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Quizás haya que vaciarse para ser ricos

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Vivimos en un mundo saturado de actividades y mensajes. Nuestro disco rígido vive lleno y necesitamos vaciarlo permanentemente para respirar. Pero pareciera que sólo lo hacemos para volver a llenarlo, girando en un círculo vicioso interminable de sobre exigencias.

Nuestra vida se mueve en gran medida en torno a un mundo laboral muy exigente, que muchas veces nos agobia, que dificulta que le encontremos  sentido. Y siguiendo esta lógica, el descanso lo vivimos como un momento necesario para recuperar fuerzas para seguir produciendo, nada más. “No se trabaja solamente por el hecho de vivir, sino que se vive para trabajar”, nos dice Max Weber [1]

Esta rueda laboral pareciera expulsar toda actitud de “pérdida del tiempo” valiosa que nos lleve a detenernos para adentrarnos en nosotros mismos y conectarnos con nuestro ser más auténtico.

Dice José Tolentino que “pasamos por las cosas sin habitarlas, hablamos con los demás sin escucharlos, acumulamos información que no llegaremos a profundizar.”[2]

Resulta sorprendente descubrir cómo la mirada clásica de los griegos era diametralmente opuesta. En la Ética a Nicómaco, Aristóteles nos dice que “Estamos no ociosos para tener ocio”[3], es decir que estamos activos para poder tener un espacio de tiempo que nos permita encontrarnos con nosotros mismos. El centro del hombre estaba centrado en el ocio como actividad de contemplación y descubrimiento de la profunda verdad del hombre. Es decir, lo contrario a lo que nos dice Max Weber. Justamente de la expresión “no-ociosos” deriva la palabra “negocio”, negación del ocio, negación de una vida que busque su sentido y se detenga para reflexionar y tomar la debida perspectiva. El oráculo de Delfos tenía una frase grabada al ingresar al templo de Apolo que definía la filosofía del hombre de esa época: “conócete a ti mismo.”

Pareciera que el mundo de hoy ha perdido su capacidad reflexiva y se orienta a la productividad como modo de vida, tendiendo por definición a ser glotón y gordo, en el que todo es devorado (y quizás nosotros mismos), como consecuencia de una pulsión irrefrenable hacia un hacer irreflexivo. Cada mañana este hombre “faber” (productor) vuelve a tener hambre y nos pide más y más.

Sostiene Drewermann que “… la inclinación del hombre hacia la comida, el impulso oral en el hombre, que pretende acapararlo todo, es a fin de cuentas,  el ansia de existir, de rellenar el vacío de la nada.”[4]

¿Será tal vez esta pulsión devoradora expansiva la que buscamos contrarrestar con el culto al cuerpo, como expresión inconsciente de nuestro temor a la muerte y a la nada?

Parece contrario al mundo actual detenerse, meditar y vivir en un ayuno interior. Hemos perdido la capacidad de silencio, pausa y búsqueda del sentido de nuestra existencia.

Decía la filósofa Simone Weill que “… mirar y comer son dos cosas diferentes. Hay que optar por la una o por la otra. Sólo hay alguna esperanza de salvación para quienes consigan permanecer un tiempo mirando en lugar de comiendo.”[5]

Es esa nada existencial la que nos está llevando a vivir sin una brújula.

Para encontrarnos con nosotros mismos (y no ser manipulados) necesitamos vaciarnos y detenernos. Allí podrá surgir algo nuevo. En ese vacío vital nos purificaremos, podremos contactarnos con la verdad de nuestra existencia, su trascendencia luminosa, y al mismo tiempo con nuestra pobreza y vulnerabilidad, ya que somos creaturas llenas de luz y oscuridad, esperanzadas y limitadas, libres y dependientes, llamadas a descubrir el sentido trascendente de la vida.

Me pregunto si es posible desarrollar una actividad laboral que genere riquezas y sea eficiente, basada al mismo tiempo en principios como la pausa, la introspección y el cuidado del consumo.

¿Es posible encontrarnos a nosotros mismos en un mundo laboral que nos reclama rendimientos y resultados, y nos alienta a acelerarnos a cada instante?

¿Será posible encontrar silencio interior para detenernos y escucharnos?

¿Cómo podríamos hacer para clausurar nuestras voces prejuiciosas y modelos mentales que nos empujan a trabajar sin freno, dejando de lado nuestro ego, el narcisismo autorreferencial y permitiendo espacios para encontrarnos con nosotros mismos y los demás?

Me ha llamado la atención, en medio de este frenesí existencial, la trayectoria del multimillonario Charles Feeney, fallecido en 2023 a los 92 años, cofundador de Duty Free Shoppers.

