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El valor de la vida como norte de la empresa

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Desde hace ya tiempo vengo meditando sobre la importancia de la búsqueda del sentido, como norte para movilizar las voluntades en las empresas.

Vislumbro que nos hemos centrado demasiado en la importancia del lucro como llave maestra para alcanzar el éxito empresario.

¿Es posible que el enfoque excluyente del lucro de la empresa (“show me the money”) esté influenciado por una cultura excesivamente materialista del hombre moderno?

Vivimos en una sociedad ególatra y narcisista, que gira en torno al materialismo económico y el culto al “yo” y que tiene dificultades para asimilar los valores profundos que habitan en la persona y debieran expresarse en la empresa.

¡Sin duda que el lucro es absolutamente necesario y diría imprescindible! Sin él faltaría un elemento clave para la subsistencia y éxito de las empresas.

Pero considero que es necesario complementarlo con otros valores para generar un equilibrio empresario.

Me ilumina José Kentenich, al decir que el desarrollo del hombre se encuentra en engendrar vida “… consiste en mantener un contacto vivo. Un contacto vital … la vida que poseo y que brota de mí quiere ser traspasada al otro. 

Pero no sólo yo salgo al encuentro de la persona que tengo ante mí, sino que ella también sale a mi encuentro. Yo despierto vida, vida que es original, y yo asumo esa vida en mi propia persona. 

Por lo tanto, no sólo soy yo quien engendro. El que está ante mí también realiza un acto creador … el que está ante mí también ejerce la acción de engendrar vida respecto a mi persona, tal como yo frente a él, e incluso tal vez en forma mucho más vigorosa que yo. 

Si no asumo la corriente de vida que brota del otro, si no la incorporo en mi corriente de vida, no se logra generar una fuerza creadora, no se produce la acción de engendrar. La persona que está ante mí es un ser espiritual vivo, y éste no sólo se deja formar por otro: a su vez también quiere actuar creadoramente … no consiste únicamente en actuar engendrando sino también en ser formado uno mismo por esa acción de engendrar … Este proceso llega a establecer una profunda y real comunidad de vida.”[1]

Y creo que es justamente la vida el termómetro para medir el éxito o fracaso de una empresa. El resultado económico debiera preguntarse cuánta vida genera.

Viene al caso tomar en cuenta lo que está ocurriendo en Ogijo, Nigeria.

Señala Peter S. Goodman, en el New York Times, que “el polvo de plomo está en todas partes en Ogijo, una ciudad al norte de Lagos. Está en el piso de las cocinas, los huertos, las iglesias y los patios de las escuelas.

Los habitantes absorben partículas de plomo en su torrente sanguíneo cada vez que respiran. El metal entra en sus cerebros y causa estragos en sus sistemas nerviosos. Los niños pequeños lo ingieren cuando gatean y se llevan las manos a la boca, lo que en algunos casos provoca daños cerebrales irreversibles.

Esta catástrofe de salud pública es el resultado de las fábricas que se encuentran en la ciudad y reciclan baterías de automóviles, de las que se extrae el plomo que contienen para construir nuevos productos. Estas fábricas se han establecido en Nigeria debido a un hecho ya conocido, aunque desagradable, de la economía mundial: a medida que normas más estrictas han limitado la contaminación por plomo en las naciones más prósperas, los fabricantes se han trasladado al extranjero. Y se han hecho cada vez más dependientes de comunidades tan desesperadas por encontrar empleo que sus dirigentes han aceptado de manera fáctica el envenenamiento por plomo como un costo de subsistencia.

Mandamos a hacer análisis de sangre a 70 residentes de Ogijo, que detectaron niveles nocivos de plomo en 7 de cada 10 personas. Y rastreamos el plomo reciclado en Nigeria hasta un importante fabricante de baterías de Estados Unidos, cuyos productos están bajo el capó de millones de coches.

Lo que sucede en Nigeria es una situación sorprendente y conocida a la vez. Sorprendente por la magnitud de los daños; conocida porque se generan dinámicas similares en miles de otros productos.

A medida que las cadenas de suministro se expanden a través de los océanos, los vínculos se han vuelto tan complejos que los minoristas a veces no están seguros del origen de sus piezas y materias primas. Incluso las empresas con las mejores intenciones tienen dificultades para saber qué compran, a quién y con qué consecuencias sociales y medioambientales.

Mientras investigaba la tala ilegal en Asia, descubrí que un importante minorista internacional ignoraba —o al menos podía negar de manera plausible— que utilizaba troncos talados ilegalmente en el Lejano Oriente de Rusia.

Descubrí que una reconocida marca de moda estadounidense desconocía —o prefería no hablar de eso— las brutales tácticas utilizadas para sofocar un movimiento obrero en una fábrica de sus productos en Guatemala.

Y descubrí un enorme minorista estadounidense que contrataba a una empresa multinacional de auditoría para que examinara las fábricas de todo el mundo, incluidas las de Vietnam, Turquía y México, en busca de trabajo infantil, pero que apenas le prestaba atención al siguiente eslabón de la cadena: los proveedores de sus proveedores.

