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Una generación que sigue buscando

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¿En qué creen los jóvenes argentinos y qué esperan de la vida? Dos etapas del proyecto internacional Footprints permiten mirar de cerca a una generación atravesada por la secularización y la incertidumbre, pero que sigue valorando la educación, busca sentido en el trabajo y no parece haber renunciado ni a la trascendencia ni al deseo de contribuir a los demás.

 

La primera investigación de Footprints puso el foco en la fe, la religiosidad y los valores. En Argentina participaron 604 jóvenes de entre 18 y 29 años. Los resultados muestran un escenario atravesado por la secularización, aunque bastante más complejo que una simple pérdida de la fe.

Solo el 52% se definió como creyente en Dios. El catolicismo continúa siendo la principal identidad religiosa, pero alcanza a la mitad de los encuestados; un 11% se identifica como evangélico y un significativo 22% afirma no pertenecer a ninguna religión.

Sin embargo, cuando se mira más de cerca, las fronteras entre creer y no creer se vuelven menos nítidas. Entre los jóvenes ateos o agnósticos, el 48% cree en alguna forma de vida después de la muerte y el 70% reconoce haber rezado en situaciones extremas.

La secularización, entonces, parece convivir con una persistente búsqueda de trascendencia.

Creer, pero a mi manera. Entre quienes creen, además, la experiencia religiosa se vuelve más personal. El 98% de los jóvenes creyentes entiende la oración como una conversación con Dios y el 87% prefiere rezar a solas. Más de la mitad utiliza sus propias palabras y un 34% elige el silencio y la contemplación.  Es una fe que parece desplazarse de la institución hacia la experiencia personal.

De la pregunta por Dios a la pregunta por el futuro, la educación y el trabajo. Tres años después, Footprints volvió a escuchar a los jóvenes. Esta vez amplió considerablemente su alcance: en 2026 participaron más de 9.000 jóvenes de nueve países y, en Argentina, fueron consultados 1.003 jóvenes de 18 a 29 años.

La pregunta cambió, pero quizá no tanto como parece. Si en la primera etapa queríamos saber en qué creen, ahora buscamos comprender qué esperan de la educación y del trabajo y cómo imaginan su futuro.

Aparece un dato contundente: el 92% de los jóvenes argentinos considera importante contar con un título de educación superior para tener buenas oportunidades laborales. A pesar de las incertidumbres contemporáneas sobre el valor de los títulos y los cambios acelerados en el mercado laboral, la educación sigue ocupando un lugar central en el imaginario juvenil. Más aún: siete de cada diez continuarían formándose, aunque nadie los obligara a hacerlo.

Trabajar para vivir, pero también para realizarse. La necesidad económica pesa. El 80% afirma que necesita o necesitará trabajar para alcanzar estabilidad económica y, cuando se pregunta qué valoran especialmente en un empleo, el buen salario aparece como prioridad solo para el 35%.

Sería un error concluir que los jóvenes entienden el trabajo exclusivamente como una fuente de ingresos. El 71% quiere que su trabajo sea coherente con sus valores. El 70% espera que tenga un impacto positivo en su comunidad. Y otro 70% relaciona el trabajo con la posibilidad de construir su propio proyecto y realizarse personalmente.

Es quizás uno de los hallazgos más sugerentes de esta segunda investigación: seguridad económica, realización personal y contribución social no aparecen necesariamente como aspiraciones contrapuestas.

¿Quiénes influyen en esas decisiones? También preguntamos quiénes pesan a la hora de imaginar el futuro. Y en una generación habitualmente presentada como dominada por las redes sociales y los entornos digitales, aparece un dato que merece atención: la familia continúa siendo la principal referencia, mencionada por el 69% de los jóvenes. Las instituciones educativas —escuela y universidad— aparecen después, con un 43%.

El dato vuelve a poner en primer plano algo que ya aparecía, desde otro lugar, en la primera fase de Footprints: las relaciones importan.

Jóvenes menos fáciles de etiquetar. Quizá sea esta una de las principales conclusiones que dejan ambas investigaciones. Los jóvenes argentinos son difíciles de encerrar en categorías simples.

