Me llama la atención la resistencia, hasta el rechazo, que a veces llega a tenerse a la hora de reconocer distinciones de lo distinto. ¿Cuál es el problema de hacerlo?
Diré algo obvio. No toda diferencia es desigualdad. Somos diferentes. No es una injusticia, ni mucho menos, una tragedia; es una realidad. Incluso, esta situación ha llegado a describirse como una maravilla de la condición humana. A su vez, reconocer cualquier real desigualdad es la base para buscar caminos donde eso no se torne un factor de injusticia, sino de contemplación y respuesta a las necesidades de todos y de cada uno.
Desde esa comprensión positiva, podríamos afirmar que el mayor problema en relación al reconocimiento de las diferencias y particularidades es, simplemente, no hacerlo.
Lo que pienso es que muchas de nuestras confrontaciones –y huidas del diálogo, al fin– están vinculadas a las distintas formas de negación de esas diferencias que existen. O, al menos, a la dificultad para convivir con ellas y abordarlas.
Por esta resistencia, se paralizan conversaciones; no se va al fondo de un asunto ni se logra la escucha recíproca. Nos cuesta expresar razones en un marco de escucha mutua. No logramos sostener pacíficamente un intercambio; tendemos a huir si nos resulta molesto continuarlo. Cuántos ejemplos cada uno tendrá al respecto. Esta es una situación que se suele dar en distintas interacciones y ámbitos.
Especialmente al encarar ciertos temas, emergen escrúpulos, impaciencias, juicios apresurados, entrando en una espiral de cancelaciones de lo diverso que restringe la amplitud de mirada de la realidad y nuestra capacidad de encuentro. Le damos paso al “esto no lo quiero oír”, “no te quiero escuchar más”.
¿No son acaso más corrientes expresiones (actitudes) como “acá dejamos la conversación; me ofendí” o “estoy molesta con lo que estás diciendo; ¿la cortamos” que otras del tipo “no estoy de acuerdo con lo que dijiste, pero sigamos intercambiando”?
Nos volvemos mutuamente inaccesibles, tomados por una hipersensibilidad que nos expone a un brusco desenlace, coartando lo aún no dicho, alimentando una violencia que nos perjudica sustancialmente más que ese desacuerdo inicial que podríamos haber dialogado, con respeto y apertura.
Nos perdemos de recibirnos mutuamente por enfrascarnos en no reconocer las particularidades dadas en la realidad. En definitiva, nos perdemos de ese diálogo en el que habitan muchas de las respuestas que buscamos.
¿Y si empezamos por dejar de estar a la defensiva?
* Este artículo contiene fragmentos y adaptaciones del capítulo 4 del libro “Dejar que la realidad nos enseñe”. Viviana Endelman Zapata, 2026.

