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La castidad, una clave para el liderazgo cristiano

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¿Qué tiene que ver la castidad con el liderazgo? A primera vista, pareciera que nada. Solemos reducir esta virtud al ámbito de la sexualidad. Sin embargo, la tradición cristiana la comprende como una educación del corazón que transforma nuestra manera de mirar a los demás. Y esa mirada modifica profundamente el modo de conducir una empresa o un equipo de trabajo.

Quizás, hasta ahora, la hemos asociado a un mandamiento de la Iglesia para los novios, a una virtud reservada para algunos o incluso a algo “propio de los curas”. En cualquier caso, reducirla a un conjunto de normas morales es empobrecer profundamente su significado.

La castidad es una virtud que integra el amor y educa la mirada. La persona casta aprende a contemplar al otro en el esplendor de su dignidad, sin convertirlo en un objeto ni en un instrumento para sus propios fines.

Julián Marías, filósofo español del siglo XX, recordaba que el ser humano posee una “condición sexuada”: existimos en el mundo como varones o mujeres, llamados a la donación. Nuestra corporeidad no habla solamente de sexualidad; habla, sobre todo, de amor. Por eso la castidad no ordena únicamente nuestros deseos, sino toda nuestra capacidad de amar.

Quizás por eso Jesús afirma en el Sermón de la Montaña: “felices los puros de corazón, porque verán a Dios”.

Durante años esa bienaventuranza me interpeló profundamente. Cada vez que escuchaba aquellas palabras, algo se detenía en mí. La recompensa era grande: los puros de corazón verán a Dios. Pero… ¿qué significa tener un corazón puro?

Adentrarme en su reflexión me llevó a descubrir una verdad que terminó transformando mi manera de comprender las relaciones humanas, también en el ámbito profesional. Todo lo que “presentía” sobre el amor y la persona, lo que mi sensibilidad me anticipaba, se encarnó y materializó en enseñanzas concretas, capaces de interpelar al corazón más duro.

El tesoro que promete “ver a Dios” nos lleva a exclamar con todo nuestro corazón, como el mismo Enrique Shaw exclamaba: “haz que te ame a ti y a todo lo que amas, es decir al prójimo, viéndolo no con nuestros ojos, sino tratando de ver en él lo que Dios ve” (Enrique Shaw, Notas y apuntes personales, Ed. Claretiana, 2013, p. 31.).

Por ello, podemos afirmar que la castidad es una virtud que, sostenida por la gracia, nos capacita para ver a los demás en su condición de criatura profundamente amada por Dios, respetando esta ontología básica al ver lo mejor que hay en ellos: su corazón y su dignidad. Custodiar la castidad es custodiar ese orden del amor que Cristo ha inscrito en el corazón de toda persona.

La castidad, entonces, definitivamente modifica nuestra moral sexual, pero también impacta en toda nuestra afectividad y se constituye como una clave – a veces olvidada – del liderazgo cristiano.

San Juan Pablo II desarrolló esta intuición al formular la llamada norma personalista: la persona nunca puede ser tratada como un medio, sino siempre como un fin. La única actitud verdaderamente adecuada frente a una persona es el amor.

¿No es precisamente este mandamiento uno de los mayores desafíos del mundo empresarial?

Las empresas necesitan eficiencia, resultados, productividad y competitividad. Todo eso es legítimo. Pero cuando esas exigencias hacen olvidar que detrás de cada puesto de trabajo hay una persona irrepetible, creada a imagen de Dios, el liderazgo pierde su centro.

La castidad devuelve ese centro.

Nos recuerda que el colaborador no es un recurso, el cliente no es un número, el socio no es simplemente un aliado estratégico y el jefe tampoco es un escalón para alcanzar nuestros propios objetivos: todos son personas llamadas a la comunión con Dios. También nos recuerda que la empresa y el trabajo ocupan un lugar importante en nuestra vida, pero no el primero.

Por todo ello, a la luz del testimonio de Enrique Shaw, quisiera detenerme en tres dimensiones concretas practicables en la vida profesional que pueden ser transfiguradas por esta virtud y que configuran al líder o empresario cristiano.

 

1.Educar la mirada: mirar a nuestro equipo de trabajo o a nuestros colaboradores con una mirada casta.

La primera tarea de un líder cristiano consiste en aprender a mirar: la mirada se educa. Podemos acostumbrarnos a ver únicamente funciones, resultados o errores, o podemos aprender a descubrir personas concretas, con una historia, una dignidad y una vocación que no depende de ningún factor externo.