Pueden alejarse de una institución religiosa y seguir rezando. Pueden considerar que la conciencia personal es decisiva para distinguir el bien del mal —así lo señala el 82%— y, al mismo tiempo, asociar fuertemente la religión con el perdón y la solidaridad.

Del mismo modo, pueden buscar un buen salario y estabilidad económica, pero querer también un trabajo que sea coherente con sus valores y deje algo bueno en la sociedad.

Una generación que mira lo que pasa. Los jóvenes argentinos tampoco parecen tan ajenos a la vida pública como a veces se supone. El 56% afirma que sigue con frecuencia temas públicos y sociales —noticias, debates o contenidos en redes— y el 44% conversa o participa habitualmente en actividades relacionadas con asuntos de interés público en la universidad, el trabajo, el barrio u otros ámbitos cercanos. La participación más directamente comunitaria es menor: un 22% interviene con frecuencia en actividades o reuniones barriales.

Hay, además, un dato interesante cuando se compara a los argentinos con los jóvenes de los otros países estudiados: la participación política electoral es más alta en Argentina, mientras que las demás formas de participación cívica se mantienen en niveles similares al promedio internacional. En cambio, la pertenencia a organizaciones es baja: el 70% no participa en ninguna asociación o comunidad de las consultadas, frente al 53% del conjunto internacional. Solo el 11% participa en una comunidad religiosa, el 10% en una asociación cultural o artística, otro 10% en un partido político y el 6% en organizaciones de la sociedad civil.

Entre la preocupación y la esperanza. Quizás uno de los datos más llamativos aparece cuando se les pide que miren hacia adelante. Seis de cada diez jóvenes argentinos creen que las oportunidades laborales de los próximos años serán mejores que las actuales, una proporción superior a la del conjunto internacional. La esperanza es la emoción más asociada con el trabajo presente o futuro (42%), seguida por la confianza (37%); aunque conviven con el estrés o la preocupación (27%), la incertidumbre (19%) y el miedo (11%). No estamos, por tanto, ante una generación despreocupada por el futuro, sino ante jóvenes que parecen combinar inquietud y expectativa: perciben las dificultades, pero conservan una considerable confianza en las posibilidades que vienen.

El desafío de aprender a parar. Hay otro dato menos evidente, pero revelador de la experiencia cotidiana de esta generación de jóvenes. El 87% considera que el descanso es una parte importante de una vida laboral con sentido, pero solo el 52% dice reservar intencionalmente tiempo para descansar o renovarse personal o espiritualmente. Además, los jóvenes argentinos desconectan del trabajo o del estudio menos que el promedio internacional. La distancia entre lo que valoran y lo que efectivamente logran hacer vuelve a mostrar una tensión que atraviesa varios resultados de Footprints: saben bastante bien qué tipo de vida desean, aunque no siempre encuentran las condiciones —o las prácticas— para vivir de acuerdo con ese ideal.

En conjunto, los datos dibujan una generación que difícilmente pueda calificarse como “descomprometida”. Más bien, parece estar cambiando las formas de su compromiso: hay menor pertenencia institucional, pero atención a los asuntos públicos; menor participación estable en organizaciones, pero interés por que el trabajo tenga un impacto positivo en la sociedad; preocupación e incertidumbre ante el futuro, pero también esperanza. Algo semejante ocurre en el terreno religioso: el distanciamiento de las instituciones convive con la persistencia de la búsqueda espiritual, la oración y la pregunta por la trascendencia.

Quizá uno de los hilos que atraviesa ambas fases de Footprints sea precisamente ese: los jóvenes parecen querer apropiarse personalmente de sus elecciones, sus creencias, sus valores y su proyecto de vida. No renuncian necesariamente al compromiso, sino que buscan nuevas maneras de expresarlo y darle sentido. Y esto deja una pregunta especialmente desafiante para quienes educamos: ¿estamos preparando a los jóvenes solamente para adaptarse al mundo que encontrarán o también para ser capaces de transformarlo?

 

Para más información sobre Footprints, estudio liderado por la Pontificia Universidad  de la Santa Cruz (Roma) junto a ocho universidades entre las que se encuentra la UCA, consultar aquí

 

 

 

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