Notas de gestión a partir del pensamiento de Enrique Shaw
En esta visión del empresario cristiano aparece un tema vital para cualquier persona del mundo de los negocios que es el riesgo. Cómo encontrar el punto entre no evitarlo sino más bien asumirlo con prudencia, confianza y desapego. El punto de vista del cristianismo viene a ponernos en este tema algunos puntos esenciales a analizar como la temeridad, la codicia y el desapego. Es por eso que conviene profundizar en algunos elementos que nos ayuden a encontrar el punto medio en esta cuestión.
El análisis debe partir de una realidad empírica: en toda acción empresarial el riesgo es algo ineludible. Emprender, invertir, desarrollar nuevos productos, abrir mercados, implica siempre una cuota de incertidumbre que incluso es receptada por el sistema legal. El riesgo es propio de la empresa.
La diferencia entre diferentes tipos de empresarios radica en la causa y la magnitud del riesgo asumido. Mientras que para algunos el riesgo se puede asumir desde la necesidad de acumulación o avaricia otros lo hacen casi por gusto deportivo (una suerte de amor al riesgo como en la ludopatía). En el otro extremo están quienes asumen el riesgo desde una postura de responsabilidad social, en busca de creación de trabajo, desarrollo de oportunidades o servicio al Bien Común.
El cristianismo viene a darnos un elemento distintivo en el análisis y es el desapego a los bienes materiales. No se trata de una indiferencia hacia los bienes sino de darles su ubicación como medios y no como fines. Quien no vive atado a lo que tiene, puede entregarlo. El empresario cristiano, como lo muestra Enrique y justamente por esa confianza en Dios, puede arriesgar con generosidad sin quedar paralizado por el miedo a perder.
Esta idea central nos viene dada en el Padre Nuestro cuando Cristo nos enseña a rezar “danos hoy nuestro pan de cada día”. Esta es la traducción de la versión latina que refiere al pan cotidiano (“panem cotidianum”). Sin embargo, la traducción de la versión de la Biblia Vulgata habla del pan “supersubstancial” y lo hace para traducir un término griego que sólo aparece en la Biblia, y en la historia de la humanidad, dicho por Cristo y en el contexto del Padre nuestro. El término es “epiousion” y alude a que tengamos lo que nos permita subsistir (la referencia es al término griego “ousía” que significa substancia). Es decir que el mandato bíblico es esperar lo que Dios nos dará para cada momento. Es el mismo mensaje de la parábola en la que cuenta la historia del hombre rico que hacía planes de derribar sus graneros para construir unos más grandes sin saber que moriría al otro día (Lc. 12, 16).
No se trata de no planificar o de no pretender crecer (pues el mismo Cristo también nos alienta al desarrollo de los bienes materiales en la parábola de los talentos, en la del mayordomo infiel, en la mención de la astucia de la serpiente, etc.) sino de ponderar adecuadamente dos cuestiones respecto al riesgo asumido: por un lado, la motivación que no responda a avaricia o espíritu de acumulación; y, por otro, que no resulte temerario o imprudente.
Los griegos entendían que la virtud es un término medio entre dos extremos viciosos. En nuestro caso, los extremos podrían ser el empresario medroso y pusilánime que no se atreve nunca a hacer crecer los bienes y la comunidad que se le han encomendado; y, por otro, el empresario temerario que arriesga todo en cada nuevo negocio. En ambos extremos se nos aparece también la avaricia tanto como excesivo apego en el que no se anima a invertir como en el que apuesta todo por ganar más.
Esta búsqueda del término medio, y de la examinación del móvil moral de la decisión por parte del empresario, es la que requiere también la Doctrina Social de la Iglesia en su Compendio: “Puesto que las decisiones empresariales producen, en razón de la creciente complejidad de la actividad empresarial, una multiplicidad de efectos emparentados de gran importancia no sólo económica, sino también social, el ejercicio de las responsabilidades empresariales y de dirección exige, además de un esfuerzo continuo de actualización específica, una constante reflexión sobre las motivaciones morales que deben guiar las opciones personales de quien está investido para tales tareas”.
De esta manera podemos poner en dimensión y contexto la visión del riesgo por parte del empresario a partir de la visión de Enrique. Se trata de una necesidad implícita por la actividad propia empresarial, pero debe ser valorada siempre desde la responsabilidad por el impacto social en la comunidad (la empresa primeramente y el resto de la sociedad después), y desde su motivación fundada en un desapego a los bienes materiales en cuanto medios y nunca en cuanto fines.

