Actualidad Sin categoría

Fin

Escrito por Juan Luis Iramain
Escuchar este artículo

Manuel Adorni dejó su cargo de Jefe de Gabinete después de más de tres meses de desgaste. Un caso de mala praxis que podría haberse evitado si se hubieran aplicado algunos criterios básicos de profesionalismo en materia política y comunicacional.

 

El sueldo bruto del Jefe de Gabinete ronda los ocho millones de pesos. Seis millones, pongamos, de neto. Casi todo el mundo sabe que, de alguna manera, que mejor no averiguar, a eso hay que sumarle un plus indeterminado que vuelve atractivo el paquete. El pacto tácito es que no se note. Que a los ministros, mientras estén en funciones, no se les dé por hacer gastos muy visibles que disparen sospechas: viajes en aviones privados, compras de casas y departamentos, refacciones importantes… Todo lo que hizo Adorni sin ponerse colorado.

Además, estuvo el factor de la comunicación. Primero, la arrogancia del ahora ex Jefe de Gabinete con los periodistas, que sembró generosos rencores. Después, un discurso de “somos distintos” que dejó la vara moral por las nubes, sin margen para las incoherencias. Más tarde, la inclusión de su mujer en el avión presidencial en un viaje oficial a New York, y la excusa exculpatoria —“vengo a deslomarme”— del funcionario. Y el vuelo privado a Punta del Este y el departamento de Caballito con sus reformas y la casa de Indio Cua con su pileta y los dólares heredados de su papá y la fortuna en criptomonedas olvidada en un pendrive. Demasiado.

¿Qué se podría haber hecho de otra manera, con menos daño para el Gobierno? Casi todo. Vamos por partes:

  • Humildad. Para crispados, ya está el Presidente. Adorni no necesitaba de la arrogancia para cumplir con eficacia su función de vocero o de Jefe de Gabinete: no hay manual en este mundo que aconseje a un funcionario público cultivar la antipatía de los periodistas (y de buena parte de la sociedad) durante tantos meses, hasta el punto de hacerlos casi disfrutar de su caída. De sentido común.
  • Reglas. Ya que hay funcionarios que no se dan cuenta solos, a pesar de tener el secundario completo, quizá hubiera servido un vademécum detallado con lo que no se puede hacer bajo ninguna circunstancia mientras estén en el cargo: ni aviones privados ni vacaciones de lujo ni casas nuevas ni reformas costosas ni otras obviedades. Y mucho menos justificar la evasión de impuestos, “como todos los argentinos”. No era tan difícil.
  • Reacción. “Errare humanum est”, dice el viejo adagio latino. Por eso, un recaudo profesional básico: contar con un equipo de manejo de crisis que, cuando alguien mete la pata, evite que el barro llegue al cuello por pura torpeza. Un escándalo provocado por un funcionario de alto rango es un problema para todo el Gobierno: no debió quedar en manos inexpertas, y mucho menos, en las del mismo ministro que lo provocó. Elemental.
  • Reincidencia. La frase completa reza: “Errare humanum est, sed perseverare diabolicum”. Errar es humano, pero mantenerse en el error, diabólico. Adorni se equivocó varias veces a lo largo de cien días, pero Milei persistió en el error al mantenerlo en el cargo con el argumento de que en realidad se trataba de una conspiración de periodistas ensobrados. La gravedad del caso merecía razones más sólidas.
  • Extensión. El axioma es de hierro: el daño que provoca una crisis es directamente proporcional a su duración. O sea, cuanto más larga, peor. Lo que podría haber sido un tropezón de una semana, se convirtió en un calvario de más de tres meses. Una prueba más de que las internas tienen costos: si la guerra entre Karina y Santiago no fuera tan cruenta, quizá la Hermanísima no se hubiera empeñado tanto en sostener a Adorni. Y hoy estaríamos hablando de otra cosa.

Al final, fue torpeza, ineptitud. Aunque el caso admite también otra lectura. Si se mira bien, en estos tres meses se cumplió plenamente el “principio de revelación” al que tantas veces acudió el Presidente: todo lo que hicieron mal él, Karina y Manuel, es porque no son políticos profesionales, como los demás. Si lo hubieran manejado mejor, probarían que son parte de la casta. Y no: tanta impericia sólo se explica porque son amateurs. Notable.

Sobre el autor

Juan Luis Iramain

Doctor en Comunicación (U.Austral). Socio Director de INFOMEDIA.

Deje su opinión