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El inversor como cocreador

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Un puente entre la eficiencia y el imperativo moral del empresario católico

Cuando nuestro presidente postula que la batalla central por las ideas, en la Argentina se libra en el campo de lo moral y cultural, probablemente no se equivoca.  No obstante, el alcance y la profundidad del cimiento filosófico y ético de las ideas que propone, resultan insuficientes para librar semejante batalla.

 

El legado de Enrique Shaw nos desafía hoy

En el vibrante y a menudo polarizado clima económico de hoy, donde las ideas de la Escuela Austríaca de Economía han tomado un renovado impulso y una centralidad impensada, surge de inmediato un interrogante fundamental: ¿es posible conciliar la defensa irrestricta de la libertad del mercado con una ética que no deje a nadie afuera?

Estamos convencidos de que la respuesta corta es sí, pero exige una transformación profunda en nuestra forma de entender el éxito empresarial, que no se enseña en las escuelas de negocios, y que el empresariado no tiene totalmente internalizado.

Este artículo busca abrir un debate honesto y profesional entre dos visiones que, aunque parecen distantes, comparten un idéntico punto de partida: la naturaleza individual y creativa del ser humano.

Para ello, propondremos construir un puente dialógico entre el pensamiento de Jesús Huerta de Soto, la lucidez epistemológica de Thomas Sowell, (a veces cuestionado por los “libertarios”) y el núcleo conceptual del documento vaticano Mensuram bonam, que, por su fecha de publicación, anticipaba (¿proféticamente?) los tiempos actuales, y cuyas guías nos parecen de crucial importancia.

 

  1. Un encuentro en la creatividad: el hombre como co-creador

Considero que el punto de unión más fuerte entre la Escuela Austríaca y la Doctrina Social de la Iglesia es la visión del hombre.

Huerta de Soto define la función empresarial no sólo como función gerencial, sino como la capacidad intrínsecamente humana de descubrir y crear valor a partir de la información ex nihilo. Para el autor español, el hombre se asemeja a Dios precisamente cuando actúa creativamente.

Sorprendentemente, Mensuram bonam (MB) eleva esta premisa “económica” a una categoría espiritual.   El documento reconoce a “cada persona que trabaja como un co-creador”.

Hasta aquí no hay conflicto: ambos marcos rechazan cualquier sistema de agresión institucional —lo que Huerta de Soto llama genéricamente socialismo— cuyo problema esencial es bloquear esa “chispa” creativa y, por lo tanto, se trataría de una acción “antihumana por excelencia“.

Si la inversión es la capacidad empresarial de prever y resolver vulnerabilidades económicas, entonces invertir sería, en esencia, una vocación noble. Pero la novedad y la importancia operativa de este enfoque, radica en transformar la inversión en un acto moral por su impacto en la dignidad humana y el entorno, y no tan sólo en un mero cálculo técnico-económico.

 

  1. Sowell y la humildad epistémica: quién decide y por qué importa

Aquí es donde entra Thomas Sowell para enriquecer el debate. Sowell nos recuerda que el conocimiento es raro, fragmentario y costoso. Su crítica a la “visión de los ungidos” —esas élites que creen saber qué es lo mejor para los demás— resuena perfectamente con el rechazo austríaco a la planificación central.

Mensuram bonam por su parte, toma esta limitación humana y la convierte elegantemente en el principio de subsidiaridad.   No es solo un concepto moral; es una meta-estrategia de eficiencia en la gestión de la información.

Como bien señala Sowell, la efectividad de la autoridad disminuye cuando quienes deciden están lejos de los hechos. La Iglesia propone que las personas sean “protagonistas y artífices de su propio desarrollo y bienestar”.

Invertir siguiendo este principio significa empoderar las decisiones locales y respetar la iniciativa personal, no por una concesión de poder, sino porque es allí donde reside el conocimiento concreto que hace que la economía funcione.