Enrique Shaw escribía: “si no podemos hacer otra cosa, tratemos a nuestros subordinados como a nuestros hermanos en Jesucristo. En una familia, cuando no hay dinero, hay que suplir las estrecheces con un desbordar de amor, afecto y comprensión. Si a la falta de medios añadimos malos tratos e incomprensiones, la familia se convierte en un infierno. En la empresa ocurre algo semejante; por ejemplo, recibiendo a la gente cuando uno está apurado” (p. 56).

Contemplar a cada persona que integra nuestros equipos de trabajo —como también a nuestros socios, clientes, superiores o compañeros— con un corazón casto exige sacrificio y constancia.

Los gestos cotidianos son el terreno donde esa virtud se hace visible. Preguntar por la vida del otro, escucharlo con verdadera atención, interesarse por sus alegrías y preocupaciones, corregir sin humillar, agradecer un esfuerzo silencioso o estar disponibles incluso cuando el tiempo apremia son formas concretas de reconocer que la persona vale por sí misma y no por la utilidad que representa para la organización.

Incluso, escuchar un reclamo —aun cuando nos involucra personalmente o creemos que es injusto— es señal de que nuestra roca firme está en Cristo y que estamos dispuestos a construir el Reino de Dios, buscando el crecimiento de ambos, el entendimiento y la mutua promoción, dejando de lado la búsqueda de reconocimiento, de “razón” o la soberbia que tantas veces nos lleva a forjar un corazón de piedra.

Se trata de reconocer la dignidad de quien tenemos delante. Significa descubrir que los dones del otro enriquecen el bien común y que incluso sus limitaciones pueden ayudarnos a crecer en paciencia, humildad y caridad. Que cada día es una oportunidad para crecer en santidad y perfeccionarnos en el amor, reconociendo nuestras propias faltas.

Esta disposición aumenta el espíritu caritativo y disminuye la sensación de competencia que tantas veces irrumpe en la vida empresarial para ensalzar egos y dejar poco espacio a quien verdaderamente dignifica: solo Cristo.

La mirada casta combate la lógica de la instrumentalización. Allí donde el mundo invita a competir para sobresalir, el cristiano aprende a alegrarse por los talentos ajenos y a ponerlos al servicio de una misión compartida. Así se construyen organizaciones más humanas, donde las personas no son un mero recurso o capital.

Mirar al otro en la verdad de su persona, cultivar una mirada agradecida y un corazón alegre, capaz de descubrir todo lo bueno que Dios ha sembrado en él, forma líderes verdaderamente cristianos. Líderes que no solo procuran la excelencia de la empresa y que impulsan a mejorar el servicio que esta presta en el mundo, sino que acompañan a quienes trabajan con ellos con un corazón de padre, a imagen del único Padre, que continúa su obra en cada persona.

 

2.Liderar desde el testimonio: hacer visible a Cristo en la vida profesional.

La castidad no solo educa la mirada; también configura el corazón de quien ejerce el liderazgo. No basta con tratar bien a las personas. El empresario cristiano está llamado a ser testigo de Cristo allí donde desarrolla su misión.

Enrique Shaw comprendía que la transformación de una empresa comienza por la propia conversión. Escribía: “Debo hacer que Cristo reine en mí”, invitándose a sí mismo a la inmolación, “reduciendo en nosotros al hombre viejo, para que en nosotros viva Jesús” (pp. 112 y 116). Y cuando se preguntaba cuál era el mejor modo de difundir el Evangelio, su respuesta era clara: vivirlo (p. 106).

Podemos hablar de Dios, compartir su mensaje o defender los valores cristianos. Pero, como recuerda san Pablo, si no hay amor, nuestras palabras se vacían de contenido. El amor no se limita a un discurso; se hace visible en las obras, en los gestos cotidianos, en la coherencia entre lo que creemos y lo que vivimos. Es un verbo que lleva a la acción y al encuentro.

Nada educa más en la fe que el testimonio de una vida imperfecta, pero profundamente anclada en Cristo con corazón manso y humilde. Personas capaces de educar la mirada y el corazón para querer verlo sólo a Él y a Él en los hermanos.

