En el siglo XXI hemos arribado a ciertos consensos sociales respecto del rol de la mujer en la empresa. Igual remuneración por igual trabajo, acceso a puestos de decisión, prohibición de despido por embarazo, licencias y pausas para proteger la lactancia son hitos que la normativa ha buscado garantizar y que han moldeado la ética profesional.
Sin embargo, cabe preguntarse si la mujer sólo es verdaderamente visible cuando está en la empresa y qué imaginario se genera en torno a aquellas mujeres que deciden “interrumpir” su carrera profesional en pos de la crianza de sus hijos (ya sea minimizando la carga horaria o retirándose, momentáneamente, de la actividad laboral).
¿Qué lugar ocupa la maternidad en una cultura que tiende a medir el valor de la persona a partir de lo que hace y produce? ¿No estaremos aceptando, quizá sin advertirlo, que sólo cuenta aquello que genera rentabilidad inmediata? Conviene estar atentos, como advertía Juan Pablo II, a la posible pérdida de sensibilidad por el hombre y por todo aquello que es esencialmente humano (Carta apostólica Mulieris dignitatem, 1988).
Aquella Carta apostólica, de enorme riqueza antropológica, nos invita a volver la mirada sobre el misterio que cada vida nueva encierra como dimensión constitutiva de nuestra humanidad. En palabras de aquel Santo Padre, en la maternidad de la mujer, unida a la paternidad del hombre, se refleja el eterno misterio del engendrar que existe en Dios mismo, uno y trino. Este acontecimiento, si bien es común a ambos padres, en la mujer constituye una «parte» especial de este ser padres en común.
Por ello, la maternidad no es una actividad privada irrelevante, sino una contribución social objetiva que conlleva una especificidad femenina que ha de ser honrada y cultivada. La mujer que decide suspender o reducir su actividad laboral para dedicarse a la crianza no pierde valor social, ni disminuye su compromiso ni su sabiduría. Por el contrario, quien participa conscientemente en la educación de sus hijos está formando personas que luego se integrarán como ciudadanos activos y comprometidos con el bien común: futuros líderes de empresa, servidores públicos, consagrados, padres y madres de familia. Educar personas es formar sujetos libres, responsables y capaces de autodeterminación. La empresa y la sociedad en su conjunto dependen, en definitiva, de generaciones educadas en el bien y de la constitución de familias sólidas.
En el contexto de crisis de natalidad que atraviesa la Argentina, reflejo de una tendencia común en Occidente, ¿puede la empresa considerar la promoción y el fortalecimiento de la paternidad como parte de su responsabilidad social? ¿Y, en lo que aquí nos ocupa de modo particular, de la maternidad?
La responsabilidad social empresaria (RSE) no debe limitarse al impacto ambiental o financiero del negocio, pues toda empresa influye en la vida de las personas y, por lo tanto, tiene una responsabilidad real en el tejido social que ayuda a sostener.
A la luz del ejemplo del beato Enrique Shaw, que comprendió la empresa como ámbito de servicio y promoción humana, estamos llamados a preguntarnos si nuestras organizaciones reconocen y valoran aquello que fortalece verdaderamente a la sociedad.
En este sentido, la práctica empresaria puede asumir el compromiso de generar políticas y culturas institucionales que no penalicen silenciosamente a quienes deciden apostar por la formación de los ciudadanos del futuro. Se trata, entonces, de liderar entornos donde la familia no sea percibida como un obstáculo, sino como un bien social.
Reconocer que el tiempo dedicado a la crianza desarrolla competencias reales de liderazgo, inteligencia emocional, gestión del tiempo y resolución de conflictos puede ser el primer paso para valorar explícitamente el tiempo “fuera de la oficina” como experiencia formativa. Lejos de empobrecer a la persona, esta etapa puede enriquecerla y profundizarla humanamente, aportando cualidades que luego redundan en beneficio de la organización.
Al mismo tiempo, ciertas propuestas pueden llevar este compromiso a la acción: jornadas de capacitación o promoción que busquen fortalecer el valor de la familia en la empresa, programas de mentoring pensados para quienes se reinsertan en la vida laboral, espacios de escucha y de acompañamiento que tengan por objetivo integrar la dimensión profesional y la vocación familiar de cada persona pueden ser puertas interesantes dentro de las organizaciones que sean un verdadero reconocimiento a la dignidad de la mujer y el don que representa cada vida que llega.
En definitiva, no se trata sólo de abrir espacios, sino de promover una mirada más integral y humana, capaz de reconocer y poner en juego el valor que se gesta tanto dentro como fuera de la oficina. Porque el bien común del que la empresa participa necesariamente se construye allí donde la persona es acogida en toda la riqueza de su vocación.