Su gran fortuna la hizo cuando decidió que las tiendas que utilizaba para vender productos a los militares norteamericanos que viajaban a Europa, se transformaran en tiendas libres de impuestos. Descubrió la creciente demanda de viajes internacionales y el deseo de los turistas para adquirir productos de lujo libres de impuestos, lo que lo llevó a fundar su exitosa organización.

Feeney vivía desprendido de su inmensa riqueza. Su estilo de vida estaba alejado de los lujos y ostentaciones, la que buscó transmitir a su empresa.

Prefería comer en bares populares antes que en restaurantes de lujo. Viajaba en clase económica antes que en primera y llevaba un reloj de 15 dólares y una bolsa de plástico con los periódicos y libros que iba leyendo.

Se movía en el anonimato, lo que le ayudó a ser un observador desconocido y cercano a las personas y los lugares, para percibir el mundo sin intermediarios.

Durante sus viajes por tierra, Feeney nunca tomaba un coche privado, prefiriendo viajar en autobús, taxi o tren.

El éxito comercial de Feeney, unido a una vida austera y desprendida, hace que me resuene la complementariedad (y quizás potenciación) de ambos aspectos. Tal vez la clave esté en alentar ambientes productivos y con alma, en los cuales la persona se sienta animada a desarrollar su compromiso y creatividad, en un modelo inspirado en la concepción del trabajo como camino de realización personal y social. En este sentido, José Kentenich me alienta a seguir este camino al señalar que “… el trabajo debe ser una participación de corazón en la actividad creadora y en la voluntad de donación de sí mismo propia de Dios.” [6]

¿Qué efectos se producirían en una empresa en la que sus miembros se sintieran alentados a donarse a sí mismos, participando de corazón en una actividad creadora y productiva?

Tres años antes de morir Feeney alcanzó su objetivo: donó toda su fortuna, (mayor a 8 mil millones de dólares) a organizaciones benéficas, universidades y fundaciones de todo el mundo. Sólo reservó dos millones de dólares para su jubilación y la de su esposa.

Hacia el final de sus días vivía con su esposa en un modesto departamento alquilado en San Francisco, utilizando para transportarse un Volvo de segunda mano y un reloj Casio de 10 dólares.

¿Qué libertad interior alcanzó Feeney al poder congeniar una empresa sumamente productiva con su compromiso interior de no dejarse seducir por las riquezas y vivir una vida austera y llena de sentido?

¿Existió alguna retroalimentación virtuosa entre su éxito empresarial y su capacidad para donarse interiormente?  Feeney logró congeniar ambos aspectos.

¿Qué efectos tendría despojarnos de nuestros deseos desmedidos de poder y buscáramos en cambio, despertar el deseo de forjar y crear? ¿Sería esto contrario a una cultura productiva? ¿Perderíamos beneficios y utilidades o quizás por el contrario, los multiplicaríamos?

María, la madre de Jesús, es el modelo por excelencia de una escucha silenciosa en Dios, que genera un sí creador, haciendo lugar a lo imposible e impensado.

Ella tuvo una apertura tan radical, que fue capaz de recibir y acoger lo inaudito e inconcebible, como fue la encarnación del hijo de Dios.

Después de su sí, María salió con prontitud en busca de su prima Isabel, para compartir su alegría. Surgió en ella una fuerza expansiva llena de alegría y decisión, capaz de mover montañas, aun sabiendo que una espada atravesaría su corazón

¿Es posible que exista alguna analogía -salvando la enorme distancia- entre el sí creador y expansivo de María y el desarrollo de una forma renovada de vida, basada en la donación de uno mismo, que nos lleve a vivir una vida empresaria renovada que trascienda los caminos ya recorridos?

Probablemente Charles Feeney sea un ejemplo de empresario, que supo recibir y acoger lo inaudito e inconcebible, al congeniar una empresa exitosa y productora de riquezas, junto a una vida personal llena de virtudes, en la que sea posible alabar a Dios diciendo  “Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos pertenece el Reino de los Cielos” (Mt. 5, 3)

[1] Conf. Josef Pieper “El ocio y la vida intelectual” (Ed. Rialp, 1970), pág. 12.

[2] José Tolentino Mendonça “Pequeña Teología de la lentitud”. Fragmenta Editorial (2025), pág. 8.

[3] Conf. Josef Pieper “El ocio y la vida intelectual” (Ed. Rialp, 1970), pág. 13.  Ética a Nicómaco, 10, 7 (1177 b).

[4] Anselm Grún. “Ayunar”. (Ed. San Pablo, 2006), pág. 65

[5] Byung-Chul Han “Sobre Dios. Pensar con Simone Weil”. Ed. Paidós (2025), pág.24.

[6] José Kentencih, “Desafíos de nuestro tiempo”. Editorial Patris, 1985, pág. 15.

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