Editorial

Editorial de verano

Escrito por Daniel Díaz
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El verano es tiempo propicio para los encuentros. El calor y el cansancio del año nos empujan a permitirnos bajar el ritmo y a disfrutar más de espacios gratuitos. Las vacaciones son una hermosa oportunidad para hablar con nuestros familiares, con los amigos e incluso con personas a las que recién conocemos. También esta época puede favorecer la charla en los ámbitos de trabajo, en diálogos que habitualmente no tenemos o de una profundidad que no solemos alcanzar. Entre todos estos encuentros deseables, no debemos olvidar aquel que estamos llamados a tener con Dios.

El encuentro de Hermas con el pastor

“El Pastor de Hermas” es un muy antiguo texto cristiano que fue escrito probablemente en el siglo II y tuvo una influencia muy profunda en la Iglesia primitiva. Habla de encuentros. En las visiones que tiene Hermas, un esclavo liberto, se encuentra con el Pastor, que le dará algunas lecciones espirituales. Esta figura simbólica, tomada del Salmo 22, representa a Dios o a un mensajero divino. A nosotros, nos recuerda hoy que Aquel que dijo “Yo soy el Buen Pastor”, quiere aprovechar este tiempo para instruirnos. En su Segunda Comparación leemos en ese escrito:

“Mientras yo iba caminando hacia el campo, reflexionaba sobre un olmo y una vid. Discurría sobre estas plantas y frutos cuando se me apareció el Pastor y me preguntó: “¿Qué te estás preguntando acerca del olmo y de la vid?”. Le respondí: “Señor, considero que una planta se apoya muy bien sobre la otra”. Entonces él me dijo: “Estas dos plantas están puestas para ejemplo de los siervos de Dios”. “Yo quisiera saber cuál es el ejemplo de estas plantas de las que hablas”, le dije. Entonces él me volvió a preguntar: “’Ves el olmo y la vid?”. “Sí, señor, los veo”, respondí. Él continuó diciendo: “La vid es una planta que da frutos, mientras que el olmo es un árbol infructuoso. Pero esta vid no puede dar frutos si no se trepa al olmo, y mientras está arrastrándose por la tierra, el fruto que da está podrido al no estar colgado del olmo. De modo que cuando está sobre el olmo, la vid da frutos por sí misma y por el olmo. Ya ves que el olmo da mucho fruto, no menos que la vid, y hasta se podría decir que da más”. Yo le interrumpí: “Señor, ¿cómo puedes decir que da más?”. Me respondió: “Porque los frutos que da la vid colgada del olmo son muchos y buenos, mientras que los que da cuando se arrastra por el suelo son agrios y pocos. Esta comparación está puesta para los siervos de Dios: para el pobre y para el rico”.

 

El ejemplo del olmo y la vid

La realidad que ve Hermas en el olmo y la vid lo impulsa a una primera reflexión. Pero el Pastor lo invita a ir más allá aún. A Hermas le llama la atención lo bien que se apoya una en otra, pero se queda a medio camino en su modo de percibir lo que sucede. Solo ve que el olmo sostiene a la vid, como a veces nos puede suceder que sentimos que siempre estamos sosteniendo al que no puede hacerlo consigo mismo, sea en lo personal, familiar, laboral o social. El Pastor le revela que aquí hay un ejemplo, algo a imitar, algo a seguir. Hermas, entonces, toma la actitud de discípulo, se asume servidor de Dios y permite así que la realidad le sea explicada. Este sencillo comienzo de la comparación nos invita a hacer una mirada más profunda de todo lo que es nuestro presente. Nos llama a la repregunta, a cuestionarnos, a mirar más allá en lo que hemos visto cotidianamente, pero sin ahondarlo. ¿Sentimos que somos quienes cargamos con los demás? Ante esto, ¿puede haber una mirada más honda? ¿Qué realidades nos están hablando? ¿Qué tiene el Señor para decirnos en ellas?

La cuestión clave a revisar, nos enseña el Pastor, está en los frutos. El éxito humano y la autosuficiencia no son verdadero fruto a los ojos del Señor. No es fácil darse cuenta qué es bueno y qué es malo en todo momento. Pero el Señor nos reveló que por los frutos podemos reconocer lo verdadero, lo valioso. La cizaña y el trigo solo son confundidas mientras están creciendo, pero no al tiempo de la cosecha. Esto mismo puede aplicarse aquí: el olmo sin la vid no da frutos, la vid sin el olmo da malos frutos. En cualquiera de las dos opciones el resultado final nos decepciona. La única posibilidad de buenos frutos es la que une a los dos. Y cuando esto sucede, los frutos son de los dos.

 

Una lección para nosotros

La comparación concluye diciendo que esto es un ejemplo para el pobre y para el rico. No es para uno sin el otro sino para ambos. Me atrevería a extender la aplicación a todas las diferencias que dividen a nuestra sociedad, siempre que sean entre opciones honestas. Estamos atravesados por muros que nos impiden la colaboración y el trabajo en común. Aún más, no nos dejan pensar juntos porque muchas veces desistimos de ser lógicos y coherentes, con tal de sostener al propio grupo, y tendemos rápidamente a desmerecer las necesidades de los demás. Una y otra vez caemos así en lo mismo: o no damos frutos o nuestros frutos son malos. Y si alguna vez, a pesar de todo, sale algún fruto bueno, inmediatamente hacemos todo lo posible para apropiárnoslo, negando al otro su participación en el esfuerzo por alcanzarlo.

Como personas con liderazgo desde el ámbito de las empresas, se abre para nosotros un cuestionamiento muy concreto: ¿Cómo podemos utilizar nuestros recursos y posiciones para apoyar a los más necesitados de nuestra comunidad? Sabemos que el éxito empresarial no se mide solo en ganancias. Somos conscientes que el Pastor espera frutos a través del impacto positivo que podamos generar en un sentido mucho más amplio. Como gestores de la economía somos llamados a una mirada lúcida y comprometida en la construcción de caminos de bienestar para todos. Tal vez estos días de descanso puedan hacer resonar en nuestras mentes y corazones la pregunta sobre cuáles son las iniciativas que puedo implementar para promover un mayor bienestar social o ambiental. Otra hermosa pregunta para sostener en estos días es la que nos haga cuestionarnos como podemos fomentar una cultura de mayor colaboración y apoyo mutuo dentro de nuestras organizaciones y de los contactos más inmediatos en nuestro negocio.

Tenemos vacaciones, disfrutamos el verano. Somos ricos. Podemos tener problemas y conflictos. Sin embargo, de todos modos, lo somos. Bastaría cualquier estadística para ver cual es nuestro lugar en la sociedad y sabemos cuál es la responsabilidad que esto conlleva. Hermas aprendió que los ricos son como el olmo, no dan frutos, a menos que se unan a la vid, la sostengan y le permitan dar buenos frutos. Cuando esto suceda, esos frutos, a los ojos del Pastor, también nos pertenecerán. El Siervo de Dios Enrique Shaw comprendió esto y nos regaló su ejemplo, que pedimos al Señor sea pronto reconocido por la Iglesia con su beatificación. Él nos enseñó: “Debemos tener una doble actitud profundamente comunitaria, de responsabilidad hacia Dios y de servicio hacia los hombres”.

Sobre el autor

Daniel Díaz

Sacerdote de la diócesis de San Isidro. Asesor doctrinal de ACDE.

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