¿Vas a la torre o al bosque? Te sugiero que primero tomemos el bus al bosque. Allá viene, subamos.
En una pequeña laguna oculta por el bosque convive un grupo de animales. Apenas el resplandor del sol comienza a construir sombras, las voces y silencios viajan como ecos que rebotan entre las hojas.
Las ondas que se desplazan en la superficie de la laguna alteran los reflejos; los graznidos anuncian el arribo de los patos; una parvada de cotorras en sus nidos ensordece hasta a los peces y dos cervatos beben en la orilla atentos para no ser presas esa mañana.
Epicuro, seguido de algunos alumnos, entra al bosque por el sendero oeste. Se sientan cerca de la orilla donde una brisa los libera del sopor del verano.
Leoncio le pregunta a Epicuro: —¿Por qué cambiamos esta mañana las comodidades de El Jardín, con su aroma del amárakon, por las incomodidades e insectos de este bosque fuera de Atenas?
—Para que los insectos te distraigan, calles y podamos hablar nosotros, —le responde Hermarco.
—¿Pensás que al ser mujer no puedo superar las mismas pruebas que los hombres?, —le responde Leoncio.
—Entonces ¿qué debería decir yo si en el sendero me diste esta rama de palmera suponiendo que es mi obligación usarla?, —interviene Mys moviendo la rama sobre la cabeza de ella espantando los insectos.
—¿Cuál es el tema de hoy, Epicuro, la conversación del bosque o la incomodidad de Leoncio?, será un desafío, —interviene Metrodoro espantando una mosca con su mano.
—No me molestan los insectos, pero temo a los animales salvajes y supongo que ustedes los hombres trajeron sus espadas para defendernos de cualquier adversidad, porque la filosofía solo tiene filo para defender las creencias, —interviene Nicidio, mientras molesta a sus compañeros buscando entre sus ropas las armas.
—¡Nicidio!, soy un esclavo; ¿por qué buscás armas entre mis ropas?, —le dice Licón tapándose y alejándose de ella.
—Nicidio busca un arma distinta, cuyo filo no corta y asesina de placer, —Hermarco interviene tomándola del brazo, para que deje de correr a Licón.
Epicuro señala hacia un rincón del lago particularmente azul y les pide que cada uno describa qué color ve. Cada uno describe un azul distinto.
Ya está llegando el Bus que va hacia Babel. Subamos, ¡mira! también viajan con nosotros Arpaxad y su hijo Sélaj.
Distantes del bosque comenzamos a observar la Torre de Babel. La ciudad se encuentra en ruinas, aun así, no ha perdido su imponente majestuosidad; invadida por plantas y animales desafía el olvido de su gloria y de su fracaso.
Arpaxad y Sélaj recorren la antigua ciudad por calles abandonadas. Llegan a los pies de la Torre de Babel y se sientan.
—Este lugar parece apropiado para descansar; podemos ver toda la ciudad, —dice Arpaxad.
—Sí, me gusta este lugar. ¿Me das un poco de agua, por favor? ¿Sentís ese aroma?, parece sammu ilu, me recuerda al jardín de la casa del abuelo Sem. Papá, ¿por qué abandonaron la ciudad sin terminar de construir la gran Torre de Babel?
—Por el mismo motivo que Dios echó a Adán y Eva del Edén y provocó el Diluvio. La historia de esta ciudad y su torre es el recuerdo del Edén que Dios nos invita a no olvidar para que deseemos volver allí.
—El bisabuelo Noé me contó que los habitantes de Babel hablaban una sola lengua y que Dios se enojó con ellos porque quisieron alcanzar el cielo. Las ruinas son impresionantes. Pero papá, no entiendo, primero Babel fue un lugar extraordinario y después dejó de serlo. Es raro.
—Sí, hablaban la misma lengua.
—¿Cómo construyeron todo esto?
—Fue un pueblo que llegó desde las montañas del oeste. El valle tenía todo lo que necesitaban y ellos conocían las artes de la construcción. Pero lo más importante fue que respetaban al rey y a los jueces y todos se entendían.
—Y sí hablaban el mismo idioma…
—Sélaj, no es suficiente. ¡Cuántas veces tú dices una palabra y tus hermanos no la entienden porque significa otra cosa para ellos!
