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Franco, pasión de multitudes

Escrito por Juan Luis Iramain
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Miles de personas salieron a las calles de Buenos Aires a vitorear a Colapinto en su paseo de exhibición: un fenómeno que, igual que sucede con la Selección de fútbol, puede entenderse en clave de identidad y orgullo colectivo.

Más de 600 mil personas se juntaron para ver pasar a Colapinto por las avenidas de Buenos Aires. El pobre Franco todavía no ganó nada, pero ya lo tratamos como a un héroe. Es joven, simpático, audaz, competitivo. Además, pegó el salto a la F1 sin tenerlas todas consigo, de puro guapo nomás. Y eso nos gusta. Hay quien piensa que algo misterioso lo conecta con la Selección de Scaloni que, en otra escala, juntó a más de 4 millones de personas aquel glorioso diciembre de 2022, cuando nos trajo la Copa del Mundo. Pura pasión popular.

¿Qué nos pasa con Franco o con Messi y sus compañeros? ¿Qué nos entusiasma de los Pumas cuando vemos que pelean de igual a igual con las grandes potencias del rugby? ¿Por qué nos enorgullecen las viejas glorias argentinas de todos los deportes? ¿Qué nos generan San Martín, Borges, Leloir, Favaloro, Piazzola, Soda Stereo o Les Luthiers cuando escuchamos que algún extranjero pronuncia sus nombres con admiración? Finalmente, y con las disculpas de quien tenga otras preferencias políticas, ¿qué le pasa a medio país cuando Milei recibe aplausos y reconocimientos en New York o Tel Aviv?

Este fenómeno complejo —llamémoslo “orgullo nacional”— merece algún pensamiento, por sus implicancias sociales y políticas:

  • Pertenecer. Sobrevivimos como especie porque supimos agruparnos para buscar comida, defendernos de las bestias salvajes y cuidar a los más débiles. Ser tribales nos hizo fuertes y, de paso, nos otorgó identidad colectiva. Por eso nos gustan los rituales que nos recuerdan que somos parte de algo más grande. Por eso la emoción ante el Himno y la Bandera. Y por eso el culto a los sobreentendidos que nos hacen sentir argentinos.
  • Destacarse. Si formar parte de un grupo es siempre atractivo, ser miembro de la tribu que gana, la mejor, la que más se destaca, resulta irresistible. Los pueblos —y las organizaciones— tienen relatos míticos en los que sus héroes brillan, se destacan. La Argentina, todavía adolescente, como la pensaba Ortega y Gasset, quizá necesita todavía demostrarse que puede, que está a la altura. Y por eso celebra cada logro como si en eso le fuera la vida.
  • Proyectarse. Las experiencias colectivas no solo dan cohesión por su referencia a un pasado glorioso, ni por servir para celebrar los triunfos presentes: contribuyen a imaginar un futuro promisorio que renueva y fortalece la identidad de un país o de una organización. Las sociedades sin un proyecto común, tienden a morir. Por eso la mira en la próxima carrera, en el Mundial, en las elecciones, en lo que sea que esté por venir.
  • Trascender. Ser parte de algo mayor, sentir orgullo por eso, imaginar un futuro colectivo: todos ingredientes del fenómeno gregario. Y un paso más: la aspiración a quedar en la memoria, a trascender, a no morir del todo. El plural nos inmortaliza: quedamos en el recuerdo de alguien y, de alguna manera, permanecemos, aunque ya no estemos. Tal vez, sin plena conciencia, es una de las razones por las que celebramos rituales conmemorativos.

Quizá la gente salió a la calle a celebrar a Colapinto con la ilusión de que Fangio reencarne en él y nos corone de nuevo de gloria. Y sea una pieza más de ese proyecto colectivo al que adherimos, a veces sin plena conciencia, con independencia de a quién votemos: el que nos hace querer que la Argentina sea grande otra vez.

Sobre el autor

Juan Luis Iramain

Doctor en Comunicación (U.Austral). Socio Director de INFOMEDIA.

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