Nos encontramos en vísperas de un nuevo aniversario del nacimiento de Enrique Shaw, el próximo 26 de febrero, una fecha que no solo marca un hito en el calendario civil, sino que representa el inicio de un plan providencial para el mundo del trabajo. Al acercarnos a este día, se vuelve imperativo trazar un paralelismo entre su infancia y la de Jesús, bajo la luz teológica que Benedicto XVI nos legó en su trilogía sobre la figura de Cristo.
La vida de los santos y de quienes caminan hacia los altares, como Enrique, no es una sucesión de hechos biográficos o fortuitos, sino el despliegue de un diseño que tiene su génesis en el instante mismo del nacimiento.
En su obra “La infancia de Jesús”, Benedicto XVI sostiene que el nacimiento de Cristo es una irrupción histórica que dota de sentido a la existencia humana. Para el Papa alemán, el “día de nacimiento” es el instante en que el plan de Dios se hace carne.
De manera análoga, el nacimiento de Enrique Shaw es el comienzo de una historia de salvación en el ámbito laical. Así como el pesebre de Belén fue el escenario diseñado para el Redentor, el hogar de los Shaw fue el espacio donde se gestó un modelo de santidad contemporáneo. Su nacimiento es el punto de partida de una misión: “hacer lo eterno con lo temporal“, demostrando que la eternidad se construye en el día a día, “sirviendo a Dios sirviendo a los hombres“.
Sembradoras de “comunidad de vida”
Benedicto XVI destaca que María es la mujer de la escucha que permite que el plan de Dios tome forma. En la vida de Enrique, su madre, Sara Tornquist, fue la sembradora de una fe que él, tras perderla físicamente, transmutó en una devoción mariana.
Esta relación filial se sistematiza en su pensamiento recopilado en el libro María y comunidad de vida. Para Enrique, la familia es la célula primera de la sociedad, pero su visión no se agota en las paredes del hogar. Él entendía que la devoción a María debía proyectarse hacia afuera. Si la familia es una “comunidad de vida” donde reina el amor, la empresa debe aspirar a lo mismo. Enrique sostenía que, así como en Nazaret se vivía una armonía perfecta, la organización humana debe ser un reflejo de esa unidad.
El acompañamiento paterno
El rol del padre es el de custodio y puente con la realidad. Benedicto XVI presenta a San José enseñando a Jesús el oficio que lo inserta en la comunidad. En paralelo, Alejandro Shaw inculcó en Enrique la rectitud y la responsabilidad del liderazgo.
De este acompañamiento paterno nace la convicción más profunda de Enrique: la empresa no es solo una unidad económica, sino un organismo social donde “convergen todas las clases de sociedad“. Para Shaw, el líder no es un jefe distante, sino un padre que, al estilo de José, custodia a quienes tiene a su cargo. La empresa se convierte así en una extensión de la familia, una verdadera comunidad de vida donde las jerarquías no dividen, sino que coordinan talentos para un bien común.
Santificar el presente
Siguiendo la visión de Benedicto XVI, la infancia es la base de la misión. Jesús en Nazaret y Enrique en su hogar vivieron una preparación en lo oculto para sus futuras tareas. Enrique Shaw comprendió que no hay dicotomía entre el cielo y la tierra: su llamado fue hacer lo eterno con lo temporal.
El paralelismo se cierra en la idea de que Dios elige un día, una familia y un contexto para transformar el mundo. La infancia de Jesús prefigura la Cruz y la Resurrección; la infancia de Enrique Shaw prefigura su entrega total como “el empresario que supo amar”, demostrando que aquel plan iniciado en su nacimiento se cumplió en la fidelidad a las pequeñas cosas aprendidas en el seno del hogar.
Al celebrar su nacimiento, recordamos que el designio divino fue transformar la empresa en un ámbito de redención, donde servir al prójimo en el trabajo diario fuera la manera de servir a Dios.