—Entonces Dios ¿no se enojó con ellos? Fue porque decían palabras que no podían entender.
—Algo así. ¿Querés comer? Tengo algo de pan. Dios hizo el Edén para que progresáramos, Adán y Eva rompieron la unidad con Él y los expulsó. Tienes razón, siento el aroma del sammu ilu, parece el jardín de Sem.
Arpaxad señala una escritura de color azul sobre la pared de una edificación; le pide a Sélaj que lea la frase y le explique qué dice. Él reconoce las palabras escritas, pero no acierta con su significado.
Las palabras son contenedores que llenamos con todo lo que nos define como humanos y con ellas posibilitamos hacer visible el universo a nuestra mente y a nuestra heredad.
La palabra conversación en la antigüedad significaba vivir habitualmente en un lugar, morar con alguien, mantenerse ligado a una compañía. Con el paso de los años, hacia los Siglos XIII-XIV, tomó el significado actual.
Epicuro se encuentra postrado en su cama de su escuela El Jardín, está llegando la muerte que no espera.
—Epicuro, el sol se ha ocultado, aun a pesar de tus dolores abdominales debes descansar —le dice Idomeneo mientras le da de beber algo para descansar y lo arropa. Se duerme.
—¿Qué hacemos aquí? Perdón, mi nombre es Arpaxad, hijo de Sem, nieto de Noé, salvados por Dios del Diluvio.
—Es muy distinto a mi escuela. Aromas y colores que nunca antes sentí. Me disculpo por mi distracción, soy Epicuro, filósofo, hoy ateniense.
—Curiosa profesión la de filo…
—Filósofo, quien cura las enfermedades del alma, al menos trato de hacerlo.
—Una profesión de Dios. ¿Acaso eres un ángel, un mensajero de Dios?
—No, apenas puedo con las cosas de este mundo, ¿cómo podría con las cosas del Olimpo?
—¿Por Olimpo te referís al cielo, al lugar de Dios? Recientemente visitamos con mi hijo, Sélaj, las ruinas de la ciudad de Babel, donde se construyó la Torre que quiso alcanzar la casa de Dios.
—Por lo que dices ese pueblo fracasó en su intento. Si quisiera alcanzar el Olimpo pretendería una eternidad en esta vida que no necesito. Solo deseo vivir mi vida placenteramente.
—Siento un aroma desconocido.
—Es la planta de amárakon que llena los jardines de mi escuela. Y cuando hablas siento un aroma desconocido.
—Sí, es la planta sammu ilu de la casa de mi padre Sem.
—Parece que nuestras experiencias diferentes dan un significado distinto a la palabra Dios.
—Así lo parece, pero aun así nos entendemos.
—Tal vez sea porque estamos conversando. Son estos diálogos que no apagan nuestras diferencias como la palabra dios, que contiene un significado para vos, Arpaxad, y otro para mí. Pero lo placentero es que nos permiten resolver la indeterminación y comprendernos, alegrando nuestras almas.
—Mira ya está amaneciendo. El cielo está recuperando su color azul.
—Hermoso amanecer. El sueño se acaba. —Epicuro despierta y Idomeneo sigue a su lado, el cuarto se ilumina por el nuevo sol.
—Idomeneo, amigo mío, todo este sufrimiento que apaga mi vida no me arrebata el placer al recordar nuestras conversaciones en El Jardín, cubiertos del aroma del amárakon.
La dificultad de nuestro tiempo es acordar el significado de las palabras, como si retornáramos al relato de La Torre de Babel. Por ello, conversar es una gran oportunidad, es un momento en el que compartimos mucho más que palabras, es el alma de la filosofía y la amistad, nos damos la oportunidad de resolver la indeterminación y comprendernos.
Conversar nos llena de experiencias y decisiones; aprendemos a convivir, escuchar y compartir. A lo largo de la vida podemos ver solo las ruinas o a través de ellas, podemos retornar al punto de partida o no regresar. Así es este viaje al que nos aventuramos juntos. En esta oportunidad regresás a tu vida cotidiana con solo palabras o habiendo descubierto algo.

