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Elogio de la confrontación

Escrito por Juan Luis Iramain
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El estilo combativo de algunos políticos hiere la sensibilidad de muchos ciudadanos que añoran las formas de los líderes más moderados y serenos de otros tiempos. Aunque la agresión nunca es deseable, quizá haya que aprender a gestionar algún grado de crispación sin lamentarlo tanto.

Antes se decía, citando a Aristóteles, que la política tenía dos fases: la agonal y la arquitectónica. La agonal era la etapa de lucha, de contienda: la competencia para alcanzar el poder. La arquitectónica era la etapa de construcción: una vez que se hacía con el poder, el gobernante negociaba y acordaba con otros políticos —incluso a veces opositores— para transformar la realidad. Bueno, ya no es así: desde hace un tiempo, los que ganan las elecciones siguen en una faz agonal perpetua. Lo mismo que sus opositores. Y, si acaso, detienen las hostilidades por excepción y por corto tiempo, sólo cuando lo necesitan.

Si los políticos siguen peleándose contra sus enemigos aun cuando y están en el poder, no es por capricho. Es porque les funciona. A pesar de su mala fama, el conflicto ofrece prestaciones nada despreciables: bien manejado, genera visibilidad —conjura la irrelevancia—, permite definir la agenda pública y fideliza a los seguidores más intensos. En general, nos sentimos inclinados a votar por los candidatos que se enojan por las mismas cosas que nos indignan a nosotros y apoyamos a los que se enfrentan con vehemencia con los que consideramos equivocados, corruptos o idiotas.

Ya que el modo confrontativo parece haber llegado para quedarse por un largo tiempo en tantos lugares, quizá tenga sentido pensar en pautas que lo hagan compatible con el espíritu republicano:

  • Sin golpes bajos. Todo tiene un límite, también en la lucha política: no hablar despectivamente de las creencias religiosas del adversario; no hacer comentarios machistas o xenófobos; no meterse con la familia; no proferir insultos alusivos a enfermedades o condiciones físicas o mentales. En fin, códigos.
  • No mentir. Dentro de la verdad (casi) todo; fuera de la verdad, nada. Se puede jugar fuerte destacando los puntos débiles del adversario. Incluso cabe exagerarlos un poco, si la ocasión lo exige. Lo que no se puede es atribuir falsamente hechos o dichos al contrincante: de la injuria o la calumnia es difícil volver.
  • Rectificar. Nadie es perfecto y, en el fragor de la lucha dialéctica, alguna vez puede escaparse una palabra de más. Quien pide disculpas o, simplemente, reconoce un error, no se debilita: se humaniza. Muestra respeto, humildad y capacidad de autocrítica. Todas condiciones que querríamos para un líder. Y que al final de cuentas, hasta podrían atraer votos.

Trump, Milei, Meloni, Bukele… La lista es amplia, y crece cada día. Políticos de verba inflamada que ganaron elecciones sintonizando con la indignación o el hartazgo de la gente, y mantienen viva su popularidad alimentando cada día esa llama. Están en su derecho: Maquiavelo decía que la primera obligación de un político es hacerse con el poder. Y la segunda, mantenerse en él. Eso es lo que intentan. Y tan mal no les va.

*Imagen de

Sobre el autor

Juan Luis Iramain

Doctor en Comunicación (U.Austral). Socio Director de INFOMEDIA.

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