cuidar el lenguaje y la actitud.

¿Puede no tenerse en cuenta que hay muchísima gente que piensa (también con ayuda nuestra, por decirlo de alguna manera) que la Iglesia se ha quedado en el tiempo; que es inflexible e intolerante; que pone por encima de todo su moral y su doctrina e intenta imponerlas? Estos son escasos ejemplos de una larga la lista de críticas que oímos con frecuencia. Cada uno puede elaborar la suya y comprobar que, detrás del reclamo que sea, le resultará posible encontrar algo que sí es parte de la propia búsqueda y esencia de la Iglesia. ¿Algo como qué? Para el ejemplo dado: la importancia de mantenerse en movimiento, dejándose interpelar por la realidad cambiante, encontrando los nuevos desafíos; el reconocer la libertad y no pretender imponer, aunque se ofrezcan caminos que buscan cuidar con respeto a toda persona. Esto la Iglesia lo quiere vivir. Y puede –podemos– dar cuenta de ello con las actitudes y el mensaje. O también podemos convertirnos en esa ayuda que fortalece las percepciones negativas y las desconfianzas.

Entender el marco implica considerar, lo más serenamente posible, las críticas, los reclamos; aun sabiendo que algunos responden a prejuicios, malentendidos, enojos, en ocasiones respaldados por mensajes mediáticos que eligen detenerse casi exclusivamente en lo escandaloso del ámbito eclesial (en lo que, en realidad, no es un problema del corazón de la Iglesia, sino de cuando actuamos en discordancia con ese corazón, en incoherencia con la fe católica).  En este caso, ese entendimiento también será un puntapié inicial para ser y mostrarnos intransigentes con lo que hace falta desarraigar y presentar testimonialmente la real búsqueda, que es mucho más cercana a los anhelos humanos en común.

Me parece errado no tener en cuenta que, para un gran número de personas, casi todo lo que tenga que ver con la Iglesia genera rechazo. Podríamos entrar en detalles sobre cuántas imágenes tergiversadas hay de por medio. O argumentar que muchos miran y juzgan la Iglesia desde lejos, sin habitarla, sin poder contemplar su esencia (como pasaría, por ejemplo, al mirar un árbol desde lejos y llegar a detectar algo de su configuración general o que está torcido quizás, pero no alcanzar a ver la vida que fluye, los detalles de las hojas, la profundidad de sus raíces). Como sea, y suspendiendo todas las demás explicaciones que podamos dar, creo que no solo hay que considerar las percepciones negativas y desconfianzas, sino también asumir que hemos provocado muchas de estas por el modo de vivir o de expresarnos.

Ahora bien, ¿es suficiente que nosotros hagamos este esfuerzo por entender el marco y comunicar e intercambiar desde ahí? Diría que no, que se necesita algo mutuo.

Para debilitar barreras y resistencias también hace falta que haya una disposición nueva en quienes están instalados en los prejuicios y las desconfianzas respecto a la Iglesia. Creo que se necesita una apertura de todos para focalizar en lo que nos une, para construir y madurar socialmente desde lo común que hemos recibido. Anhelo profundamente que la visita del Papa la vivamos con esa apertura. Y como ya dije al inicio, me parece que algo clave en ese proceso es lograr una buena comunicación y mejores diálogos.

Nota: El método de comunicación al que me refiero se denomina reframing (reencuadre). Fue desarrollado por Catholic Voices en ocasión de la visita del Papa Benedicto XVI al Reino Unido en 2010. Propone identificar la preocupación legítima del interlocutor para resituar la comunicación o conversación en un terreno humano común, pasando de una postura defensiva a la búsqueda de valores compartidos y la reformulación de los mensajes. 

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