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Miles de personas salieron a las calles de Buenos Aires a vitorear a Colapinto en su paseo de exhibición: un fenómeno que, igual que sucede con la Selección de fútbol, puede entenderse en clave de identidad y orgullo colectivo. Más de 600 mil personas se juntaron para ver pasar a Colapinto por las avenidas de Buenos Aires. El pobre Franco todavía no ganó nada, pero ya lo tratamos como a un héroe. Es joven, simpático, audaz, competitivo. Además, pegó el salto a la F1 sin tenerlas todas consigo, de puro guapo nomás. Y eso nos gusta. Hay quien piensa que algo misterioso lo conecta con la Selección de Scaloni que, en otra escala, juntó a más de 4 millones de personas aquel glorioso diciembre de 2022, cuando nos trajo la Copa del Mundo. Pura pasión popular. ¿Qué nos pasa con Franco o con Messi y sus compañeros? ¿Qué nos entusiasma de los Pumas cuando vemos que pelean de igual a igual con las grandes potencias del rugby? ¿Por qué nos enorgullecen las viejas glorias argentinas de todos los deportes? ¿Qué nos generan San Martín, Borges, Leloir, Favaloro, Piazzola, Soda Stereo o Les Luthiers cuando escuchamos que algún extranjero pronuncia sus nombres con admiración? Finalmente, y con las disculpas de quien tenga otras preferencias políticas, ¿qué le pasa a medio país cuando Milei recibe aplausos y reconocimientos en New York o Tel Aviv? Este fenómeno complejo —llamémoslo “orgullo nacional”— merece algún pensamiento, por sus implicancias sociales y políticas:
Quizá la gente salió a la calle a celebrar a Colapinto con la ilusión de que Fangio reencarne en él y nos corone de nuevo de gloria. Y sea una pieza más de ese proyecto colectivo al que adherimos, a veces sin plena conciencia, con independencia de a quién votemos: el que nos hace querer que la Argentina sea grande otra vez. |
Franco, pasión de multitudes

