Cuando “converso” con alguna inteligencia artificial, me parece ver que sus respuestas son más apropiadas cuando la temática del chateo se puede enmarcar entre dos ejes cartesianos. Me gusta cómo funciona, por ejemplo, comparando productos u ordenando alternativas. Es más, aunque no se lo pida, la IA me responde la consulta con una tabla muy prolija de dos o tres columnas y algunas filas.
Para este texto, le pregunté a Gemini por los diversos usos de la palabra “celda” que puse en el título. Le pedí que me los señalara tanto en castellano como en inglés. Hoy, a mi mente se le ocurrió usar esta palabra, por la frustración de ayer de no poder leer correctamente las hojas del Excel que me mandó Sandra F. Gemini me respondió acerca de los usos de “cell” y de “celda” y, obviamente, me hizo una tabla: se refirió a la energía solar, a porqué al móvil se lo llama cell phone, mencionó las celdas de un panal, las del Excel, las de los monjes y las de los presos y me explicó la idea de célula que junto con otras compone un algo vivo. “Excel-ente” y sobreabundante la devolución de Gemini.
Siguiendo el decurso de mis asociaciones libres, le pedí que me recordara la etimología griega de la palabra “catálogo” -ya que mis años de griego quedaron grabados, pero no visibles, en la caja negra en algún lugar de mi fuselaje. Me dijo que katá significa “de arriba a abajo” (en el sentido de un recorrido exhaustivo -esto lo digo yo) y que logos -como sí recordaba- tiene miles de significados. Pero Gemini rescató (otra vez de modo “excel-ente”) la traducción específica: en este caso logos significa “lista”. Y, sin que se lo pida, como suele hacer, me dio mucha más información incluido el cómo se usaba la palabra catálogo en la antigüedad.
Entonces, la sensación es esta: cuando la IA detecta el punto “P” (el par ordenado o la coordenada) donde se juntan el valor de X con el valor de Y de la pregunta planteada o, puesto de otra forma, cuando la IA detecta la celda de intersección entre las filas y las columnas de la cuestión solicitada, te dispara con todas las municiones que tiene o encuentra en esa celda.
El otro día tenía que encontrarme con mi amiga Laura N. que vive en Devoto y me dice de buscar un lugar intermedio. Le dije que prefería uno en el que me dejara el colectivo 111 para ir desde Palermo. Su búsqueda en una IA nos inventó un café que no existe en una dirección en Chacarita que no existe (Guevara solo llega hasta el 1600 y propuso Guevara 5131). ¿Respondió eso porque la pregunta incluía mucho más que una X y una Y? No lo sé y no importó, logramos vernos igual.
Las personas artificiales
Bien, pero ¿cuál es mi punto acá? ¿hacia dónde voy? Usualmente se critica la antropomorfización de la IA, es decir, se cuestiona el hecho de proyectar sobre una tecnología creada por el hombre las características de la agencia humana, la capacidad de decidir y actuar. Para algunos, el hecho mismo de denominarla “inteligencia” ya es, de por sí, una especie de antropomorfización.
Sin embargo, de lo que no se habla -y tampoco digo que “deba” hablarse- es de ¡la artificialización de los anthropos! Castellanizando esta expresión que se me acaba de ocurrir, me refiero a las personas que, a largo de la vida, se han ido haciendo más artificiales, en lugar de más humanas. (Esto no es cosa de jóvenes porque se necesita tiempo).
Corriendo el riesgo de escribir algo que se convierta en mi propia medicina, llamo artificial a la “persona-catálogo”. La persona-catálogo es aquella que mientras parece conversar contigo está agazapada esperando poder rápidamente clasificarte o encasillarte. A partir de dos o tres cosas Don o Doña Catálogo te pone una etiqueta: una tarjeta roja o una amarilla, un adjetivo o una calificación, un consejo o una recomendación, una corrección o una falta, un análisis o una interpretación. La etiqueta, a veces, incluye también una predicción sobre tu futuro o una inferencia imaginativa que derrama sobre todos los aspectos de tu vida -incluida la vida eterna.
Hoy tiendo a considerar cualquier etiqueta recibida como una mordaza, más que como algo a refutar. Obedecer al silencio al que me han condenado con la etiqueta es lo menos consumidor de energía ya que muy probablemente el otro, en lo profundo, no quiera conversar. Además, refutar la etiqueta recibida podría convertirse en un callejón sin salida ya que implicaría hacerlo en los términos de un catálogo individual que no me pertenece (¡yo tengo otro!), que no conoceré nunca en su totalidad y que su dueño o dueña considera que es universal. En definitiva, la persona-catálogo tiende al Tupper, al frasco de mayonesa, a la homogeneidad, al monólogo, al control de la narrativa y toma tus palabras aisladas para acorralarlas en una celda.
Nobleza obliga. Seguramente, el carcelero/la carcelera antes -pero mucho antes- ha padecido el encierro en alguna celda clasificatoria. Es posible, quizás, que sea de la condición humana llevar un prisionero y un carcelero dentro. Habrá que esperar pacientemente a que el carcelero desee deconstruir la celda o a que el prisionero le robe la llave y descubran la libertad para sí y para los demás.

