La figura de Enrique Shaw, junto con la de otros grandes argentinos, es inspiradora para “poner en práctica” la buena doctrina. En este caso, se trata de la Doctrina Social de la Iglesia en general y, en particular, en el ámbito social-económico.
Pero ¿qué es la Doctrina Social de la Iglesia (DSI)? El interrogante no resulta superfluo dado que, con frecuencia, circulan versiones no fidedignas de este auténtico tesoro que puede caracterizarse, resumidamente, como la enseñanza de la Iglesia en materia social bajo la inspiración de la divina Revelación.
Lejos de todo vago humanitarismo bien intencionado, en el mejor de los casos, la DSI tiene, al menos una triple finalidad: la instauración del orden social en Cristo, el establecimiento de un orden social según el derecho natural y cristiano y la promoción (o desarrollo) integral del hombre (cf. Ricardo von Büren). En la DSI, entonces, se concreta –y debería suceder lo mismo en la práctica– una feliz alianza entre lo sobrenatural y lo natural, lo cristiano y lo humano, la fe y la razón, la teología, la filosofía y los otros saberes humanos, y un largo etcétera. En un mundo sofocado por el espíritu inmanentista, “de tejas abajo”, secularista, la DSI es una bocanada de aire fresco para una humanidad que aspira a lo mejor ante una oferta de poca calidad que se conforma con menos.
El “alcance temático” de la DSI, siempre desde una mirada específicamente cristiana, es tan extenso como lo es la misma vida social del hombre. En este sentido, la DSI puede ocuparse tanto de la economía, como de la política, la cultura, la relación entre la Iglesia y las comunidades políticas y, por supuesto, de la familia, “célula básica” de la vida social.
Dicho esto, y aproximándonos al segundo punto de nuestra exposición que es considerar la empresa como comunidad de vida y no solamente de trabajo, es importante ubicar la realidad económica en la vida del hombre.
En primer lugar, corresponde explicar, como ya fue dicho, que la economía es “algo humano”. Pareciera una obviedad, pero no lo es tanto en la medida en la cual desenvolvemos el significado de esta afirmación. Porque la economía, como aplicación específica de “lo humano”, es una realidad personal, libre y responsable. O así debería suceder. Al fin de cuentas, la “cara económica” de la vida humana es profundamente moral. ¿Podrían no ser morales determinadas actividades que procuran satisfacer una parte de las necesidades humanas, en este caso, las vinculadas a lo material? ¿Cómo podrían no ser morales si, finalmente, son necesidades de un mismo sujeto humano que aúna en sí mismo, la necesidad de satisfacer diferentes tipos de bienes que, entre sí, se ordenan los unos a los otros?
Entonces, y aterrizando todavía más en la consideración del segundo punto, ¿cómo podría reducirse la vida empresarial a una mera sociedad entre el capital y el trabajo perdiendo de vista que, además, es una comunidad de vida? Carlos Alberto Sacheri, otro gran argentino como Enrique Shaw, señala en El orden natural que el trabajo es una realidad personal y, por consiguiente, la empresa adquiere un carácter comunitario, interpersonal. “La concepción cristiana de la empresa afirma el carácter personal del trabajo humano. En consecuencia, si la empresa implica trabajo, necesariamente ha de ser por encima de todas las cosas una comunidad de personas, que vinculan libre y responsablemente para sumar sus esfuerzos y competencias en el logro de una finalidad común”. Este carácter personal del trabajo –agrega Sacheri– implica consecuencias prácticas relevantes “tanto en lo que respecta al nivel de las remuneraciones de cada miembro de la empresa, como a las condiciones en que cada uno desarrolla su labor y el grado de participación responsable que se acuerde a cada uno en los distintos aspectos de la tarea común”. “En este sentido ya Pío XI declaraba en Quadragesimo Anno [n. 53] que resultaría gravemente injusto atribuir ya sea al solo capital, ya sea al solo trabajo lo que es fruto de ambos mancomunadamente. Ambos factores concurren a hacer posible esa realidad compleja y tan dinámica que es la empresa. Ambos, por lo tanto, han de participar equitativamente en la retribución de la actividad común”.
Enrique Shaw, de quien otros hablarán mejor que yo, es un ejemplo encarnado de esta idea de empresa como comunidad de vida. Él, desde su rol de dirigente de empresa –y no, solamente, de mero empresario–, supo poner en práctica la DSI en la vida económica porque vio y fue coherente con una visión del bien común que involucra a todos para hacer mejor a todos.
Para culminar, me gustaría citar un texto del papa Pío XII que se refiere a la vida económica pero que puede aplicarse a otros ámbitos. Se trata de una enseñanza que parece expuesta para nuestra querida Argentina hoy: “La Iglesia exhorta igualmente a todo aquello que contribuye a que las relaciones entre patronos y trabajadores sean más humanas, más cristianas, y estén animadas de mutua confianza. La lucha de clases nunca puede ser un fin social. Las discusiones entre patronos y trabajadores deben tener como fin principal la concordia y la colaboración”.
Exposición en el panel “Enrique Shaw: liderazgo empresario inspirado en la Doctrina Social de la Iglesia” en el V Congreso Internacional de Relaciones del Trabajo, 13, 14 y 15 de mayo, Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires (UBA). El panel fue el miércoles 13 de mayo con Ignacio García Suárez (UNLP) y Juan Ignacio Fariña (ACDE). El moderador fue Diego Riquelme.

