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Camino de sanación para comenzar 2026

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“Una voz grita en el desierto:

preparen el camino del Señor,

allanen sus senderos.”

Mt. 3, 3

 

En este comienzo del año 2026 me propongo reflexionar con el Evangelio de Juan 1, 19-28.

Descubro en este pasaje una guía terapéutica para plantearme:

 

“Éste es el testimonio que dio Juan, cuando los judíos enviaron sacerdotes y levitas desde Jerusalén, para preguntarle:

«¿Quién eres tú?»

Él confesó y no lo ocultó, sino que dijo claramente:

«Yo no soy el Mesías».

«¿Quién eres, entonces?», le preguntaron: «¿Eres Elías?»

Juan dijo: «No».

«¿Eres el Profeta?»

«Tampoco», respondió.”

La pregunta que le hacen los judíos a Juan, siento que a mí también me está interpelando. Dios me está pregunta: ¿quién soy yo? ¿Soy consciente de quién soy y a qué estoy llamado en mi vida? ¿Cómo he caminado hasta el día de hoy?

Siento que cada año y de tiempo en tiempo, esta pregunta vuelve a resonar en mi interior y me cuestiona, -para despertarme-, cuando veo que muchas veces voy transitando como un vagabundo (sin demasiado rumbo fijo), con mi piloto automático preestablecido, un poco distraído, ajetreado, con demasiadas cosas, actividades y preocupaciones, alejado de mi centro vital, de mi verdadero yo y anestesiado del dolor de mi prójimo.

Las respuestas de Juan, negando los supuestos parecidos que le atribuyen, me iluminan, llamándome a dejar de lado todos los personajes y máscaras que he usado en este tiempo y con los que me he escondido de los hombres y de mí mismo.

¡Cuántas veces vivo la tentación de creerme que ya descubrí la verdad!

¡Cuánto he dejado crecer mi narcisismo, encerrado y protegido en mi mundo autorreferencial, alejado de todo sufrimiento que me cuestione o desestabilice!

¡Cuánto me he rodeado de respuestas seguras, veredas anchas, iluminadas por respuestas fáciles, que me llevan a sentirme seguro, cómodo, pero que me han impedido cuestionarme y crecer!

Continúa el Evangelio de San Juan diciéndonos:

“Ellos (los sacerdotes y levitas) insistieron:

«¿Quién eres, para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?»”

Descubro que me he detenido muy poco a preguntarme ¿qué me digo a mí mismo?; ¿cuánto me conozco?; ¿qué imagen veo en mí interior?; ¿a qué estoy llamado?; ¿cuál es mi originalidad única e irrepetible?

¿He llegado hasta mi mundo inconsciente y sutil? ¿Los dolores del prójimo me cuestionan?

Quizás esto se deba al exceso de actividad ansiosa y distracciones en las que me he estado envolviendo, llevando una vida de poca autoconciencia.

¡Qué lejos estoy de hacerme estas preguntas, despojándome de mis máscaras y personajes estereotipados, para sumergirme en las honduras de si ser!

Son muchos los estímulos permanentes que busco y recibo, como sirenas seductoras que proponen mundos de ensueños y me alejan de mi propia verdad.

Nos dice Kentenich que la originalidad (lo que llama el “Ideal Personal”) es una pequeña verdad que, como persona, he captado personal y experiencialmente, que me hace vibrar y sentirme alegre y cobijado en Dios.[1] Es el núcleo de mi personalidad, que brota desde lo profundo de mi inconsciente, y me indica que esta esencia descubierta puede expresarse en una frase o un lema que sintetice mi ser, mi proyecto de vida, lo cual me permitirá centrarme en lo que realmente quiero plasmar en ella. Es en definitiva “la respiración original del alma … una vivencia realmente personal que va colmando cada vez más mi persona … un cobijamiento transido de paz.”[2]

Continúa el Evangelio:

“Y él les dijo:

«Yo soy una voz que grita en el desierto:

“Allanen el camino del Señor”,

como dijo el profeta Isaías».”

 

Me pregunto, ¿Qué voz grita en mi interior? Quizás no le deje lugar para expresarse lo suficiente … y la vivo acallando …

¿Qué voces escucho con más frecuencia?

¿Cuál es la voz dominante que rige hoy mi vida?

¿Qué voces me contaminan y me alejan de mi centro?

Juan tiene clara consciencia de sí mismo. Su vida es un testimonio vivo.

En este comienzo de año, siento que sería muy terapéutico para mí vaciarme de las voces distorsivas que me ensordecen y trasladarme a mi desierto interior, con “piel de camello”, sin vestidos vistosos, ni armaduras autoprotectivas, dirigirme a ese lugar de silencio y calma (que frecuento poco), en el cual pueda encontrarme con mi propia voz, la de Dios y su verdad.

Para llegar a ese lugar de encuentro interior, tengo que disponerme a pasar necesariamente por una purificación transformadora, incluyendo a mi prójimo.

Y seguramente allí voy a poder escuchar mi voz -que también grita-  que vengo silenciando y quiere hablarme de mi verdad escondida más auténtica.

El Evangelio de Juan termina diciéndonos:

“Algunos de los enviados eran fariseos, y volvieron a preguntarle:

«¿Por qué bautizas, entonces, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?»

Juan respondió:

«Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay alguien

al que ustedes no conocen: él viene después de mí, y yo no soy

digno de desatar la correa de su sandalia».

Todo esto sucedió en Betania, al otro lado del Jordán, donde Juan bautizaba.”

¿Descubro la voz de Dios en mi vida? ¿Me conozco a mí mismo?¡Cuánto tengo para descubrir que he dejado de percibir, en medio de mi cotidianeidad y adormecimiento!

¿Cuántos regalos recibo cada día que me pasan desapercibidos?

¿Cuántas personas trabajan y conviven cerca mío que no conozco, porque les pongo distancia al incomodarme y cuestionarme la ancha autopista por la que transito? Muchas veces siento que las he “instrumentalizado” por mi conveniencia material y utilitaria. ¿Cuántos mensajes me envía Dios a través de ellas? ¿Qué podría hacer para detenerme y escuchar mejor?

Dios nos llama y nos espera. Sólo tenemos que abrir el corazón para escucharlo: “Yo soy el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin. Al que tiene sed, yo le daré de beber gratuitamente de la fuente del agua de la vida.”[3] Que Dios nos abra nuestro interior para beber de su agua viva y nos lleve a descubrirlo especialmente entre los pobres y sufrientes que viven cerca nuestro.

 

[1] José Kentenich.” El Hombre heroico”. Ed Patris (agosto 2002). Ejercicios Espirituales con la guía de San Ignacio y su método, Plática 4, págs. 115 y ss.

[2] Idem pág. 122/125.

[3] Apocalipsis 21,6

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