Icono del sitio ACDE Portal Empresa

El Camino que no figuraba en el mapa

Escuchar este artículo

Hay viajes que uno planifica con precisión. Reserva hoteles, estudia recorridos, calcula
kilómetros.
Y hay otros que, aunque tengan un destino, en realidad vienen a buscarnos.
Eso fue para mí el Camino de Santiago.
Cuatro días. Parte del Camino Portugués. Sin la urgencia de completar etapas ni la necesidad de
demostrar resistencia. Decidimos recorrerlo de otra manera. Mi padrino Mariano y yo hicimos un
acuerdo antes de dar el primer paso: dividir el camino en tres.
No por kilómetros. Por conversaciones.
La primera, con Dios. Oración
La segunda, con uno mismo. Silencio.
La tercera, con el otro. Charla.
Y curiosamente, cuanto menos hablamos durante algunos tramos, más empezamos a
escucharnos.
Porque el silencio tiene una forma muy particular de ordenar aquello que el ruido de la vida
cotidiana mantiene disperso.
Descubrimos que caminar es una forma de pensar con el cuerpo. Que las respuestas rara vez
aparecen cuando uno las persigue; suelen llegar cuando el paso encuentra un ritmo y la mente
deja de correr más rápido que los pies.
La oración nos recordó que no todo depende de nosotros.
El silencio nos permitió volver a encontrarnos con esa voz interior que tantas veces queda
sepultada bajo reuniones, agendas, objetivos y notificaciones.
Y las conversaciones entre nosotros fueron apareciendo sin esfuerzo. No para resolver el mundo,
sino para comprenderlo un poco mejor.
Dormimos bien. Comimos rico. Elegimos pequeños hoteles de campo donde el tiempo parecía
avanzar a otra velocidad. No hubo épica del sacrificio ni competencia por acumular kilómetros.
Hubo Presencia.
Y quizás ahí apareció el aprendizaje más inesperado.

Vivimos en una cultura que suele confundir liderazgo con velocidad. Con disponibilidad
permanente. Con agendas repletas y productividad sin pausa.
El Camino propone exactamente lo contrario.No importa quién llega primero.Importa quién
sigue caminando con sentido.
Un líder también recorre un camino.
No siempre sabe qué encontrará en la siguiente curva. No controla el clima. Muchas veces carga
mochilas que ni siquiera son propias. Pero cada paso le recuerda que liderar no consiste
únicamente en avanzar; consiste en elegir desde qué lugar hacerlo.
Tal vez por eso las tres conversaciones del Camino sean también las tres conversaciones
fundamentales del liderazgo.
La conversación con Dios —o con aquello que cada uno reconoce como trascendente— nos
conecta con el propósito. Nos recuerda que el trabajo es un medio y no un fin.
La conversación con uno mismo exige una honestidad difícil de encontrar en medio de la
urgencia. ¿Estoy liderando desde el miedo o desde la confianza? ¿Desde el ego o desde el
servicio? ¿Estoy construyendo o simplemente resolviendo?
Y la conversación con los otros nos recuerda que ninguna transformación ocurre en soledad. Los
grandes líderes no caminan delante para que los sigan; caminan al lado para que otros también
descubran su propio camino.
Al regresar comprendí que Santiago nunca fue el verdadero destino. El verdadero destino era
volver distinto.Con menos certezas y más preguntas.Con menos ruido y más escucha.Con menos
necesidad de demostrar y más deseo de construir.
Quizás eso sea, en definitiva, liderar. No llegar antes.
Sino caminar de tal manera que, cuando alguien comparta un tramo con nosotros, termine siendo
un poco mejor de lo que era cuando comenzó.
Porque hay caminos que terminan en una plaza.
Y hay otros que, silenciosamente, empiezan justo cuando creemos haber llegado.

Salir de la versión móvil