En estos días, en torno a la celebración del trabajador y la fiesta de San José Obrero, estuve releyendo algunos textos de la Doctrina Social de la Iglesia referidos a este tema. Encontré un pasaje de Juan Pablo II que me pareció podía servirnos como disparador de nuestra reflexión en el contexto que hoy nos toca vivir.
En el número 9 de su encíclica “Laborem Exercens” el Papa Juan Pablo nos decía sobre el trabajo:
“Aunque lleva la marca de un bien arduo esto no le quita el hecho de que, como tal, sea beneficioso para el hombre. No solo es beneficioso en el sentido de que es útil o algo para disfrutar; también es beneficioso por ser algo valioso, es decir, algo que corresponde a la dignidad del hombre, que la expresa y la incrementa. Si se desea definir con mayor claridad el significado ético del trabajo, es esta verdad la que se debe tener especialmente presente. El trabajo es beneficioso para el hombre – beneficioso para su humanidad -, porque a través del trabajo el hombre no solo transforma la naturaleza adaptándola a sus propias necesidades, sino que también alcanza la plenitud como ser humano y, de hecho, en cierto sentido “se convierte en un ser humano más pleno”.
¡Que maravillosa mirada! Ella nos permite reconocer que el trabajo hace bien al hombre porque responde a su dignidad, la manifiesta y le permite incrementarla, para que pueda alcanzar su plenitud. El trabajar responde a la vocación más profunda del hombre y le permite desplegarse haciendo de su tarea el camino para cumplir el sueño que Dios tiene para cada uno.
El trabajo responde y revela la dignidad del hombre. Es decir que podría decirse que si pudiendo realizarlo, el hombre no tiene trabajo, su dignidad queda sin una respuesta concreta, se vacía de sus consecuencias naturales. Su valor inalienable queda transformado en una invitación ignorada por su circunstancia. Y esto tiene profundos ecos en sí mismo y en los que lo rodean. No propongo con esto caer en una visión utilitarista donde la persona vale solo en la medida en que es útil para el mercado, para producir, para obtener beneficios económicos. Todo lo contrario. El trabajo pone en evidencia el don de Dios que permite al ser humano, siempre valioso, hacerse un colaborador en su creación, desplegarla con cuidadoso respeto y ponerla al servicio de toda la comunidad. Y en esto encontrar su propia realización.
Pienso entonces en la necesidad de una sociedad que procure que todos aquellos que están en situación de trabajar puedan efectivamente hacerlo. Ante esto nuestra realidad me resulta dolorosa. Los líderes políticos no pueden escudarse en las necesidades de la macroeconomía. Los líderes empresarios no pueden ocultarse detrás de los cambios tecnológicos o los mayores beneficios competitivos. No se puede prescindir de las necesidades de las personas. Tampoco los líderes sindicales pueden atrincherarse en lugares imposibles de sostener para el conjunto de la sociedad y que son solo beneficiosos para grupos reducidos de trabajadores que olvidan a la mayoría de la población.
No significa esto negar el bien común y la importancia de pensar en el mediano y el largo plazo. Esta mirada, aunque ardua, es absolutamente imprescindible. Pero no puede simplificar la realidad a costa de descartar su complejidad. El fin no justifica los medios. El costo que deben sufrir las personas y las familias que se ven sometidas a la falta de trabajo y de trabajo digno, por las decisiones que buscan estas metas, no puede ser ignorado sin más. Hay una responsabilidad de cuidado que pesa sobre aquellos a quienes se les confía el curso de la sociedad y el bienestar del pueblo. Hay que recordar que al final de los tiempos, todos seremos juzgados en el amor.
El trabajo es un ordenador social. Brinda la posibilidad de sostener y atender a las necesidades de la mayoría de la gente. Habrá luego una minoría que no puede ser parte del mercado laboral y que demandará una atención particular de su dignidad a ser brindada por otros medios. Pero en la medida en que la sociedad no genera la posibilidad de trabajar para los que podrían hacerlo, son muchos los que quedan al margen del camino y se hace inviable respetar su dignidad por la mera redistribución de una riqueza cada vez menor. Por eso es tan triste ver como personas y hasta familias, que tenían una realidad ordenada y productiva, a partir de la perdida del trabajo ven derrumbarse toda su estructura de vida, quedando incluso en situación de calle y vulnerables a una intemperie en la que queda olvidado su valor intrínseco y los vemos empujados a la tristeza, la depresión y la desesperación, a las adicciones y la violencia.
Hoy les tocan vivir tiempos muy difíciles a muchas empresas y organizaciones. Algunas tienen necesariamente que reestructurarse para subsistir. Otras sostienen sus plantas laborales con grandes esfuerzos. Mientras tanto aparecen en la economía nuevas posibilidades, pero no siempre son acompañadas con una generación de trabajo que compense las dificultades. El problema es crucial para nuestra sociedad. Creo que cada uno desde su lugar debemos asumir la parte que nos toca, responder con el esfuerzo que nos es posible y tratar de devolver así a nuestra sociedad, a partir de las decisiones que pasan por nuestras manos y que hacen al empleo y su dignidad, al menos unos centímetros de la distancia que entre todos tenemos que recorrer.
Quiero pedir junto a ustedes a nuestro buen Dios que nos ayude a encontrar los mejores caminos, que anime y aliente a cada uno de los que tratan de vivir su voluntad y dar respuesta a la dignidad de sus hermanos, y que los ilumine con su sabiduría, su poder y su amor en la tarea de ser custodios de esta gran familia que estamos llamados a ser en nuestra nación, así como José supo ser custodio de la familia de Nazaret. ¡Qué Dios los acompañe con su bendición!