El reciclaje de baterías es una industria especialmente tóxica que hay que explorar.

Los fabricantes de baterías norteamericanos y europeos han sido pioneros en implementar elaborados sistemas de reciclaje y se han proyectado como paladines medioambientales. La industria automovilística cita su reutilización del plomo como uno de los ejemplos principales de la economía circular.

Sin embargo, al utilizar plomo importado, los fabricantes dependen de intermediarios que les garanticen que el metal se ha producido de manera segura. Estos intermediarios realizan inspecciones en las que señalan los problemas y recomiendan la instalación de equipos que limiten la contaminación, pero dejan que las fábricas decidan si los implementan.

En esencia, la industria ha diseñado un sistema en el que, cuando surgen problemas, todos pueden culpar plausiblemente a los demás.

Nuestra investigación reveló que parte del plomo reciclado en Nigeria lo compraba East Penn Manufacturing, el segundo mayor fabricante de baterías para automóviles de Estados Unidos. Cuando confrontamos a la empresa, el presidente ejecutivo nos dijo que, hasta nuestra investigación, había confiado en las garantías de sus operadores de que todo marchaba bien.

“¿Es posible que haya sido demasiado confiado?”, dijo. “Me lo reprocho”.

También pasamos tiempo con una empresa nigeriana llamada Green Recycling que asumió los costos adicionales de hacerlo bien: pidió prestados millones de dólares para instalar equipos que limitan la contaminación por plomo.

Pero Green no podía competir con otras empresas. No podía cobrar lo suficiente para cubrir los costos del préstamo. No podía pagar lo suficiente por las baterías gastadas y estaba constantemente superada por las ofertas. Y ahora Green quebró.

Y quizá esta sea la parte más inquietante de estas cadenas de suministro: como la mayoría de sus componentes son invisibles para los consumidores —e incluso para otras empresas implicadas en la producción—, el incentivo para hacer las cosas bien suele quedar superado por una fuerza más poderosa: la recompensa de hacerlas baratas. Aunque sea a costa de una intoxicación permanente por plomo en las comunidades pobres de África Occidental.”[2]

¿No será justamente esta mirada excesivamente “rentabilista” de la empresa la que ha llevado a perder la complementariedad del valor de la vida?

¿Ha primado un criterio de lucro y un desentendimiento de los efectos vitales de las acciones de las empresas?

¿Acaso como sociedad, no nos hemos desentendido de esta destrucción de la vida en muchas de sus manifestaciones y de nuestra responsabilidad social?

¿Hemos quizás perdido una mirada orgánica e integradora de la empresa y la comunidad, dándole prioridad exclusivamente al resultado económico?

¿Qué me dice esta cruda realidad frente a la parábola del buen samaritano, quien detuvo su camino frente al dolor de un judío-extranjero y enemigo?

¿Será quizás que el sacerdote y el levita -que sí pasaron de largo frente al samaritano caído- podrían representarnos como empresarios y trabajadores, que no nos detenemos frente a la herida del sufriente, porque priorizamos excluyentemente otros aspectos, (quizás el trabajo, el lucro o la ganancia)?

¿Nos sentimos también responsables desde Argentina, de la contaminación de Ogijo, o pensamos que es un problema exclusivamente de ellos?

¿No existirá un pecado estructural colectivo que nos lleva a desentendernos?

Y me pregunto, ¿me siento corresponsable del excesivo consumo de agua que se requiere cada vez que se utiliza la Inteligencia Artificial (IA), o me ubico en el lugar de los “inocentes” que consideran que el problema es de los otros?

¿Soy consciente de los efectos nocivos que se generan en otras industrias?

¿Dónde me ubico en mi lugar de trabajo frente a esta realidad? ¿Qué inconvenientes o dificultades descubro que podría corregir para tener una mirada más solidaria e integral? ¿Si tuviera el termómetro de la vida como norte en mi trabajo, tendría otra mirada?

¿Es incompatible la vida con la rentabilidad, o por el contrario son miradas complementarias? ¿No es quizás la vida lo que le da sentido a la rentabilidad?

¿Es posible pasar por el tamiz de la vida los servicios y productos que se ofrecen al mercado? ¿Es quizás el concepto de vida el que le daría sentido a los salarios, la ganancia, la rentabilidad, los dividendos y la finalidad de la empresa?

¿Qué ocurriría en el mundo si midiéramos nuestras acciones por el concepto de vida, cómo actuaríamos en la guerra de Ucrania y Rusia, o en el conflicto que se acaba de desatar entre Estados Unidos, Israel e Irán, y frente a tantas otras confrontaciones?

La respuesta está -parafraseando la frase de Kentenich antes citada- en asumir la corriente de vida que brota del otro, incorporarla en mi corriente de vida, y así generar una fuerza creadora para que se produzca una acción de engendrar y no de destrucción y muerte.

[1] José Kentenich. “Desafíos de nuestro tiempo”. Editorial Patris (1985), págs. 43 y 44.

 

[2] Peter S. Goodman, New York Times, 19 de noviembre de 2025, ,”Una ciudad cubierta en plomo”

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