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Antes de que sea demasiado tarde

Escrito por Juan Luis Iramain
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Una encuesta del Pew Research Center muestra cómo cambió la percepción que tienen los norteamericanos sobre la libertad de expresión. Una realidad que tiene su correlato en otros países, entre ellos la Argentina.

Antes, cuando todo estaba más claro, a los republicanos les importaba que los impuestos fueran bajos, que se pudiera comerciar sin restricciones con todo el mundo y que no hubiera límites a las libertades individuales. Los demócratas, en cambio, estaban dispuestos a pagar un poco más de impuestos si eso ayudaba a las clases trabajadoras, y podían resignar una parte de sus libertades si eso contribuía a favorecer a las minorías menos favorecidas. En cualquier caso, la libertad de prensa estaba fuera de discusión. Sin matices.

Cambia, todo cambia, diría Mecedes Sosa: hoy, según un estudio reciente del Pew Research Center , la mayoría de los estadounidenses sigue considerando que la libertad de prensa es importante, pero dejó de ser un principio intocable. Ahora, seis de cada diez estadounidenses dicen que el Gobierno debería poder exigir a un medio que retire una noticia si supone un riesgo para la seguridad nacional, y cinco de cada diez afirma lo mismo para historias que contienen información falsa. Adiós a la inviolabilidad de la Primera Enmienda.

Aunque el estudio muestra algunos matices entre demócratas y republicanos, a grandes rasgos pone de manifiesto algunas tendencias que incluso parecen trascender las fronteras de los Estados Unidos:

  • La libertad importa menos que otras cosas. Acostumbrados como estamos a gozar de ciertas libertades —parecen lejanos los tiempos en los que la autoridad definía lo que se podía publicar y lo que no—, una parte importante de la población está dispuesta a entregarle de nuevo al Gobierno la potestad de decidir lo que se publica en los medios. Enloquecimos.
  • La seguridad nacional por encima de todo. El miedo a un ataque terrorista o algo parecido parece ser nuestra nueva pasión dominante. El mítico caso de los “papeles del Pentágono” planteaba justo lo contrario, y por eso un periódico podía difundir legítimamente información confidencial: la libertad merecía ese tributo. Hoy buena parte de la gente le daría la razón a Nixon, no al Washington Post.
  • El Gobierno, árbitro de la verdad. Según la mitad de los ciudadanos, la remoción de noticias con elementos falsos, a instancias de la autoridad, es una práctica legítima. Lea de nuevo la frase anterior, amigo lector, y pregúntese de nuevo: ¿le parece bien que el Gobierno —el de Trump, el de Milei o uno liderado por un clon de la Madre Teresa— determine si una información es verdadera o falsa?

Ahora que a muchos ciudadanos les parece bien que el poder político agarre del cuello a los medios, quizá llegó el tiempo de una autocrítica profunda, y de que el periodismo haga lo que sea necesario para recuperar el prestigio perdido. Antes de que sea demasiado tarde.

Sobre el autor

Juan Luis Iramain

Doctor en Comunicación (U.Austral). Socio Director de INFOMEDIA.

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