 

  1. El núcleo de la discusión: del fetiche del lucro al ROI²

El verdadero debate con la Escuela Austríaca comienza en la finalidad del lucro.   Para el enfoque liberal clásico, el beneficio es el único indicador de éxito porque señala que se han satisfecho necesidades ajenas eficientemente.

Sin embargo, MB advierte sobre los riesgos de este “absolutismo fiduciario”: la idea de que la única obligación del inversor es maximizar su rendimiento financiero, ignorando el rastro de daños sociales o ambientales que deja a su paso.

La propuesta innovadora de MB es el retorno de inversión al cuadrado (ROI²). Este concepto no anula el lucro, sino que lo purifica.

Así, un inversor consciente debería buscar:

  1. Rendimiento financiero: La base necesaria para la sostenibilidad.
  2. Rendimiento medible del Desarrollo Humano Integral:  El impacto real en la dignidad de las personas involucradas en el “negocio” (clientes, empleados, el medio social donde se lleva a cabo) y el cuidado de la “casa común”.

Para un “austríaco”, esto podría parecer una “distorsión” del mercado.   Pero Sowell nos ofrece una salida elegante y lógica: el mercado depende de mecanismos de feedback (retroalimentación) que deben ser monitoreados en forma permanente.

MB propone que el sufrimiento de los más vulnerables sea el estándar de justicia para evaluar la eficacia global de una inversión.

Si una empresa genera utilidades, pero destruye el tejido social de la sociedad donde actúa, ese sistema está ignorando un “pasivo ético” que, a la larga, hará que el mercado mismo sea insostenible.

 

  1. La solidaridad como racionalidad sistémica

La Escuela Austríaca suele ver a la “solidaridad coactiva” como una agresión que corrompe la moral personal. MB coincide en que la coacción es un mal, pero propone una solidaridad voluntaria y profesional como parte íntima y esencial de los negocios.

Invertir con Fe no es hacer caridad con las sobras de la utilidad.   Es entender, en clave de Sowell, que existen “beneficios externos” y “capital social” que no siempre se reflejan en el precio de hoy, pero que determinan la supervivencia del negocio y de la civilización mañana.

El empresario católico que invierte en condiciones laborales dignas o en investigación ética no está siendo “ineficiente”; está invirtiendo en la confianza, el pegamento que permite que los contratos se cumplan sin necesidad de un policía en cada esquina.

 

  1. Consecuencias prácticas: el método de MB para el siglo XXI

Pero ¿Cómo se traduciría esto en el escritorio de un decisor argentino?

MB ofrece una hoja de ruta clara, y centrada en el discernimiento:

Aceptar este camino tiene, lo que el documento llama el “costo del discipulado”.

Puede que signifique renunciar a una ganancia rápida o a una cartera más diversificada.

Pero, como diría Sowell frente a las “soluciones categóricas”, se trata de un trade off (equilibrio) racional: sacrificamos un poco de bienestar psíquico o financiero presente para asegurar un futuro donde la humanidad no sea sierva del dinero, sino su dueña.

 

Conclusión

El desafío para el empresario católico de hoy no es elegir entre Mises y el Evangelio, sino integrar la potencia creativa de la libertad con la responsabilidad de un hombre de Fe.

La Escuela Austríaca nos ofrece algunas herramientas para entender por qué el Estado no puede planificar nuestra felicidad. Mensuram bonam nos ofrece el norte moral para que, una vez libres del yugo de la agresión institucional, usemos nuestra creatividad para construir una economía con rostro humano.

Invertir es un acto moral. El dinero debe servir, no gobernar.   En esa sencilla frase reside la clave para una Argentina y un mundo donde la eficiencia y la solidaridad no sean enemigas, sino las dos manos de un mismo creador.

 

Referencia: “Mensuram bonam”. Medidas basadas en la fe para inversores católicos: un punto de partida y un llamado a la acción.

 

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