El hombre y la mujer que viven la castidad aprenden también a contemplar el misterio de Dios presente en la creación. Descubren el bien sembrado en cada persona y procuran mirar con ojos renovados por la esperanza. Es la misma mirada de Dios al crear al género humano: “Y vio Dios que era muy bueno” (Gn 1,31).

Mirar así a quienes trabajan con nosotros es decirles, muchas veces sin palabras: “Es muy bueno que existas”, revelándoles que fueron creados por y para el amor, siendo éste nuestra única actitud ante su presencia.

Si permanecemos unidos a Cristo en la oración, Él mismo irá configurando nuestro corazón con el suyo. Solo necesita un corazón disponible, dispuesto a dejar que el Evangelio transforme primero la propia vida para poder anunciarlo con la fuerza silenciosa del ejemplo.

 

3.Ordenar las prioridades: vivir la profesión al servicio de la vocación

La castidad no solo educa la mirada ni configura nuestro testimonio. También ordena nuestros amores. Nos recuerda que toda profesión es un servicio y que, por importante que sea, permanece subordinada a la vocación primera a la que Dios nos ha llamado: el matrimonio o la vida consagrada.

Enrique Shaw tenía muy claro este orden. Vivió con intensidad su misión como empresario, pero jamás perdió de vista que su primera vocación era la de esposo y padre. Escribía: “Casarse es no pertenecerse más a sí mismo… ¿Cómo puede secarse el amor de los esposos, si han sido creados y unidos para darse a Dios el uno al otro?” (p. 44).

Esta convicción interpela profundamente al empresario cristiano de nuestros días. Existe siempre el riesgo de convertir el trabajo en el centro de la propia identidad, de medir el valor de la vida por los logros profesionales o de relegar aquello que Dios nos confió primero. Sin embargo, el servicio profesional encuentra su verdadero sentido cuando nace de un corazón ordenado en el amor.

San Juan Pablo II recuerda que los esposos, mediante el sacramento del matrimonio, “reconocen y acogen libremente la vocación a vivir el seguimiento de Cristo y el servicio al Reino de Dios en el estado matrimonial” (Familiaris consortio). En una sociedad líquida y en una cultura del descarte, la comunicación de la verdad sobre el amor matrimonial resulta más necesaria que nunca. La indisolubilidad del matrimonio encuentra su verdad última en el amor absolutamente fiel con que Dios ama al hombre.

El empresario cristiano no lleva primero a Cristo a la empresa; primero deja que Cristo reine en su matrimonio, en su familia y en su propio corazón. Solo entonces su trabajo se convierte verdaderamente en misión.

En este sentido, nuestro primer lugar de santificación es el hogar, esa Iglesia doméstica donde aprendemos el lenguaje del amor libre, total, fiel y fecundo. Allí la castidad se hace vida concreta: en el perdón cotidiano, en la paciencia, en la entrega silenciosa y en la fidelidad de cada día. Es allí donde aprendemos a portar la Cruz de Cristo y a renovarnos constantemente en la esperanza de su Resurrección, aún ante las dificultades propias de la vida.

Quien aprende a amar de este modo descubre que la profesión ocupa el lugar que le corresponde: deja de ser el centro de la propia vida para convertirse en un servicio. La experiencia familiar se vuelve, así, una verdadera escuela de liderazgo. El hogar forma el corazón que luego sabrá conducir personas, construir el bien común y servir con humildad en la empresa.

La fidelidad a la propia vocación y la educación de los hijos en este amor fecundo no permanecen encerradas en el ámbito privado. Se convierten en un signo visible del amor de Cristo por su Iglesia, capaz de despertar, incluso en los corazones más alejados, el deseo de encontrarse con un Dios que ama con misericordia y permanece fiel en toda circunstancia. Así, la vida familiar y el trabajo dejan de ser caminos paralelos para integrarse en una misma misión: participar, desde la propia vocación, en la obra salvífica de la Iglesia.

Espero que estas breves reflexiones, a la luz de nuestro Fundador, nos lleven -como él mismo señalaba- a buscar la “pureza y fortaleza, humildad y caridad, sin las cuales no se logra nada duradero, nada espiritualmente provechoso” (p. 69).

 

La autora de esta nota dictará, durante agosto, un taller sobre integración afectiva. A través de una selección de textos filosóficos de la tradición cristiana, procurará ofrecer recursos para adentrarnos en el corazón de la pureza y la castidad.

Interesados contactarse al correo alejandramoberst@gmail.com.

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