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Elogio de la confrontación

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El estilo combativo de algunos políticos hiere la sensibilidad de muchos ciudadanos que añoran las formas de los líderes más moderados y serenos de otros tiempos. Aunque la agresión nunca es deseable, quizá haya que aprender a gestionar algún grado de crispación sin lamentarlo tanto.

Antes se decía, citando a Aristóteles, que la política tenía dos fases: la agonal y la arquitectónica. La agonal era la etapa de lucha, de contienda: la competencia para alcanzar el poder. La arquitectónica era la etapa de construcción: una vez que se hacía con el poder, el gobernante negociaba y acordaba con otros políticos —incluso a veces opositores— para transformar la realidad. Bueno, ya no es así: desde hace un tiempo, los que ganan las elecciones siguen en una faz agonal perpetua. Lo mismo que sus opositores. Y, si acaso, detienen las hostilidades por excepción y por corto tiempo, sólo cuando lo necesitan.

Si los políticos siguen peleándose contra sus enemigos aun cuando y están en el poder, no es por capricho. Es porque les funciona. A pesar de su mala fama, el conflicto ofrece prestaciones nada despreciables: bien manejado, genera visibilidad —conjura la irrelevancia—, permite definir la agenda pública y fideliza a los seguidores más intensos. En general, nos sentimos inclinados a votar por los candidatos que se enojan por las mismas cosas que nos indignan a nosotros y apoyamos a los que se enfrentan con vehemencia con los que consideramos equivocados, corruptos o idiotas.

Ya que el modo confrontativo parece haber llegado para quedarse por un largo tiempo en tantos lugares, quizá tenga sentido pensar en pautas que lo hagan compatible con el espíritu republicano:

Trump, Milei, Meloni, Bukele… La lista es amplia, y crece cada día. Políticos de verba inflamada que ganaron elecciones sintonizando con la indignación o el hartazgo de la gente, y mantienen viva su popularidad alimentando cada día esa llama. Están en su derecho: Maquiavelo decía que la primera obligación de un político es hacerse con el poder. Y la segunda, mantenerse en él. Eso es lo que intentan. Y tan mal no les va.

*Imagen de

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