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Fin

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Manuel Adorni dejó su cargo de Jefe de Gabinete después de más de tres meses de desgaste. Un caso de mala praxis que podría haberse evitado si se hubieran aplicado algunos criterios básicos de profesionalismo en materia política y comunicacional.

 

El sueldo bruto del Jefe de Gabinete ronda los ocho millones de pesos. Seis millones, pongamos, de neto. Casi todo el mundo sabe que, de alguna manera, que mejor no averiguar, a eso hay que sumarle un plus indeterminado que vuelve atractivo el paquete. El pacto tácito es que no se note. Que a los ministros, mientras estén en funciones, no se les dé por hacer gastos muy visibles que disparen sospechas: viajes en aviones privados, compras de casas y departamentos, refacciones importantes… Todo lo que hizo Adorni sin ponerse colorado.

Además, estuvo el factor de la comunicación. Primero, la arrogancia del ahora ex Jefe de Gabinete con los periodistas, que sembró generosos rencores. Después, un discurso de “somos distintos” que dejó la vara moral por las nubes, sin margen para las incoherencias. Más tarde, la inclusión de su mujer en el avión presidencial en un viaje oficial a New York, y la excusa exculpatoria —“vengo a deslomarme”— del funcionario. Y el vuelo privado a Punta del Este y el departamento de Caballito con sus reformas y la casa de Indio Cua con su pileta y los dólares heredados de su papá y la fortuna en criptomonedas olvidada en un pendrive. Demasiado.

¿Qué se podría haber hecho de otra manera, con menos daño para el Gobierno? Casi todo. Vamos por partes:

Al final, fue torpeza, ineptitud. Aunque el caso admite también otra lectura. Si se mira bien, en estos tres meses se cumplió plenamente el “principio de revelación” al que tantas veces acudió el Presidente: todo lo que hicieron mal él, Karina y Manuel, es porque no son políticos profesionales, como los demás. Si lo hubieran manejado mejor, probarían que son parte de la casta. Y no: tanta impericia sólo se explica porque son amateurs. Notable.

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